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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Acampada en el Serengueti

OTROS DESTINOS

Madrugamos, claro, si no estaría hablando de otro viaje.

Y me entretuve de nuevo adivinando el fruto de las plantaciones (atravesábamos Sugarland, así que tal vez hubiera algo de caña; tengo que comprarme un manual de plantas y cultivos porque me sacas del maíz y ya me metes en un berenjenal, que, botánicamente hablando, tampoco sé identificar), reconociendo los servicios y mercancías ofertadas y respondiendo al saludo de la gente.


Las mejores fotos del día habrían sido sin duda las de la frontera de Kenia con Tanzania, pero como suele suceder en esos lares nos prohibieron utilizar las cámaras. Para mí lo más curioso resultó el trasiego continuo de escolares tanzanos uniformados que volvían a casa desde la escuela keniata, la habilidad de los vendedores que se movían entre los jóvenes con bandejas sobre la cabeza cargadas de de pequeñas bananas o empanadillas, los camioneros que encajaban con precisión su vehículo en el compacto aparcamiento… y nuestro cambista. ¡La cantidad de dinero que debía llevar aquel hombre encima! Podíamos habernos ahorrado el sofocón de contar y recontar billetes al viento porque todas las compras que hicimos en Tanzania salían más baratas en dólares. Cosas de la economía.

Almorzamos a la entrada del parque, a sólo 174 kilómetros del campamento de Kananga en el que nos esperaba el descanso, por lo que era de suponer aún tendríamos tiempo de sentarnos en el porche de nuestra tienda y contemplar el ansiado atardecer (las nubes nos impidieron disfrutar un día tras otro de las afamadas puestas de sol africanas; posiblemente para que no nos quede más remedio que volver, pero también os digo que me da que el cielo Madrid poco tiene que envidiar al africano).


No me voy por las ramas: empezó a llover y embarrancamos. Estábamos en pleno Serengueti  y las posibilidades de que apareciera alguna fiera no eran nulas, así que nos topamos con la segunda prohibición del día: bajarnos del camión. Dolía ver al chófer, el guía y los dos ayudantes embarrados echando el bofe mientras todo nuestro esfuerzo consistía en movernos de un lado a otro para aligerar o reforzar el peso sobre los ejes.


Salir de allí parecía una misión imposible, incluso cuando por la solitaria pista apareció una cuadrilla de obreros.

Lo lograron, entre todos, lo lograron. La rueda subió a la superficie y avanzamos.

Al poco, una crecida nos puso en dificultades de nuevo, pero finalmente cruzamos sin mayores percances.


Nos creíamos a salvo cuando caímos en la cuenta de que llevábamos más tiempo del que era de esperar botando cubiertos por un denso y húmedo manto negro. El desconcierto tomó cuerpo cuando nos percatamos de la inseguridad, mal disimulada, de nuestros guías. Diré en su descargo que orientarse en aquella inmensidad iluminada tan solo por algún que otro rayo no era tarea fácil. Mi preocupación se centró en que no se nos pasara la toma del antipalúdico y mareé a todo bicho viviente para hacerme con unas galletas que amortiguarán la caída del Malarone en el estómago vacío, especialmente a Vicky (proveedora previsora) y a Juan (conseguidor solicito).

 


Pasar la noche rodeados de peligros no fue más que un espejismo de viajeros con ansia de aventura, porque finalmente parece que sí sabían adónde iban y llegamos al campamento incluso antes de lo que en el fondo nos hubiera gustado.

La ducha a la luz de las tímidas estrellas con el agua caliente recién vertida en el depósito por uno de los ayudantes nos devolvió a los placeres del safari confort en el que estábamos embarcados, y la sopa recién hecha se reveló el más oportuno de los manjares.

Unos mataron arañas, otros fotografiaron hienas… yo dormí a pierna suelta.

El recorrido de la mañana nos permitió ver más jirafas, hienas y leonas…


…pero también zorros de lomo plateado, monos de huevillos azules y un leopardo de sueño profundo.


Y el de la tarde, hipopótamos, muchos hipopótamos, no en vano nos fuimos a la Hipopool. Los cerdos se pasan de limpios en comparación con estos superguarros que mean al tiempo que defecan y descomponen sus heces en pequeñas partículas con una cola que parece un ventilador. Se hacen mimos y pelean, copulan y cotorrean, rutian y pedorrean disfrutando del lodazal que ellos mismos crean. Un poema. Todo un canto a la gochería.

No me olvido de las muchas aves, dos espectaculares: la enorme avutarda y el pequeño abejaruco…


…ni de los árboles y sus trapos azules (en realidad, trampas para la mosca tsé-tsé). Y los muchos termiteros. 


Pienso en el Serengueti y su recuerdo me sabe a poco. Con gusto volvería al cinematográfico campamento de Kananga en Seronera para saborearlo con calma. Y eso que ver cómo nos rodeaban las hienas mientras tratábamos de descifrar las constelaciones del hemisferio sur en torno al fuego no fue algo que deseara repetir, era como si una hilera de estrellas se hubiera descolgado del firmamento para observarnos de cerca. Tanto me impactó, que solo porque los demás contaron historias parecidas en el desayuno creo que las hienas pasaron parte de la noche peleándose y corriendo entre las tiendas, chocando incluso con alguna.


Unas fotos las hizo Eva, otras las hice yo. El vídeo es cosa suya.

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