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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Harry Potter no ha muerto, viva Harry Potter


No me avergüenza en absoluto confesar haber sido lector de la saga del niño mago de J. K. Rowling desde su inicio; es más, creo que he disfrutado con sus sucesivas entregas como uno más entre sus millones de ávidos y entregados lectores. También he de confesar haber disfrutado, en mayor o menor grado, según las adaptaciones, de sus sucesivos trasvases a la pantalla grande.

Tal vez, esta adicción deba achacársela al niño ese que todos fuimos, y que anda siempre escondido por los pliegues de nuestro consciente, mayormente inconsciente, el que haya creado en mí esta especie de síndrome de Pañolín Rompenubes que siempre me ha acompañado a lo largo de toda mi vida.


¿Les conocen? Son Roberto Alcazar y Pedrín.

(Abro paréntesis para explicar que, como niño de posguerra que soy, conocí antes a Pañolín que a Peter Pan, que me llegó unos años después via Disney; como asimismo conocí antes a Roberto Alcazar y Pedrín, o el Capitán Trueno, o Diego Valor que a Superman o los super-héroes de la Marvel).

Bien, a lo que iba, conocí a Harry ya en su tercera entrega, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, en casa de unos amigos con niña fan de las aventuras del pequeño mago, y que me obligó a leerle un par de capítulos en una dilatada sobremesa. Y ese fue el comienzo de mi adhesión a la saga.


Y éstos, dos de Los Cinco

Compré los libros anteriores y los leí con impredecible agrado y diversión porque en ellos encontraba muchos referentes, muy hábilmente mezclados eso sí , de muchas de mis lecturas juveniles, y sobre  todo, me recordaban  las aventuras  de Los Cinco, una serie  de  libros de otra escritora inglesa de literatura juvenil, la prolífica Enid Blyton. Aunque en honor a la verdad tengo que decir rápidamente que la calidad de la obra de Rowling es bastante superior a la de su también exitosa predecesora, tanto en el dibujo psicológico de los personajes, como en  lo concerniente a su imaginación, estilo y riqueza de léxico. Y es que Rowling, a diferencia de Blyton, es una pequeña creadora de un universo paralelo a la manera de un referente, que para el lector adulto es absolutamente obvio: el del gran demiurgo Tolkien,  creador de la epopeya  de la  Tierra Media, aquí convertida en el colegio de Hogwarts, donde los hobbits  se transmutan en estudiantes de magia, Gandalf en Albus Dumbledore, y Saruman en Severus  Snape, etc. Y sobre todo, toma del maestro, esa idea de  la lucha constante entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad en la que los protagonistas una y otra vez deben enfrentarse a pruebas que cincelen su carácter y les haga acreedores del triunfo final sobre sus adversarios.


Acabo de terminar el último libro de la saga, el séptimo en orden cronológico, Harry Potter y las Reliquias de la Muerte. Con él su autora da, muy acertadamente, por terminada la historia.Escrita con la misma eficacia y espontaneidad del resto de la saga, nos sigue ofreciendo momentos inolvidables como el asedio de Hogwarts y el descenso a los subterráneos del banco de Gringotts. Pero lo realmente importante en este final, es la defensa del mestizaje frente a la pureza de sangre que impone Rowling; lo que conlleva para sus protagonistas la aceptación de la normalidad y la muerte como hecho irreversible.

La entrega es igualmente atrayente como lo eran sus antecesoras y, tal vez, la más adulta, la más oscura, la más alejada de las premisas de lo que se considera literatura infantil; pero es que nuestros niños magos del principio de la serie se han ido  convirtiendo, primero en adolescentes, y aquí están ya  a la puerta de su madurez, a punto de entrar en el mundo de los adultos, donde los trucos de magia no sirven ya. Pasada la última prueba, como los hobbits, volverán a la Región, aquí el mundo real, y seguirán viviendo sus vidas  de una forma menos épica, pero más verdadera.




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