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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Vidas de perro


Después de un largo periodo de tiempo, la periodista y escritora Olga Merino vuelve a publicar. Perros que ladran en el sótano (Alfaguara), su última novela, parece cerrar una trilogía del desarraigo y la desesperanza que empezó en los noventa con Cenizas rojas (1999) y continuó con Espuelas de papel (2004). La tristeza y la mala suerte son de nuevo los leit motiv que empapan la obra, aunque su tiempo histórico y circunstancias sean diferentes de los anteriores.

Esta es una memorable recreación de la ignominia moral y física que se ceba en una familia de emigrantes alicantinos asentados en Marruecos en tiempo del protectorado español, de donde deben salir cuando el Magreb se libra del yugo colonialista. Entonces, su vuelta a la metrópoli desencadena una serie de fatalidades que marcarán su existencia para siempre.

Historia vertebrada en tres tiempos y dos voces narradoras, las de un padre y un hijo que nunca se llevaron bien, que se separaran cuando vuelven a la península y que al final, después de muchos años, vuelven a encontrarse y a vivir juntos estableciéndose entre ellos una sórdida interdependencia que Merino nos va descubriendo con una cuidada, y en ocasiones, hermosísima prosa. Este universo hui-clos, asfixiante y castrador, donde la comunicación y las palabras parecen haber perdido todo su significado, nos es presentado con una sensibilidad especial que trasciende a los personajes y llega a emocionar, algo que no está al alcance de muchos escritores.

Pero en esta tenebrosa historia de perdedores también hay lugar para la ironía y, si me apuráis, el humor negro. Toda la parte que nos narra el desopilante y envilecido periplo de Anselmo Rodiles, el hijo, enrolado como figura flamenca en una compañía de variedades de mala muerte que recorre los pueblos de España, es un prodigio de contención y saber hacer literario. Una ráfaga de color entre tanta negrura vital. Que es mucha, porque al rosario de desdichas que es la vida de Anselmo hay que sumar además su condición de homosexual en unos tiempos poco propicios para ello, los años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco.

La calidad en el uso de la lengua popular en los diálogos festonea de color el pesimismo del relato y posiblemente sea uno de los mejores hallazgos de la autora. Gracias al ritmo adecuado y a una voz narrativa llena de matices, Olga Merino ha logrado una novela difícil de olvidar, con su atmósfera viciada y la falta de esperanza que flota en ella como un gas letal que arrastra a los protagonistas a sentirse como perros que ladran en un sótano, olvidados de todos.




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