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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Zona DVD: La Répétition


“Tu mejor amiga puede ser tu peor enemiga” rezan las caratulas de los escasos ejemplares en DVD que se han tirado de La Répétition, título que nadie se ha molestado en traducir; lo que es preferible porque la traducción podía haber sido tan ocurrente como el subtítulo de lo que estoy escribiendo o como la ocurrencia de aquellos que nunca estrenaron The Bubble entre nosotros, pero la titularon para los pre-estrenos Solos contra el mundo.

La Répétition es la historia de dos amigas de la adolescencia (doce años) que se conocen en un momento de sus diferentes vidas, pero que vuelven a unirse en una relación que se presenta como autodestructiva pero que realmente no lo es tanto. La directora Catherine Corsini las presenta cantando una canción de la época y viajando felices en bicicleta para subrayar el tono sombrío y la desconfianza (tal vez algo forzada) con que van a relacionarse más adelante. Una historia de amistad íntima con lejanos ecos la mítica Julia de Fred Zinneman (sobre la vida de la dramaturga estadounidense Lillian Hellman), pero sin disfrazar nunca el componente erótico lésbico y los aspectos más espinosos de su tensa relación amorosa, y con un aroma plenamente francés y una ambientación contemporánea.

París, la gran ciudad de muchos directores y sus rincones brillantes o sórdidos, vuelve a ser un personaje enigmático de la película ,como en algunos filmes de Téchiné u Ozon, pero en esta ocasión, a pesar de la bella fotografía de Agnés Godard (colaboradora habitual de Corsini), la frialdad vuelve a impregnar este viaje circular hacia el reencuentro por unas calles y unos bares observados a la vez desde cerca y desde lejos, al igual que las dos mujeres que se buscan y se rehúyen en el espacio y en el tiempo, en la memoria (Resnais) y en las arterias de espacios que no han podido ser domesticados. Como ese caserón en el que se refugia y que parece salido de una vieja película de terror de serie B más que de una película lésbica con tintes sadomasoquistas.

La Répétition es seguramente la película más conseguida de Corsini aunque no entremos del todo en su juego debido a la extraña —¿buscada?— frialdad que transmiten, a ratos, las dos actrices protagonistas y algunos elementos de la puesta en imágenes. Aunque la relación acaba adquiriendo ciertas connotaciones sadomasoquistas y elementos autodestructivos. Ellas se juntan y se separan, podemos decir que hay cierto antagonismo entre sus diferentes maneras de vivir, recordar, olvidar, actuar para el teatro y para esa vida llena de encuentros y desencuentros, pero no podemos decir, como reza la publicidad, que sean sus “peores enemigas.”

Protagonizada por Emmanuelle Béart, actriz fetiche de algunos de los más personales trabajos de Techiné (Los testigos) y Ozon (Ocho mujeres), también musa de Chabrol, perteneciente a una familia dedicada al mundo del espectáculo y por la pálida, pero siempre intensa Pascal Busières, que se dio a conocer como la profesora de teología recién casada que descubre el verdadero amor en los brazos de una trapecista de circo, negra y desinhibida en Cuando cae la noche, un clásico ya del cine lésbico de principios de los noventa. Pero el filme de Corsini no pone en primer término, al menos no todo el tiempo, la reivindicación de la visibilidad lésbica sino la historia de dos mujeres bien diferentes a las que el destino ha separado y que se reencuentran en situaciones vitales complejas: una mujer que podríamos llamar bisexual y una lesbiana atraída por ella que no puede controlar las situaciones de amor-odio en las que se ven envueltas. No sabemos si la francesa Corsini conoce el trabajo de la canadiense Rozema o las películas sobre el mundo del teatro más sombrías de Techiné o Chéreau, pero en las secuencias en las que las dos amigas fingen y se incorporan de diferentes modos a los papeles principales en la famosa y decadente Lulú de Weekendin —sobre el mito de la mujer fatal— encontramos ecos del cine francés intimista atravesado por corrientes de dolor intimo que salen a flote, como en algunos filmes de Oliver Assayas, Chantal Akerman o los últimos coletazos de la nouvelle vague: Resnais, el propio Techiné, algunos trabajos de Agnès Varda, Valeria Bruni-Tedeschi (Actrices) o, en menor medida, Mattieu Almaric . La mirada irónica sobre situaciones graves o de clara incomunicación , la erotización de la amistad íntima y el contraste entre el ansia de libertad y las servidumbres de vidas familiares y laborales que no satisfacen del todo a unas protagonistas que no pueden vivir “la una sin la otra” pero tampoco “la otra con la una”.

Corsini usa muy bien la música, el retrato de las vidas de las gentes del teatro (aunque sin la agudeza y la simpatía de Marta Balletbó Coll) y, sobre todo, trata de explicar las motivaciones por las que estas dos amigas de la infancia no pueden llegar a comprenderse a través de casi ningún código. Encontramos ecos suavizados y más coloristas de Rendez-vous de Téchiné y del cine francés reciente realizado por mujeres. El problema puede ser, para algunas, la ambigüedad del discurso de Corsini que en ocasiones puede resultar algo afectado, alambicado y hasta “demodé”, aunque nunca tan “demodé” como la existencia de la protagonista de su último filme Partir, cuyo periplo extraconyugal nos parece hoy más cercano a El amante de Lady Chatterley que a la realidad de la burguesía rural/urbana francesa de hoy.

Corsini opta finalmente por el misterio, la desazón y la abstracción, alejándose de algunos apuntes realistas y sociales que caracterizan a los epígonos de la nouvelle vague. Podría decirse que estamos más cerca de Eloise de Jesus Garay, Riparo de Maria de Medeiros o Una habitación en Roma de Julio Medem pero tamizados por una capa de frialdad, desapego y dolor que apenas encontramos en éstas.

Hay poco del universo de Marta Balletbó Coll en esta relación donde los protagonistas nunca se aman del todo, no se entregan más que a medias a sus personajes al igual que la directora no parece amar demasiado a estas dos mujeres en apuros sentimentales, laborales y familiares que ven el cielo y, sobre todo, “el infierno” en la personalidad subyugante de “la otra”.

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