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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Zona DVD: Irina Palm


Irina Palm se inscribe por derecho en una cierta tendencia del cine inglés contemporáneo a rescatar —bajo la influencia de aventajados como Ken Loach, Mike Leigh o Stephen Frears (Café irlandés)— la comedia dramática realista heredada de los ya lejanos años del free cinema. En este caso, con otra propuesta amable y sin demasiadas pretensiones, con un toque de denuncia social, costumbrismo y una visión personal de la condición de la mujer de clase trabajadora y sus estratagemas para ayudar a los suyos y, de paso, redescubrirse a sí misma.

La película se sustenta en un soberbio tour de force interpretativo de la inmensa y polifacética Marianne Faitfhull que en su papel de Maggie/Irina se gana al espectador y también, pese al rechazo social y la crispación familiar, a casi todos los que la rodean.

La historia parte de una premisa melodramática y algo tópica para convertirse en un drama irónico y una comedia satírica acerca de las barreras que somos capaces de traspasar para ayudar a los demás. Lo mejor del filme de Sam Garbaski es que, a pesar de su aire de fábula sobre las buenas intenciones y el autosacrificio y de algunos puntos argumentales inverosímiles —como el amor entre Maggie y el pragmático dueño del sex-shop— no se trata de una apuesta moralizante ni hace alardes de comicidad estridente al estilo de Full Monty u otros filmes del mismo corte. La sobriedad de la puesta en escena, la atención a los detalles y la cuidada fotografía del Londres suburbial, diurno y nocturno, son el marco ideal para un relato que reposa (el director y guionistas lo saben) en la fuerza de la actriz y en su capacidad para dotar a su personaje de una amplia gama de matices.

Aunque no profundiza en el tema de la prostitución y sus formas en la sociedad actual, y el propio director ha expuesto claramente que ésa no era su intención al rodarlo, la película juega su mejor carta en el afilado terreno de juntar lo humorístico con lo dramático, la inocencia y la desinhibición. A pesar de algunos secundarios algo tópicos (como esas vecinas eternamente cotillas) y de lo desdibujados que quedan finalmente algunos personajes, como  los hijos de la protagonista, Irina Palm es una hermosa alegoría sobre la entrega, el voluntarismo y la vida íntima de una mujer madura. Una reflexión ajustada acerca de la dificultad de sobrevivir y las estrategias para conseguirlo en un mundo donde el llamado “estado del bienestar” es un perpetúo estado de malestar para las gentes sencillas en circunstancias en las que la salud y la vida tienen un precio.

Irina Palm dista de ser una gran obra, pero es un trabajo valiente que sabe tratar con delicadeza los aspectos más peliagudos de su trama e incluso dejar algunos cabos sueltos interesantes acerca de cómo un ser humano salva a otro pero no puede evitar hacer daño a un tercero o sobre cómo las esferas pública y privada pueden desdibujarse o encontrarse de forma desconcertante ante la mirada de los demás.

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