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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El arte francés de los premios literarios


El arte francés de la guerra (RBA editores) es la primera novela de un profesor de biología de 50 años, Alexis Jenni, que fue el ganador el pasado año del Goncourt, el más prestigioso premio literario de nuestra vecina Francia. Un premio que se otorga a obras ya publicadas en el año y elegidas por un jurado que vota en absoluta libertad. Su cuantía económica es solo de unos pocos euros (el precio de una comida en 1903, año en el que se instituyó).

Estoy convencido que si esta novela de 704 páginas, escrita por un novel además, se hubiera presentado a alguno de nuestros enturbiados y campanilleros premios literarios, hubiera sido relegada al saco de obras rechazadas en la primera criba. Es otra de las cosas en las que nuestro enrarecido y caótico mundo editorial debería ponerse a reflexionar.

El arte francés de la guerra es una obra maestra de la primera a la última palabra. Un libro que recorre a lo ancho y a lo largo veintinueve años de la historia del colonialismo francés. Indochina, Vietnam, Algeria son sus escenarios y pasan por sus páginas descritos con un coraje inigualable, sin pararse en mientes, a través de los recuerdos de un ex paracaidista de nombre Victorien Salagnon que sirvió en todos esos conflictos, personaje principal y que se los va narrando, con una mezcla de horror y pudor, a un joven parado que vive en la banlieu lyonesa y pasa su tiempo libre bebiendo, haciendo el amor y viendo películas de guerra. Un joven sin futuro ni pasado que en contrapartida le inicia en el arte del dibujo con tinta china. Dos personajes perdidos, anónimos, dos vidas entrelazadas que se unen a través de una relación extraña: la de la transmisión del saber y la de la experiencia.

El gran acierto de Jenni es apartarse totalmente del rio principal de la literatura francesa sobre el tema y olvidar el leit motiv de la mayoría de obras que sobre la colonización y descolonización se han escrito en su país ensalzando sin ambages la grandeur de la France en el manejo de estos procesos. Hay que olvidarse pues de las mentiras “verdaderas” que sobre el tema trufan las memorias del gran estratega Charles De Gaulle, o de la corta visión política de otro grande Albert Camus, que nunca pudo imaginar una Argelia que no fuera francesa. Para Jenni todas las guerras de colonización han sido sucias y asesinas y en ellas no hay sitio para héroes. Estos conflictos bélicos solo han servido para el pillaje, la explotación de recursos o la limpieza étnica en nombre de la expansión económica de la metrópoli.

Podría pensarse que el tema principal de la novela es únicamente proponer una mirada reflexiva sobre el absurdo de cualquier guerra colonial. Es eso, claro, pero, además, su autor nos lleva mucho más allá logrando, con un estilo perfecto en su equilibrio, levantar un artificio literario que deslumbra. Pocas veces un libro es tan revelador para el lector como para los propios protagonistas en la búsqueda de la propia identidad a través de las pistas de la barbarie colonial cuyo origen se encuentra siempre en la falacia de la identidad nacional y en la exaltación de las diferencias ; en la obsesión por la pureza étnica, ese lugar común de donde nacen todos los sectarismos.

Y ahí hay lugar también para hincar el diente en el presente a través de claras analogías que plantea con la brutalidad de las batallas libradas en los suburbios y que asolaron Francia hace un par de años.
La fisicidad de la escritura de Jenni nos mete literalmente en el centro de las batallas, del horror, del sexo, de la muerte. Sus palabras nos trascienden, nos transportan más allá de su significado. Luchamos, torturamos, reímos, amamos, follamos y matamos con Victorien Salagón. Logra hacernos su compañero, su alter ego y hasta que sintamos simpatía por un hombre que no es otra cosa que un asesino a sueldo de una idea. Esta es la perspectiva actualizada de un tema de siempre y su gran logro como escritor.

Para una primera novela no creo que pueda pedirse más. Fascinación y talento son las armas que maneja con precisión Alexis Jenny.




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