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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Valencia, no falla


El Oceanográfico caro, el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe deslavazado, el Hemisférico incomprensible, L’ Umbracle inhóspito, el Palacio de las Artes Reina Sofía cerrado... ¿Dónde está la «ciudad de las artes y las ciencias» de la que presumen en el cauce del Turia? Lo que hay, lo que yo vi, es un interesante conjunto de formas que dibujan un paisaje urbano peculiar pero que no logran configurar, ni por asomo, el espacio amable que debiera ser cualquier ciudad.

Y el entorno no ayuda. Bajamos caminando desde el puente de Calatrava —unos tramos por el seco cauce del río, otros por la ribera derecha, otros por la izquierda—, caminamos bajo el sol del mediodía buscando una agradable terraza en la que degustar una sabrosa paella valenciana, olvidado el arroz con pollo, conejo, habas y vainas, avanzamos buscando un bar en el que comernos un bocadillo, o un pincho, o unas patatas fritas de bolsa, llegamos con sed y hambre a las mismísimas puertas del museo (los dos quioscos de parque con los que nos encontramos, uno al principio del recorrido y otro al final, estaban abarrotados) y al entrar, la magia de la luz mediterránea se esfumó, aquello parecía, cafetería incluida, el vestíbulo de un aeropuerto.


Cuanto más enrojecía el cielo más se azulaba el Hemisférico y más esférico se hacía.


Lo que decía, un paisaje urbano peculiar.

En el otro extremo del pretendido río de cultura , el IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno) me supo a poco. Tal vez porque tres de las cuatro propuestas del día de mi visita correspondían a artistas que no me dicen nada.

La ciudad de siempre

En el fondo, por mucho que haya crecido, para los turistas Valencia sigue siendo una ciudad abarcable, reconcentrada, fácil de caminar que en cada esquina ofrece un vaso de horchata con fartons o una taza de chocolate con churros, en tiempos de Fallas, buñuelos de calabaza.


Sobran en Valencia Iglesias y Museos para los amantes del verlo todo. Yo me quedo, y no sólo, con la Plaza de la Reina, la heterogénea Catedral (aseguran que guarda el Santo Cáliz) y el Miguelete (torre campanario del templo); el animadísimo Mercado Central y la Lonja de la Seda (Patrimonio de la Humanidad); y el restaurado para la restauración Mercado de Colón. Es curioso el Mercado redondo, el clot, pero perderá todo su interés si no lo arreglan pronto, con gusto y de manera definitiva.


La mascletá

Por casualidad estaba en Valencia el día de inicio de las Fallas, el de la primera mascletá así que me dejé arrastrar por la marea humana que a eso de las 13:30 se convirtió en una corriente arrolladora hacia la Plaza del Ayuntamiento. Me metiera por la calle que me metiera, en cuanto dejaba la Plaza del Ayuntamiento a mis espaldas, era la única que caminaba contra dirección, así que di media vuelta y me dejé llevar. A las 14:00 estaba en la calle Correos, con el Ayuntamiento frente a mí, y comenzó el espectáculo de ruido, color y humo que tanto gusta a los valencianos.


Más grandes o más pequeñas, durante los días de Fallas, se pueden encontrar mascletás en cualquier barrio.


Lo que no vi y hubiera querido ver


Dicen, y será verdad, que cada jueves, delante de la Puerta de los Apóstoles de la Catedral, se reúnen los Síndicos de las siete acequias que riegan la Vega de Valencia para dirimir pleitos sobre riegos, que para eso son el Tribunal de las Aguas. Y cuentan que lo hacen igual desde hace 1.000 años: practican juicios orales, sin documentos, y deciden sentencias sin apelación.

Ésta y mucha más información en las oficinas de Turismo de Valencia.

Fotos de Eva Orúe.

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