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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El duelo y la fiesta


Jenn Díaz casi lo logra de nuevo. En su extraordinario debut con Belfondo, hace un par de años, ya avisé de su talento para la narrativa, para alzar historias, para mantenerlas, para sorprender al lector en cada página con un torrente de lirismo imparable, para lanzar sus pámpanos literarios por las paredes desconchadas y a punto de desplomarse del mundo de la novela española.

Lo fácil para la joven autora, digo yo, hubiera sido incidir de nuevo en aquello que le otorgó un éxito y reconocimiento inmediato por parte de crítica y lectores. Pero a Jenn Díaz se ve que le gustan los retos y no ha dudado en subirse al trapecio para dar un triple mortal que la lleva del mundo de la utopía benetiana de su primer trabajo al de la más cruda realidad (Concha Alós, Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite y el primitivo Delibes —un cierto barniz— parecen ser sus referentes) sin perder en el camino un ápice de su capacidad narradora.

En El duelo y la fiesta (Principal de los libros), su segunda novela, nos traslada a territorio urbano donde sus personajes se mueven en un huis clos que recuerda las celdas de de una pequeña colmena en la que el papel de abeja reina es para una poetisa, Blanca Valente, que desde su lecho de muerte mueve los hilos del resto de personajes. Así conocemos a Luisa, su criada; a Julio un joven bibliotecario enamorado de la obra de la moribunda; a Candela, su alumna adolescente contagiada de su fervor. Están también el cura novato, Elías, que acude a oírla en confesión por orden el padre Damián junto a otros muchos presentes sin voz que habitan el hermetismo que se oculta tras la puerta de la moribunda.

El ejercicio de estilo que despliega de nuevo la autora, sin embargo, no alcanza esta vez la solidez de su primera obra. Algo en esta arquitectura de la miseria y la mezquindad situada en un tiempo y lugar concretos despide a veces un tufillo a armario cerrado que puede llegar a ser molesto. Sus referentes, ya mencionados, hablaban de primera mano. Díaz, nacida después de esos tiempos oscuros que plasma, parece querer volver a ellos a través de un ejercicio de memoria colectiva literaria, y es sabido que esos caminos son difíciles de transitar. Afortunadamente, no es de los que escriben “a la manera de”, así que su trabajo de revisión es lo suficientemente personal y meritorio para que un lector interesado se deje arrastrar por una trama en la que la ironía y el sentido del humor se agradecen.

El duelo y la fiesta se convierte así en un peldaño más en la obra de una escritora de raza a la que le gusta el riesgo y que, estoy convencido, nos dará obras muy importantes en el futuro próximo.




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