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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

No


No, de Pablo Larraín, tal vez no sea una obra maestra de nada: ni de la ficción ni del falso documental. Ni del cine de denuncia, del que emplean algunos mecanismos algo trillados. Pero sí es una película necesaria que ha incomodado y dividido, aún hoy, a la sociedad chilena.

No es sobre todo un filme sobre la ética de la imagen, la ética de la estética y las formas de denunciar una situación sociopolítica marcada por el fin de una dictadura a la que esos trabajadores de la televisión tienen quince minutos para desafiar con su campaña contra un referéndum perdido de antemano. Nos trae a la memoria episodios del régimen de Pinochet y de otras dictaduras y la fragilidad de nuestros sistemas democráticos (tal y como estamos comprobando hoy mismo en España) y la forma en que el temor puede dividir e incluso enfrentar a personas unidas por una misma causa.

Larraín emplea una fotografía algo descuidada entre el hiperrealismo y el tono docudramático, pero sabe sortear con habilidad los escollos de contar un episodio de la historia de su país y de su continente de forma nueva y desafiante, denunciando no solo las estratagemas del régimen para perpetuarse sino mostrando también con inteligencia la confusión de los opositores y los pactos necesarios para conseguir algo vendible.

Podemos achacar a No un exceso de retórica e incluso de palabrería (abusando del sí, del no y del ¿por qué?), pero contiene mucha verdad en sus imágenes, la verdad de los que han tenido que callar durante mucho tiempo y ahora tratan de mirar hacia atrás con o sin ira. El cuarto largometraje de Larraín es también un experimento sobre la dificultad de decir la verdad en una sociedad insensibilizada hacia el dolor ajeno, y en la que se nos acostumbra cada vez más a ver sin inmutarnos imágenes de violencia policial, masacres o represión política junto a un anuncio de Coca Cola; en la que se enfrenta la necesidad de abrir los ojos a la gente atemorizada (marcada por un pasado y un presente de muerte y represión) con la necesidad de triunfar en una campaña dando una imagen de optimismo y alegría.

Es la lucha por la dignidad perdida de los exiliados y los represaliados. Aunque No se muestra algo titubeante y fría en las escenas intimistas y en la descripción de la vida familiar del protagonista René Saavedra (interpretado con dignidad pero cierto hieratismo por Gael García Bernal) y mezcla, no siempre con idéntico acierto, las imágenes del presente con las imágenes de archivo, logra el propósito de reengancharnos en una historia que tiene algo de purga espiritual contra el miedo a contar lo que sucedió y de llamamiento a la imposibilidad de la conciencia absoluta de todo lo sucedido o silenciado. Como dice la investigadora chilena Carolina Urrutia, No es, en cierto sentido, una película cínica porque nos habla del poder de manipulación no solo bajo los regímenes dictatoriales sino también de los media como arma de silencio o combate en la sociedad moderna.




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