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Los viajes

de Sara Gutiérrez

A orillas del Lago Victoria

OTROS DESTINOS

Ir de nuestro alojamiento en Masai Mara al que nos esperaba en el Lago Victoria suponía una jornada más de camión, 12 horas exactamente, así que a las 4:30 estábamos en pie. Arrancar a las 6:00 nos permitió presenciar un despejado amanecer cuyo espectáculo nuestro guía supo potenciar haciendo sonar África, de Ismael Lo, en el momento álgido de la salida del sol.


Lo malo de ese arranque musical fue que tras él llegaron sones occidentales que le hicieron venirse arriba y, perdiendo el equilibrio en su baile desenfrenado, caer sobre la rodilla de Eva y provocarle un dolor aún más intenso que el placer del amanecer. Las buenas artes del ayudante rastafari, que de nuevo había cedido su puesto en cabina a nuestra recién casada mareada, consiguieron mermar la inflamación del golpe y aliviar con ello el sufrimiento.

Nos alejamos de la reserva Masai entre bomas que se desperezaban despidiendo a sus rebaños de vacas pastoreados por niños, para avanzar rodeados de campos de maíz y trigo y, ya en las tierras altas, verdes prados parcelados, algunos de té.


Una cosa tras otra, y alguna más, hizo que no pudiéramos salir del aparcamiento en el que el camión nos depositó mientras iba a repostar. Nos disponíamos a explorar la gran ciudad convertida en mercado que era Kisii (si no recuerdo mal su nombre), cuando el pie de Eva se negó a dar un paso. Conseguimos una venda en una pequeña farmacia del supermercado a cuyas puertas nos encontrábamos y esperamos pacientemente (¡para una oportunidad que teníamos de mezclarnos con los locales…!). La pomada antiinflamatoria de Bárbara, los dineros keniatas de Juan, Iñaki e Itziar y la buena voluntad de los demás facilitaron, y mucho, las cosas.

De nuevo en el camión, nos acomodamos en la zona delantera, en el chill out, y nos olvidamos de las estupendas fotos que podríamos haber hecho al hervidero humano que dejábamos atrás o a las muchas aulas al aire libre con alumnos uniformados que animaban el camino.



Durante kilómetros, el Lago Victoria jugó con nuestros ánimos apareciendo y desapareciendo de nuestra vista. Tratábamos de adivinar qué isla nos esperaba, cuándo supimos que aquél camino nos llevaba al Hotel, que estaba por tanto en una peninsulilla no en una isla como nos habían hecho creer… Empezó entonces la discusión de si aquí este accidente se llama isla o península, de si resta o suma más anunciar que se va a una isla cuando el destino es en realidad una península… para mí está claro: en castellano, tierra a la que permanentemente se puede llegar por tierra es, si a caso, península, jamás isla. En fin…

Desembarcamos sobre la pista de aterrizaje del Rusinga Island Lodge. Sí, sí, pista de aterrizaje: mucha gente, que puede pagárselo, ante las largas distancias prefiere volar de atracción en atracción turística; yo, de momento, me alegro de tener que mirar la peseta, me gusta tanto ver el camino como el resto.

Masajes, baños en la piscina… nosotras nos dedicamos a ordenar las fotos y a pasarlas de unos dispositivos a otros, hasta que el atardecer redondeó el día.



A la mañana siguiente, la ligera marejadilla mantuvo la recomendación negativa a salir en barca para avistar pájaros autóctonos que nos habían hecho a nuestra llegada. Por eso, tras un copioso desayuno al aire libre, visitamos un pueblo pesquero cercano. Tan cercano que todos fueron a pie. Nosotras, en coche, conversando con el chófer local. «Las casas tienen tejados de hojalata porque a la larga salen más baratos que los tradicionales de paja, que hay que cambiarlos todos los años —nos dijo mientras saludaba a su madre, atareada en la huerta—. Casi todas las casa son iguales porque primero compramos las láminas de hojalata, que en el lote más barato son 15, y luego construimos las paredes». «En las escuelas están recuperando nuestro lenguaje, el Luo —comentó al pasar ante una—. Son caras, cuestan 5 dólares al mes, y ganamos unos 30». «En principio, la educación es igual para los niños y las niñas. Pero al llegar a casa las niñas tienen que ayudar, tienen que hacer muchas cosas, mientras que los niños pueden dedicarse a lo que les interesa. Eso es lo que hace que las oportunidades de educarse sean inferiores para las niñas», explicó en un tono que hacía entender que eso no le pasaría a su niñita de cuatro años. «De mi generación se está muriendo mucha gente, por el SIDA. A los niños los cuidan los abuelos», y suspiró, habíamos llegado.


Tres cosas me llamaron inmediatamente la atención: donde no había basura, el suelo estaba cubierto por pececillos secándose al sol; las mujeres subían tiesas del lago con cubos de agua o espantaban a las aves (incluidas las gallinas) y barrían encorvadas sobre los pececillos, mientras los hombres, sentados aquí y allá, veían pasar la vida; los niños, a cual más harapiento, se agarraban a los visitantes formando largas cadenas o jugaban en pequeñas pandillas exhibiendo los juguetes que ellos mismos habían hecho.

A orillas del agua, otros hombres, los pescadores, se afanaban arreglando sus aparejos y, sin proponérselo, creaban una estampa que hubiera podido contemplar durante horas.


En procesión, encaminamos nuestros pasos hacia una escuela, que entendí era de huérfanos pero en la que había muchas madres, y cuya verja prohibía el paso a los niños del pueblo que nos acompañaban.


Os dejo un vídeo con algunos momentos del concierto improvisado que nos ofrecieron los disciplinados alumnos: no os podéis imaginar cómo cantan en inglés.  

Hoy hay pocas fotos (las más mías), pero vuelve a haber un vídeo (grabado por la cojita).

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