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Errata

Evaristo Aguirre

Mil leches

Esta manera de definir el pedigrí (el no pedigrí, más bien) de un perro siempre me ha parecido que encerraba cierta ternura junto al toque crítico, incluso despectivo. Un perro mil leches es un animal sin una clara identidad, con demasiadas paternidades, un poco confuso genéticamente hablando, y a la vez un bicho entrañable, que aporta diversidad, un alternativo, podríamos decir.

Pues se me ha ocurrido que esta etiqueta mil leches se puede aplicar también a un ensayo colectivo como CT o la Cultura de la Transición (DeBolsillo). El libro parte de una idea que enuncia en su subtítulo, Crítica a 35 años de cultura española, y quiere abordar el asunto desde variados puntos de vista, y es esa variedad la que conforma las mil leches, con capítulos sólidos junto a otros prescindibles, con ideas estimulantes junto a pataletas prejuiciosas.


Tiene además el ensayo algo de talibanismo ideológico que me ha resultado muy molesto al tiempo que ha empujado su lectura con vigor y ha motivado muchas anotaciones a medida que avanzaba, algunas airadas.

En la introducción, que quiere ser la definición del concepto CT (Cultura de la Transición), el coordinador del volumen, Guillem Martínez, habla de la inexistencia de herramientas para, por ejemplo, “someter a crítica una novela sobre la Guerra Civil con falangistas buenos, […] una película de Almodóvar […]”, y claro ante una cosa así de gratuita, sin prueba alguna que la sustente, te pones en guardia, a pesar de que has empezado a leer con un espíritu favorable. Más adelante, en referencia a los atentados del 11M y a la manipulación informativa por parte del gobierno, escribe “el hecho de que un presidente de Gobierno llame a un diario, por otra parte, es algo impensable en el resto de grandes culturas occidentales”, afirmación que merece también alguna prueba que la apoye, ¿no creen ustedes? Más adelante, habrá más opiniones de estas que se dicen y ya está, que si comulgas con el discurso, te las tragas pero que si se te despierta alguna lucecita crítica, te anulan otras afirmaciones circundantes. Y termina así: “Lo no CT es la posibilidad de miles de culturas horizontales. Lo no CT es la posibilidad de robarle al Estado el monopolio cultural”. Tenemos claro entonces de dónde partimos y, me atrevería a decir, a dónde vamos a llegar: esta cultura la han montado y la han movido otros, infectados de intereses venenosos, y nosotros somos unas víctimas que no hemos podido hacer nada… No sé, no sé; sigamos. (Nota al margen: qué exasperante es el uso de problemática como sustantivo).

En un texto cargadísimo de yoes, el crítico literario Ignacio Echevarría va soltando quejas que chirrían viniendo del teclado de quien ha tenido a su disposición las páginas de uno de las principales diarios de estos treinta años; y hay referencias a intelectuales como Argullol o Sánchez Ferlosio quienes, creo yo, han dispuesto de privilegiadas tribunas para exponer sus pensamientos… Pero bueno. Le sigue Amador Fernández-Savater con un buen artículo alrededor de los movimientos sociales, entre los que destaca el 15M, en el que defiende la diferencia y la “falta de pureza” de estas corrientes: ya, pero mientras estos movimientos solo generen un cierto murmullo, ni siquiera ruido, tendrán más de casino de provincias en el que se habla y se habla hasta la extenuación, pero en el que se actúa poco.

La red, y las formas de difusión y de relación que ofrece, es vista por Gonzalo Torné como un disparo a la línea de flotación de la CT. Pep Campadabal aparece, a la altura de la página 70, como el autor que hasta ese momento propone algo más sólido en una reflexión sobre las condiciones políticas: “Lo que en medio mundo forma parte de la normalidad democrática aquí abajo es estar en contra de la democracia y ser antisistema”; está hablando de debatir sobre república, autodeterminación, control de los bancos, por ejemplo. Y Carolina León escribe sobre los suplementos culturales de los periódicos como si fueran una especie de oráculo al que todo el mundo sigue ciegamente; y sostiene que “leemos preferentemente lo que viene avalado por un gran premio” o que “condenamos al olvido a todos los escritores previos de nuestra tradición salvo, básicamente, a los de la generación del 27”… De repente, me siento fuera, como si estuvieran hablando de un ambiente del que me vienen ecos pero que no reconozco del todo. En mi contacto con el mundo editorial, he oído decir muchas veces que la aparición de un libro en un suplemento cultural servía más para acariciar el ego del autor que para su difusión. Y de la atracción de los premios no vamos a dudar, pero no me parece que la presencia de Planetas en casas de toda condición determine los derroteros literarios de la CT. Sin embargo, estos lamentos me hacen pensar en las zonas de la cultura española que han vivido y viven de otra forma y que han propuesto y siguen proponiendo lo que algunos de los autores de este libro echan en falta, y uno de los grandes ejemplos es la editorial Pre-Textos, cuyo catálogo desmiente muchísimas de las afirmaciones de este ensayo.

David García Arístegui propone un buen análisis sobre la SGAE como Ministerio de Cultura en la sombra y a Víctor Lenore, hablando de música, se le atraganta la disidencia cuando esa disidencia no coincide con sus ideas (es el caso del radical y, reconozcámoslo, difícil de entender, Arturo Lanz, de Esplendor Geométrico). Y llegamos a uno de los mejores momentos del libro, el texto de Jordi Costa sobre un desconocido y alternativo de verdad y estimulante y me imagino que inventado cineasta llamado Juan Luis Izquierdo, mediante el cual otra historia del cine español reciente hubiera sido posible. Y entonces me asalta una duda: si los coautores de este libro tiene tan claro por dónde deberían ir los tiros, qué han esperado para actuar, dentro de sus posibilidades, o se trata de alimentar ese murmullo citado más arriba y ya está.

Son flojos los capítulos de Guillemo Zapata, Raúl Minchinela, Carlos Acevedo y Pablo Muñoz, ingenioso el de Miqui Otero, confuso el de Irene García Rubio y Silvia Nanclares

Y abrevio, porque esto está quedando muy largo: aunque pudiera no parecerlo, CT o la Cultura de la Transición me parece un ensayo necesario, no ha estado a la altura de mis expectativas cuando lo empecé (quizá mis expectativas estaban equivocadas), pero me ha ayudado a concretar ideas a replantearme conceptos y, es lo principal, a añadir esta perspectiva a mis razonamientos (bueno, si se les puede llamar así).

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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