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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Safari en Masái Mara

OTROS DESTINOS

El polvo del camino y los botes del camión no impidieron que disfrutara de las cinco horas de trayecto entre Naivasha y el Parque Masai Mara.

Al principio, por la carretera principal, iba pendiente de los sembrados («¡pedazo maizal!», «¿eso qué será, trigo o cebada?»… campos tan bien trabajados no concordaban con la idea que tenía de Kenia) y los pueblos («¡vaya mercado más animado!», «parece que por esta zona se ven menos escuelas», «¡mira que les gustan las motos!», «¡otra costurera como la de antes!»… me encantó descubrir pueblo tras pueblo, en las hileras de comercios que avivan la carretera, a las costureras trabajando con la singer a la puerta de su local, probablemente su casa).


Después, por la carretera secundaria, sin nada más a la vista en kilómetros a la redonda que la propia tierra y algo de asfalto, mi pregunta era de dónde salían los caminantes que de tarde en tarde nos cruzábamos.


Ya en la pista de tierra mi interés se centró las bomas, los poblados masais, y sus habitantes, anunciados kilómetros antes por las mantas de cuadros con las que no pocos iban ataviados.


Fue a esta altura de viaje cuando el ayudante rastafari que nos acompañaba decidió llegado el momento de enseñarnos la que se convertiría en la canción de excursión de nuestra aventura keniata: JAMBO (HOLA en swahili). Dejo aquí la letra que él mismo apuntó en mi libretilla:

Jambo
Jambo bwana
Habari gani?
Nzuri sana
Wageni
mwakaribishwa
Kenya yetu
Hakuna matata


Y así, cantando, sin mayores preocupaciones, llegamos a la reserva Masai Mara, donde comandos de vendedoras se encargaron de amenizarnos la espera de los trámites de entrada aumentando y aumentado cada segundo que pasaba el número de pulseras por dólar.

Nos distribuimos en tres jeeps, landrovers o similar, y avanzamos hacia una explanada en la que comimos arroz, bebimos cerveza y nos hicimos fotos y más fotos, por fin, en la sabana africana.

Empezaba realmente el safari.

Tras aves varias, los primeros mamíferos que nos saludaron fueron unas cebras a cuyas espaldas al poco asomó una jirafa, enseguida llegaron los ñus, que rápidamente pasaron de contarse por decenas a contarse por cientos, probablemente por miles… Nos movimos y un jabalí, pumba para nosotros (y para El rey león), que pasaba por allí gustoso posó y reposó para nuestras cámaras. Los siguientes protagonistas fueron una familia de elefantes que trataban de esconder a su cría, ¿de nuestros objetivos? Y por fin… ¡un león! Nos acercamos y… ¡un león, no! ¡un león y una leona! Y de pronto un masai novato, ¡nuestro chófer!, se da cuenta de que el coche en el que va su jefe se aleja y decide seguirlo, responde a nuestras quejas aludiendo a que salirse de las pistas puede costarle el sueldo de un mes y que debe volver al camino, estamos tan enfadados por ser arrastrados lejos de la pareja de leones que el resto de la tarde se convierte en una cascada de quejas que nuestro inoperante conductor trata de calmar internándonos entre ñus y elefantes, parando a orillas de una poza plagada de hipopótamos, acercándonos a un par de guepardos adormilados, e incluso metiéndonos en una carnicería leona-cebra sitiada por los turistas que contravenía todas las normas enunciadas por él mismo minutos antes.



Más cebras y ñus, aves varias y avestruces, topis e impalas nos entretuvieron camino del hotel que nuestro chófer no encontraba mientras nuestro enfado por el león pedido no menguaba, es más, se acrecentaba ante el temor de que la noche nos cogiera perdidos en plena sabana. Por fin avistamos un rebaño de vacas, dos, tres… y sus pastores dubitativos nos indicaron el camino para cruzar el río y pasar a la zona de hospedaje. Nuestro desconcierto aumentó al comprobar que éramos los primeros en alzanzar la recepción del Mara Eden Safari Camp. 

Malhumorados, rellenamos formularios y bebimos el cóctel de bienvenida que la amable gerente, a la sazón menuda, blanca, rubia y sudafricana, nos ofreció junto a las llaves de nuestras lujosas tiendas y las indicaciones de seguridad pertinentes: nada de caminar por el recinto del hotel sin avisar a los guardianes (armados de arco y flechas), mucho menos salir de él. 


Durante la cena convertimos nuestra queja, ampliada por las imágenes del león copulando con la leona que algunos de nuestros compañeros consiguieron tomar, en una juerga cargada de ocurrencias y carcajadas que provocó el intercambio de guías para las expediciones del día siguiente.

