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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Eres el mejor, Cienfuegos


Desde el mismo título —que me remite a un pasodoble torero— Kiko Amat levanta su charanga bullanguera tan fiel a su propio estilo como cabría esperarse (gracias le sean dadas por ello), ofreciéndonos su desmesurada, ácida y atópica visión de la crisis de los cuarenta con el tapiz de fondo del movimiento popular del 15M (en este caso convertido en Octubre 15 por licencia del autor) para dibujar , con humor y ternura, el retrato de alguien que de tenerlo todo, de repente, se encuentra con la vida ciertamente jodida. ¡Vamos, no hay más que echar la vista alrededor para encontrar en nuestro entorno más cercano algún amigo igual y doblemente damnificado!

Eres el mejor, Cienfuegos (Anagrama) es la cuarta novela de Amat  y, posiblemente, la escrita con más limpidez, dinamismo y humor. Estamos en noviembre de 2011, en Barcelona, mientras el país se precipita por el tobogán de la crisis, crecen los indignados y se ocupan plazas públicas. La vida de Cienfuegos, un periodista de la Nación cuya empresa es el reino de los Eres, entra en barrena. Por si fueran pocas sus preocupaciones laborales, su mujer Eloísa le ha echado de casa, harta de infidelidades, y le restriega por las narices a su nuevo compañero; ha perdido la custodia de su hijo de tres años, Curtis; y ni siquiera los que considera sus mejores amigos, Eugenio Cuchillo y Juana Bayo, una especie de Teresa de Calcuta de la lucha social, le son de mucha ayuda. La aparición de un dúo de música industrial Defensa Interior va cambiar para bien este negro panorama vital; pero nada es tan fácil como parece a primera vista.

Este perdedor de manual, que va de cogorza en cogorza, deberá reescribir su vida si es que quiere salir del agujero negro donde se ha metido, o le han metido, las circunstancias. Zarandeado, casi zozobrado en  unas mareas que es incapaz de sortear, debe enfrentarse a la prueba vital de madurar y plantar cara a todo lo que se le viene encima tanto en su vida personal, como en la de comprometerse política y  socialmente. Como he dicho Amat se sirve del humor, que a veces roza el absurdo, para presentar la realidad,  aun más delirante, en la que hemos sido metidos sin saber como, y de la que no se atisban muchas esperanzas de poder salir.

Nuestra sociedad del bienestar a punto de perecer por ese alud de mierda que políticos, banqueros, sindicalistas, empresarios y demás fauna que nos dirige ha provocado, es el escenario que retrata con sardónica pericia, haciendo que a veces se te escape la carcajada. Humor con mayúsculas del que se sirve, no para escapar de la realidad, si no para resaltar sus aspectos más terribles sin caer en falsos maniqueísmos. Amat tiene su propia marca de agua, que a mí me remite muchas veces a la de uno de los mayores genios del humor de este país: Gila.




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