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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

De óxido y hueso


Tras el éxito internacional de Un profeta, Jacques Audiard demuestra una vez más que es uno de los grandes no solo del cine francés, sino también del cine contemporáneo.

En esta ocasión vuelve a golpear al espectador con el tratamiento hiperrealista y a la vez tierno de un tema duro: la superposición de dos soledades, el choque de dos seres tullidos que se encuentran en un momento crucial de sus vidas, un momento en el que la violencia social repercute sobre sus cuerpos sin conseguir que ellos se den por vencidos.

Aunque la misteriosa intensidad de Marion Cotillard como Stephanie le gana la pelea a un, por otro lado, excelente Matthias Schoenaerts —ese tipo humano que, pareciendo hecho para la violencia, alterna la lucha callejera con el oficio de guarda de seguridad, la adustez y la dureza con la sensibilidad, y nunca deja de desconcertar al espectador—, el filme sabe unir y separar a los personajes con habilidad.

De óxido y hueso habla sin ningún tipo de sentimentalismo de la “discapacidad”, del desamor y de los “perdedores” de la Francia profunda, pero, al contrario que Un profeta, no se ve limitada por clichés de ningún género y combina, con la acidez característica de su realizador, el melodrama y la poesía, la comedia romántica, la ironía y la denuncia social. Estamos ante un estudio sobre heridas que nunca cicatrizan del todo, sobre la dificultad de encarar un futuro distinto al que esperábamos y sobre el amor y la amistad entre un hombre y una mujer llenos de vida que saben transformar el miedo en coraje.

Con pocas pinceladas, gracias a un inteligente uso de la elipsis y los saltos espacio-temporales para eludir lo sensiblero, De óxido y hueso es una película al servicio de sus dos protagonistas que se dejan la piel en sus atormentados personajes pero también una incómoda e inteligente fábula sobre la lucha por la supervivencia de dos seres perdidos en la Europa de nuestros días. Contiene algunas de las secuencias más bellas del cine reciente, como el baile de Cotillard en silla de ruedas o el delicado reencuentro de ésta con aquellas criaturas (las orcas del parque acuático donde trabajaba) que la dejaron mutilada.

Un filme que, como todos los de Audiard, sorprende al espectador incluyendo humor dentro de la sordidez y humanizando hasta los personajes más detestables del relato, dejando un sabor a buen cine gracias a la precisión de su mirada quirúrgica sobre el dolor y el placer (estupendamente filmadas, también, las secuencias de sexo entre los dos personajes principales). Audiard se acerca con pulso narrativo y ritmo impecable a la cotidianeidad de la gente que vive mucho tiempo en los barrios desfavorecidos de su país o que se deja la piel a tiras para encontrar su sitio en el mundo o (como en el caso de Stephanie) reconstruir su identidad después de quedar herida y limitada de por vida.

Una narración límpida, unas interpretaciones colosales y una fotografía que mezcla en feísmo y la poesía, la sobriedad y el lirismo, son las grandes bazas de un director que como otros del cine reciente (Pablo Trapero, Mike Leigh) parece superarse a sí mismo en el retrato complejo y siempre contradictorio de personajes aparentemente vulgares pero llenos de fuerza.

La resistencia de los materiales




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