Creo que me dormí mucho antes de que se calmaran los monos folloneros del otro lado del río. Estaba rendida. Porque después de la sobremesa aún tocaba descargar tarjetas de memoria, cargar baterías, dejar ropa a lavar… ¡La dura vida del turista!


Al desayuno, nuestro desafortunado guía se presentó ataviado con la manta de cuadros, como si el hábito hiciera al monje… En el vehículo del mandamás, pillamos a una famila de pumbas empezando el día y a un impala haciéndose la toilette, dejamos atrás a un león y una leona que no osaron levantarse, nos detuvimos ante una bandada de buitres que descuartizaban tan de mañana un ñu, posiblemente un despojo abandonado por la leona cercana. Disfutamos de un elefante, y otro; volvimos a la poza de los hipopótamos; y comenzamos a avistar decenas, cientos, miles de ñus.

En un gesto que respetamos sin entender, nuestro chófer aparcó el coche a la orilla del río y paró el motor. Al poco, los ñuses vinieron hacia nosotros.

Bajaban en grupos, se protegían con una línea que miraba río arriba y otra que miraba río abajo, bebían y, de pronto, como si hubieran visto al diablo, salían de estampida hacia la orilla donde otro grupo ya se disponía a bajar con la misma excitación.

Contemplamos bajadas, subidas y retiradas sin alcanzar a entender la lógica de su coordinación. Súbitamente, a nuestro lado, surgió una leona. El susto me encogió el corazón. Se hizo un silencio absoluto. La leona nos ignoró (respiración profunda) y avanzó sigilosamente hacia los ñus. Daba un par de pasos y se acostaba, se acercaba vigilante y se escondía acechadora entre la hierba, esperó hasta qe los grupos de ñus se fueron haciendo más pequeños, espero hasta que los ñus que pasaban a un palmo de sus narices eran viejos y lentos, eligió un par de presas que descartó en el último momento y cuando por fin tensó sus patas traseras para lanzarse a la yugular de su alimento… el motor de uno de los muchos vehículos que la rodeaban (ya se habían concentrado entorno a ella 37 coches cargados de turistas) rugió… la leona dignamente, como despreciándonos, dio media vuelta y volvió a su guarida, seguida por todos nosotros, recogió a su cría y la guió hasta una orilla inexpugnable.


Entre satisfechos por lo que habíamos presenciado y enfadados por el cariz que la masa humana imprimía al espectáculo del que formábamos parte, salimos del atasco.

Después de la comida campera, en una zona de arbustos, cambiamos de nuevo de chófer, y tras tomar un café en uno de los hoteles de lujo próximos a la pista de aterrizaje de avionetas de la zona, volvimos a la llanura moteada que es Masai Mara.

Un paréntesis aleccionador: al cruzar a pie el puente colgante que nos llevaba a la terraza del café, a una de nuestras compañeras de viaje se le cayó la cámara de vídeo al río, llevaba abierta la funda que colgaba de su hombro.


De nuevo en la sabana, una familia de guepardos nos esperaba echando la siesta a la sombra y, como los de la tarde anterior, hicieron caso omiso a nuestra presencia, aunque tal vez fuera la curiosidad lo que de vez en cuando asomaba la cabeza del más chiquitín por encima del lomo de su madre tumbada.

El atardecer nos regaló el cortejo de los leones: el arranque de él, la coquetería de ella, la pasión de ambos, la chulería de él, la entrega de ella, el descanso de ambos…


Para acabar el día, por decisión popular decidimos pagar los 10 dólares por cabeza establecidos, e ir a visitar un poblado masai. Los apuestos y pulcros masais desfilaron, cantaron y saltaron para nosotros mientras sus harapientos niños comidos por las moscas eran apartados de nuestra vista por sus mayores. En el interior de la boma un grupo de mujeres acicaladas para la ocasión nos cantó con desgana una canción de bienvenida. Nuestros hombretones (los del grupo), a pesar de imitar con esmero a nuestros anfitriones, fueron incapaces de hacer fuego. Y la lluvia nos arrancó del destartalado mercadillo que las mujeres habían instalado en el vacío corral anexo. 


Nos quedamos con las ganas de ver el interior de los cubículos de barro que suponíamos eran las casas individuales de cada una de las mujeres de uno de aquellos galanes. Nos quedamos con las ganas de saber si aquel mísero poblado era el hogar de nuestros artistas o un escenario tomado. Nos quedamos con las ganas de entender tantas cosas que el mejor bálsamo fue regresar al espíritu jovial del safari, de nuestro safari.

Las fotos, más o menos a partes iguales de Eva y mías; el vídeo, grabado por Eva.

OTROS DESTINOS

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