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Viajar al óleo

Armando Cerra

Mensaje en una botella desde Auschwitz


Álbum de Auschwitz

Habitualmente este texto lo protagoniza un maestro de la pintura, sin embargo esta vez no poseemos el nombre del autor de las ilustraciones que encabezan estas líneas. Solo dos iniciales conocemos de su artífice: MM. Nada más se sabe de él, salvo un dato de su biografía: durante los primeros años de la II Guerra Mundial dio con sus huesos en Auschwitz.

No sabemos de dónde venía, ni si consiguió salir de ahí o si fue gaseado. Su único testimonio son los 22 dibujos que hizo a escondidas durante su cautiverio. Sus dibujos los halló en 1947 un vigilante del campo polaco que, para más inri, también había sufrido el encierro en Auschwitz y que todos los días atravesaba sus alambradas y paseaba por los barracones de la barbarie, respirando día tras día la atmósfera enrarecida de semejante lugar.

Ese vigilante iría cabizbajo y embebido en unos recuerdos, que su mismo trabajo le condenaba a recordar todos los días y, de pronto vería un reflejo extraño en un barracón. Escarbaría en busca de algún sangriento tesoro, y sí, lo halló. Era una botella que en su interior guardaba 22 dibujos que evocaban lo acontecido pocos años antes en esa maldita explanada polaca.

El testimonio gráfico de un preso anónimo. MM guardaría como su mayor riqueza lápiz y papel, para aprovechar tal botín retratando instantáneas de lo que allí pasaba. Pintó vagones de tren cargados con seres hacinados. Plasmó como separaban a los niños de sus padres. También esbozó camiones repletos de cadáveres. O mostró el cinismo del ser humano, al presentarnos en un mismo dibujo las chimeneas humeantes de los hornos crematorios junto a un soldado nazi que fuma plácidamente.

Pero no solo creó imágenes verídicas y cotidianas del campo de exterminio, se esmeró en que se distinguieran claramente matrículas de vehículos, placas de identificación y rangos de los militares alemanes. Como si pretendiera que aquellos dibujos fueran pruebas irrefutables para acusar en el futuro a los ejecutores de tales atrocidades.

Quién sabe si guardo sus dibujos apresuradamente ante una inspección sorpresa en el barracón. Tal vez los ocultó ahí antes de desfilar camino de la cámara de gas. Quizás escondió los dibujos cuando se le acabó el papel, y finalmente al ser liberado ya había perdido la memoria de su escondrijo y las ganas de huir le hicieron caminar y no parar hasta no distinguir a su espalda ni las torres de vigilancia del campo. ¿Quién sabe?

El hecho es que esos dibujos son un mensaje enviado en una botella hace unas siete décadas. Un mensaje claro y contundente de la crueldad humana, capaz de torturar y exterminar a seres semejantes, aunque con diferentes orígenes, colores o credos. Un mensaje estremecedor que lamentablemente, todavía no llega a todo el mundo y masacres amparadas en motivos semejantes siguen pasando en esos sitios que rara vez aparecen en la tele ni en los diarios.


Ruinas de Auschwitz

 

Visita la web del autor:
www.maletadevuelta.blogspot.com




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