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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Los pájaros amarillos


Vaya por delante que nunca me he sentido muy atraído por la literatura bélica, salvo raras excepciones en las que incluyo alguna obra de Hemingway, Erich María Remarque o Norman Mailer; y ya en la últimas décadas por las novelas de Larry Heinemann La historia de Paco (Ediciones B) o Tim O´Brien Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama), ambas sobre la guerra de Vietnam y a las que me acerqué, como esta vez, por sugerencia de un amigo experto y fan de esta rama literaria.

Los pájaros amarillos (Sexto Piso) sigue la estela de las dos mencionadas anteriormente al primar las consecuencias de la guerra en los protagonistas sobre la acción de las escaramuzas y batallas en las que intervienen.

Kewin Powers, su joven autor, debuta con esta historia y lo hace de manera esplendorosa. Sabe de qué habla —fue combatiente en la segunda guerra de Irak con solo veintiún años— y lo narra de forma modélica aportando ciertas notas originales en un género trillado. Excelentes diálogos, cortos y directos, que resaltan en su sobriedad y que definen a la perfección la psicología de cada personaje junto a un poderoso aliento poético a la hora de describir escenarios, hacen de esta historia del soldado John Bartle —que poco antes de partir para el frente jura a la madre de su joven compañero Daniel Murphy que cuidará de él y se lo traerá de vuelta con vida— una lectura de una intensidad creciente que llega hasta la última palabra de la novela. Literatura en dosis masivas.

La vida de los soldados en las bases militares, en los escenarios bélicos, en los burdeles, en su enfrentamiento con la muerte en los dilatados y ardientes horizontes del desierto frente a un enemigo inasible, ubicuo, nos es descrita sin ahorrar ningún exceso, lo que a veces tiñe las páginas de cierto tremendismo que algunos lectores pueden hallar sobre dimensionado pero que Powers maneja con sumo esmero sin caer nunca en el efectismo gratuito. La guerra dicta sus propias reglas y a quienes la han vivido en primera persona les puede resultar imposible sustraerse a sus penosos recuerdos.

De Fort Dix (New Jersey) al desierto de Nínive en Irak; y tras seis años de horror, de regreso a Fort Knox (Kentucky) donde vuelve a encontrar a la madre de su amigo —el periplo de Burtle nos es narrado de forma temporalmente fragmentada—. Tiempo dilatado donde la supervivencia prima en los soldados sobre cualquier otro código ético lanzados a un progresivo deslizamiento hacia la barbarie, sobrellevado con anfetas y regado con abundante alcohol y escapadas en busca de sexo para saber que aún están vivos.

Este es el escenario principal en que se mueve la novela. El otro, aún peor si cabe, es el de la forma en que se vive y se opina sobre esta guerra en Estados Unidos donde las mentiras, el patrioterismo a ultranza, las fanfarrias imperialistas, intentan desviar la atención del gran público del verdadero fin de este conflicto: hacer negocio y ayudar a las petroleras, llevándose por delante la vida de miles de soldados y en aquellos que sobrevivieron para contarlo, secuelas que marcarán trágicamente su vida para siempre. Líneas de quiebra de las que jamás lograrán sanar.




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