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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

El cuerpo


Dice Oriol Paulo que escribió El cuerpo pensando en Belén Rueda, pero al rodarla debió de olvidarse de ella pues los auténticos protagonistas son José Coronado (el inspector Jaime Peña) y Hugo Silva (Alex Ulloa), el joven marido de una mujer acomodada –empresaria farmacéutica– cuyo cadáver desaparece misteriosamente de la morgue.

El cuerpo es un thriller psicológico con una atmosfera compacta, ambientado en la mayor parte de su metraje en el interior tenebrista de un depósito de cadáveres. El filme juega con el espectador sin pudor alguno, y solo el talento visual de Paulo impide que decaiga el interés de una historia con no pocos guiños al cine clásico de suspense y con demasiados giros argumentales impactantes.

Hemos de reconocer que el guionista de la morbosa Los ojos de Julia, de Guillem Morales, ha construido un brillante rompecabezas narrativo, salpicado de flash-backs y sorpresas y algunas secuencias de gran expresividad visual al tiempo que consigue que Silva interprete con verdadero aplomo e inesperada convicción el personaje de Alex incluso desbancando en la historia al típico inspector hosco, prepotente y atormentado al que da vida un también irreconocible José Coronado, de nuevo en un papel de policía veterano y degradado. En el filme de Oriol Paulo, Silva deja de ser un cuerpo para convertirse en un personaje.

La película tiene la arrogancia narrativa propia de un debutante, pero también un indiscutible pulso y un ritmo trepidante, en parte tomado del lenguaje televisivo, que impide que nos demos cuenta de los agujeros y los cabos sueltos, y de lo salvajemente inverosímil de aquello que se nos cuenta con cierta crispación (abusando de la banda sonora y secundarios demasiado oportunos). La forma se impone a un fondo sin demasiado interés, y la indiscutible inteligencia del director y el guionista se ven encorsetada por los clichés del género. Una apuesta destacable por la sordidez del argumento y la construcción claustrofóbica, aunque algo redundante, de los tiempos y los espacios.

Estamos ante un trabajo efectista pero efectivo, algo cargante en lo explicativo de su última parte, pero que, dejando al lado algunos encuadres demasiado rebuscados, logra en su ágil desarrollo meterse en el bolsillo al espectador, incluyendo una reflexión algo superficial pero atractiva sobre la culpa y el peso del pasado sobre el presente. El problema es que en El cuerpo no hay personajes simpáticos aunque Paulo logre transmitir la sensación de angustia del asesino protagonista cazado en su propia trampa convirtiendo esa morgue sacudida por la oscuridad y las tormentas en un escenario privilegiado para dejar sin respiro al espectador.

Muertos vivientes...




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