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El secreto de la invención

Daniel Tubau

En busca de la naturaleza humana

danieltubau@gmail.com


Los biólogos, neurólogos, psicólogos, sociólogos y otros aficionados a observar el comportamiento humano, discuten a menudo, a veces con extrema virulencia, acerca de si estamos determinados por nuestra biología y si hacemos las cosas porque somos una especie animal cuyo comportamiento está programado genéticamente. Hay libros que estudian en exclusiva este asunto, como El hombre preprogramado, de Irenäus Eibl-Eibsfeldt. A pesar de que la semana pasada dije que el genio no nace, sino que se hace (y lo sigo pensando), mi opinión es que no sólo estamos programados, sino que además, y eso es lo más importante, somos programables. En efecto, los seres humanos no sólo estamos programados por nuestros genes, o si se prefiere por nuestra historia evolutiva como especie, sino que también podemos programarnos a nosotros mismos.

Esta es una certeza que ya se alcanzó antes de que la biología fuera una disciplina científica y mucho antes de que la teoría de la evolución propuesta por Darwin se convirtiera en la mejor explicación encontrada hasta la fecha acerca de la naturaleza humana y su origen. Antes de que Darwin publicara su extraordinario libro El origen de las especies, en muchas culturas ya se había señalado esa tensión del ser humano entre lo programado y lo programable, entre lo heredado y lo adquirido; entre los genes (aunque todavía no se hubieran descubierto) y el aprendizaje proporcionado por la cultura y la educación.


Aristóteles

En China, en Grecia y entre los hebreos podemos encontrar mitos en los que el ser humano muestra su desconcierto ante Dios o los dioses por carecer de una naturaleza definida, semejante a la que sí parecen poseer los animales. El desenlace de esos mitos suele ser que la divinidad explica al perplejo humano que él mismo tiene que buscar y crear su naturaleza. Esa es, precisamente, la idea a la que llegó el propio Aristóteles, para quien la naturaleza del ser humano sólo puede definirse por su carácter social, ya que, más allá de eso, "la naturaleza del ser humano consiste en no tener naturaleza". Por eso, el ser humano debe, como decía el maestro de su maestro Platón (es decir, Sócrates), conocerse a sí mismo y hacerse haciendo. El jugador de baloncesto Shaquille O’Neal explicaba que su entrenador Phil Jackson le había enseñado esa gran verdad de Aristóteles: “Somos lo que hacemos”. Así que cada vez que salía a la pista se dedicaba a demostrar quién era él, en vez de decirlo una y otra vez en las ruedas de prensa, como su rival entonces en el equipo de Los Angeles Lakers, Kobe Bryant.



Pico de la Mirandola

En opinión de Aristóteles, mientras que los animales están condicionados de manera casi absoluta por su alma o naturaleza vegetativa o animal, el alma intelectiva que poseemos los humanos nos permite modificar nuestra identidad.

El filósofo al que Aristóteles más admiraba, Demócrito, lo dijo en una de sus excelentes reflexiones: “La naturaleza y la instrucción poseen cierta similitud, puesto que la instrucción trasforma al hombre y, al transformarlo, produce su naturaleza”.

Pero quien quizá lo dijo mejor que nadie fue Pico de la Mirandola en su Discurso de la naturaleza humana, cuando Dios explica a Adán por qué no le ha dado una naturaleza definida como la de los animales. Vale la pena citar el pasaje íntegro:

Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar, con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas.

Quizá de este modo se entienda por qué puedo pensar al mismo tiempo que estamos programados y que somos programables (tanto por nosotros mismos como por la sociedad). La semana que viene intentaré distinguir entre lo que está y lo que no está en los genes.


Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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