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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Reposo en Zanzíbar

OTROS DESTINOS

Llegar al aeropuerto de Arusha significaba que el safari había terminado, pero no las vacaciones. Y eso del vuelo en avioneta (volábamos a Zanzíbar para pasar unos días en sus playas) seguía teniendo mucho de Memorias de África. La foto al Kilimanjaro fue lo último que hice antes de dormirme para vencer el mareo.


Estaba contenta porque finalmente habíamos acordado recorrer Stone Town antes de acomodarnos en el  resort de turno. El recorrido preparado por el guía local se reveló de lo más eficaz:

1.     Mercado. El más maloliente de cuantos he visitado hasta el momento. Y, quitando los huevos podridos del de Pekín, posiblemente el que ofrecía productos en más dudoso estado (especialmente en las secciones de carnes y pescados). Y aún así, recomiendo su visita, especialmente el mercado de aves: las exhiben vivas en cestos específicos y las matan y despluman allí mismo, ante el comprador.


2.     Las puertas. Cuadradas las árabes, redondas las hindúes. De madera, muchas con picos metálicos (al parecer para proteger de los elefantes, inexistentes en la isla pero abundantes en la tierra de los indios que trajeron consigo el diseño) son realmente hermosas. Las nuevas conservan la factura de las antiguas, muchas de las cuales aún separan lo público de lo privado en las estrellas calles de la Ciudad de Piedra.


3. La Catedral anglicana levantada sobre el mercado de esclavos con algunos mármoles rojos para recordar la sangre allí derramada hasta 1873, año en que por influencia de Edward Steere, obispo anglicano, se abolió la esclavitud. Impresiona entrar en los sótanos en los que almacenaban los esclavos.


4.     Africa’s House. Que no es en realidad la Casa de África (museo o centro cultural) sino un hotel. Un lugar excepcional para beber una cerveza mientras se pone el sol. De hecho fue el único atardecer despejado que pudimos contemplar en todo el viaje.


5.     La fachada de la casa natal de Freddy Mercury.

6.     Mercado nocturno de comida en el malecón, junto a los jardines de Forodhani. La mayoría de puestos ofrecen brochetas de mariscos y pescados, pero también de cordero, además de empanadillas y dulces o jugo de caña, entre otras delicias locales. No es Djem’a el-Fna (Marrakech), pero comparte su espíritu. Pica aquí, pica allá, para cuando me subí a la furgoneta que habría de llevarnos al hotel, ya había cenado.


Ni las nubes ni las mareas altas nada profundas impidieron que nos bañáramos varias veces al día ni que convirtiéramos nuestras tumbonas en el mejor de los observatorios, al menos, el más plácido.


Una mañana, madrugamos para, aprovechando la marea baja acercarnos a la barrera de coral, pero nos entretuvimos con los erizos de mar (oricios, para mí) y los cultivos de algas, así que la marea empezó a subir mucho antes de que pudiéramos alcanzarla y tuvimos que dar la vuelta.


Cultivos de algas

Pasar por Zanzíbar es una forma suave y eficaz de volver a Occidente, pero lo hubiera cambiado por varias semanas más en el camión recorriendo pistas polvorientas. Aunque también es cierto que quien quiso pudo nadar con delfines, aprender a hacer surf, andar en bicicleta o conocer todos los secretos que sobre las especias encierra la isla. Yo dejé que el tiempo se atara a las mareas y los vendedores de la playa, entre corales y algas.


Unas fotos las hizo Eva, otras las hice yo.

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