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Los viajes

de Sara Gutiérrez

A Arusha, por el Ngorongoro

OTROS DESTINOS

Camino del Ngorongoro, la inmensa llanura del Serengueti nos ofreció una mañana repleta de imágenes extraordinarias.


Y la parada del almuerzo, en la puerta de paso de una reserva a la otra, un festín de colores.


A medida que nos acercábamos a la elevación que rodea el cráter del Ngorongoro, los animales salvajes fueron dejando paso a rebaños de vacas y solitarias figuras humanas que avanzaban pausadamente a lo lejos (aparentemente por la nada) o corrían a nuestro encuentro.


Las siluetas torneadas por el viento resaltaban sobre los ocres de la sabana con elegancia. Belleza en estado puro.


Atardecía cuando llegamos al mirador desde el que nos asomamos por primera vez al enorme cráter (3.000 m2) y su lago salado. Era el momento en el que los vecinos de la pequeña aldea allí situada se recogían.


El ascenso hasta nuestro alojamiento estuvo marcado por la humedad, casi llovizna, generadora de un escenario neblinoso, frondoso y verde en el que, dicen, campan a  sus anchas elefantes, cebras y demás fieras propias de la zona. Algunos de nuestros compañeros de viaje tuvieron que pedir refuerzos para atravesar el patio que separaba los dormitorios del comedor: estaba siendo visitado por un grupo de búfalos.

A primera hora de la mañana nos distribuimos en los jeeps locales y bajamos al fondo del cráter donde nos esperaba una fauna abundante y, supongo, más que acostumbrada al asedio humano. La primera escena memorable nos la regaló una leona que jugaba tumbada con tres cachorros, a decir verdad con uno, y cuando se percató de que otro se alejaba ofendido, estiró una pata y lo atrajo hacia ella. Entrañable.


La otra escena imborrable nos la dejó un león, este sentado con cara de hartazgo ante restos de cebra, a orillas del camino, un camino en el que la caravana de coches habría sido soportable de no ser por los espabiladillos que quisieron colarse, y al romper el orden  provocaron un atasco difícil de solucionar. Más fotografiado que el de la Metro Golden Mayer, el león pasaba tanto de nosotros que lo que más me interesó fueron los zorros agazapados a su alrededor, deseosos de que se largara y les dejara algo que morder.


Ñus y cebras, flamencos y avestruces, hienas y jabalíes… ¿qué más se puede pedir?


Después de una tranquila mañana de safari fotográfico y picnic a orillas del lago dulce que también hay en el cráter, bajamos a comer a la ciudad de Karatu, donde los vendedores de mantas masais abrieron nuestro apetito consumista; un apetito que saciamos sobradamente a media tarde en Umyaumbo.



El trayecto hacia Arusha, por una carretera asfaltada en buenísimo estado, nos transportó a parajes montañosos tapizados por pequeñas parcelas de verdes cultivos a los que, de vez en cuando, arrancábamos curiosidades como arboledas espesamente cubiertas por blanco guano o aislados baobas.

Anocheció mientras atravesábamos Arusha camino de la plantación de café en la que habríamos de alojarnos hasta la mañana siguiente.

Ojo al calzado masai: sandalias hechas con cubiertas.


Unas fotos las hizo Eva, otras las hice yo.

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