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Viajar al óleo

Armando Cerra

Carlos de Haes, como un molino

Hace un par de meses los protagonistas de este viaje virtual en el tiempo y el espacio a la pintura fueron los molinos de viento manchegos. Ahí citaba que eran bien diferentes a los molinos del norte de Europa, y como muestra basta ver este Molino holandés que pintó Carlos de Haes allá por el año 1884.


“Molino holandés”, de Carlos de Haes

Este pintor nacido en Bélgica en 1826, siendo un niño emigró junto a sus padres hasta España para instalarse ya de forma definitiva. De hecho, está considerado un pintor español, ya que aquí desarrolló su larga carrera artística, si bien viajó en numerosas ocasiones a su país natal y a otros lugares de Europa, adonde siempre llegaba acompañado de sus óleos y su caballete, porque Carlos de Haes fue uno de los introductores en España de la técnica del plenairismo.

Se plantaba ante un paisaje y sacaba sus cuadernos o sus telas para abocetarlo. Lo estudiaba, buscaba el encuadre más interesante y los elementos más atrayentes del lugar, e intentaba trasladarlo a través de lápices y pinceles. Estaba convencido de que para hallar la belleza bastaba con observar la naturaleza y copiarla, sobraba cualquier atisbo de imaginación.

Tras eso, regresaba a su estudio y los bocetos los transformaba en obras definitivas, incluyendo en ellas hasta el detalle más nimio de lo contemplado in situ. Semejante método de pintar lo empleó una y otra vez, hasta completar una producción que alcanza las 4.000 obras.


“Aspas de molino”, de Mónica Grimal

En muchas de estas obras alcanza cotas casi fotográficas. En esta tela conservada, pero no expuesta, en el Prado, se descubren las cañas y juncos a orillas del riachuelo, se distinguen los cuernos de las vacas que pacen en los pastos, se aprecian los inmensos cielos que provoca el bajo horizonte de las tierras holandesas, unos cielos siempre amenazando lluvia, o se entretiene uno viendo todo el entramado de maderas que supone el mecanismo del molino.

Y sin embargo … Falta algo, falta vida, espontaneidad, brillo, sentimiento. Algún historiador ha dicho que Carlos de Haes utilizó toda su maestría para aprender una forma de pintar y repetirla hasta la saciedad, sin apenas evolucionar y crecer a partir de ella.

O sea, como un molino, giró, giró y giró sobre el mismo punto. No obstante, hay que reconocerle su talento como paisajista y sobre todo su gran labor como docente desde la cátedra de pintura de la Real Academia de San Fernando, donde impartió sus conocimientos durante décadas.

Allí, siendo tan constante como los molinos, formó a varias promociones de paisajistas, entre ellos algunos que despuntarían años más tarde y conducirían al paisajismo español hacia corrientes más impresionistas y europeas.

Es decir, a Carlos de Haes no se le puede valorar como un grandísimo artista de talla universal y única. Y sin embargo … Como los molinos, su tesón y constancia convirtió su trabajo en algo importante para sus contemporáneos y las generaciones siguientes.

Visita la web del autor:
www.maletadevuelta.blogspot.com




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