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El secreto de la invención

Daniel Tubau

Mentiras estadísticas y estadística de la mentira

danieltubau@gmail.com

La semana pasada recordé las estadísticas que hacía cuando era pequeño, en los viajes con mi padre y mi hermana con un Dos Caballos entre Madrid y Barcelona. En esos viajes, en los que de vez en cuando nos parábamos para robar mazorcas de maíz o manzanas de los campos, descubrí la ley de los grandes números y la ley de los pequeños números.


Sospecho que esta afición temprana por el pensamiento estadístico me ha resultado muy útil para razonar mejor, para darme cuenta de que el pensamiento intuitivo es muy poco de fiar y para advertir lo fácil que es que la memoria nos traicione: olvidando datos,  maquillándolos, haciéndonos creer que pensamos de manera razonable y razonada y que sabemos observar con atención, cuando en realidad sólo observamos lo que se ajusta a nuestros prejuicios, lo que satisface nuestros caprichos intuitivos y lo que coincide con nuestras creencias ideológicas o de cualquier otro tipo.


Prejuicios (© sangrea.net/bully)

En El secreto de la invención, supongo que ya lo habrá advertido el lector que haya leído los artículos anteriores, pretendo mostrar lo mal que pensamos, lo poco de fiar que somos y, lo que es mucho más importante, lo poco que nos damos cuenta de todo ello. No hay nada más difícil en este mundo que convencer a una persona de que su intuición es muy poco de fiar y de que muchas de sus más firmes sólidas opiniones se basan casi siempre en el azar, la observación manipulada, el capricho o el error.


Mark Twain (foto: A.F. Bradley)

El lector quizá se haya preguntado, después de leer lo anterior, por qué he titulado este artículo Mentiras estadísticas y estadísticas de la mentira. Es obvio que me estoy refiriendo a aquella famosa frase de Mark Twain (“Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las mentiras a medias y las estadísticas”) y a lo fácil que es construir mentiras basándose en análisis estadísticos. Yo he convivido con la mentira de las estadísticas durante muchos años, porque he trabajado en varias productoras de televisión a las que cada día llegaban análisis estadísticos que intentaban explicar por qué nuestro programa había tenido éxito o por qué había bajado su audiencia precisamente en el minuto 23. La mayoría de estos análisis no eran muy diferentes del horóscopo que cualquier astrólogo de hoy en día podría hacer de Napoléon: una vez que sabemos lo que ha sucedido, resulta muy fácil explicarlo: “es ambicioso, tendrá muchos conflictos, morirá lejos de su patria”. Yo tenía entonces la costumbre de llamar a esos informes “el boletín diario de humor”, porque era muy divertido ver cómo cualquier cosa se podía explicar mediante una combinación de las diez o quince variables principales que se producen en la competencia diaria de varias cadenas de televisión: empieza un programa en otro canal, termina un programa, se van a publicidad, vuelven de publicidad, una invitada se desnuda, en la serie matan a alguien, en la serie descubren un misterio, nieva y el programa del tiempo sube su audiencia, etcétera.

En la serie The Wire se puede ver la importancia que pueden tener las estadísticas para la carrera de los policías que quieren llegar a lo más alto.

Como dice el creador de The Wire, David Simon, una de las áreas fundamentales de los policías consiste en “cocinar” estadísticas:

Uno de los temas que se trata en The Wire es que las estadísticas siempre mienten. A las estadísticas se les puede hacer decir cualquier cosa. Muéstrame algo que describa el progreso institucional en América: calificaciones de exámenes en los colegios, estadísticas de crímenes, informes de arrestos, cualquier cosa que permita a alguien promocionarse y, poco después de que hayas creado esa categoría estadística, cincuenta personas de esa institución se pondrán a trabajar para hacer que parezca que los datos muestran que se produce una mejoría a pesar de que muestren todo lo contrario. Por eso, las estadísticas criminales actualmente no significan nada.

Otro ejemplo en la serie creada por Simon


Es evidente, en efecto, que un altísimo porcentaje de personas rechaza el uso de las estadísticas, digamos un 90%. En consecuencia, soy consciente de que defender el valor del pensamiento estadístico resulta una causa perdida de antemano, a no ser que uno se encuentre entre ejecutivos de ventas, analistas de audiencias o fabricadores de datos para los ministerios y los políticos, que representan una parte apreciable de quienes si creen en las estadísticas. Digamos que a los grupos mencionados pertenece el 80% del 10% de personas que valoran el pensamiento estadístico. Nos queda un 20% de personas que lo valoran, pero no por su utilidad para fabricar mentiras. De ese 20%, un elevado porcentaje, quizá el 70%, son psicólogos, neurólogos o investigadores del comportamiento humano. De ellos, y de sus razones a favor del pensamiento estadístico (sea eso lo que sea), hablaré la semana próxima.


Por cierto, sería el lector capaz de decir, en menos de un minuto, cuántos individuos de un total de mil personas representa ese 70% de neurocientíficos que pertenecen al 20% de personas que valoran el pensamiento estadístico (pero que no lo hacen por motivos interesados) y que son parte del 10% de personas que valoran el pensamiento estadístico? ¿Demasiado complicado? No se preocupe, querido lector, el 97% de las personas tampoco sería capaz de responder a esa pregunta: nuestra poca familiaridad con el pensamiento estadístico no da para tanto. La semana que viene daré la solución, aunque no debería resultar demasiado difícil dar con ella, empleando, digamos, cinco minutos.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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