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El secreto de la invención

Daniel Tubau

Cómo saber todo sin saber nada

danieltubau@gmail.com

La semana pasada hablé de las estadísticas de un solo caso, que nos llevan a establecer conclusiones a partir de un número extremadamente bajo de observaciones. Se podría pensar que ese número extremadamente bajo es uno, pero en realidad no es uno, sino cero.

La mayoría de las veces no establecemos conclusiones estadísticas a partir de lo que hemos observado acerca de los franceses o los malayos, o de lo que hace nuestro nuevo jefe en el primer día de trabajo, o acerca del gusto de una mujer por la ropa interior roja tras nuestra primera cita con ella, sino que ni siquiera necesitamos observar un caso o dos: ya sabemos cómo es nuestro nuevo jefe, cómo son los franceses, los malayos o qué ropa íntima le gusta llevar a esa mujer que luce un lazo rojo en el pelo. Lo sabemos sin ni siquiera haber conocido a un francés o a un malayo, sin haber llegado a ver a nuestro nuevo jefe y sin habernos ido a la cama con esa mujer del lazo rojo.


Un malayo típico

En efecto, muchas veces saltamos directamente a las conclusiones estadísticas sin observar ni siquiera un caso. ¿Cómo es posible? La respuesta es que contamos con la ayuda inestimable de nuestros prejuicios. Si somos españoles, pensaremos de los franceses más o menos lo mismo que piensa cualquier español comme il faut; de los malayos, a falta de mejor información, pensaremos algo que tenga que ver con Sandokán, el tigre de Mompracem, o con el actor indio que interpretó a Sandokán (Kabir Bedi) o con cualquier malayo que nos venga a la cabeza.


Mujer con lazo rojo

En cuanto a las mujeres desconocidas que llevan lazos rojos en el pelo, es probable que el lector o lectora haya imaginado que existe una relación entre los lazos rojos y la ropa íntima roja, simplemente porque he mencionado los dos términos de la comparación. También es probable que haya pensado que yo mismo establecí alguna vez esa relación entre los lazos y la ropa íntima, pero no es así: se trata, en todos los casos, franceses y malayos, nuevos jefes y mujeres con lazos rojos en el pelo, de estadísticas elaboradas a partir de… ningún caso.

Sí, ya sé que es probable que tanto los lectores como yo conozcamos a más de un francés, quizá a decenas de ellos, y que, en consecuencia, nuestras conclusiones puedan establecerse a partir de una muestra estadística más fiable. Sin embargo, aunque no desconfío de ti en particular, querido lector, sí me atrevo a pensar que un alto porcentaje de los otros lectores no han modificado sus primeras conclusiones estadísticas acerca de los franceses, a pesar de que hayan conocido a decenas de franceses a lo largo de su vida: probablemente piensan casi lo mismo que pensaban cuando conocieron a su primer francés… o cuando no conocían a ninguno.


Alfred Adler

Son pocos los que logran deshacerse de sus primeras generalizaciones acerca de los demás (franceses, malayos, nuevos jefes, mujeres con lazos rojos), porque las observaciones posteriores suelen estar condicionadas, y a veces determinadas de manera absoluta, por la ley o conclusión establecida tras las primeras observaciones. El filósofo Karl Popper contaba un caso que le sucedió en su adolescencia, cuando era alumno de Alfred Adler, uno de los muchos discípulos heréticos de Freud. Tras examinar a un paciente, Popper se atrevió a decirle al doctor Adler que le parecía que el caso no se ajustaba a la teoría. Su maestro negó la interpretación de Popper y, ante las protestas del joven discípulo, afirmó con voz tajante que podía asegurarle que el caso se ajustaba a sus teorías, tanto como lo hacían los otros mil casos anteriores que ya la habían confirmado. Popper todavía tuvo la entereza de replicar: “Supongo que ahora serán mil y un casos confirmatorios, doctor Adler”.


H.P. Lovecraft

Un ejemplo de alguien que supo rectificar sus teorías iniciales, supuestamente basadas en la observación, es el del escritor de terror H.P. Lovecraft, quien siempre había detestado a los judíos: “Hay que esconderlos o eliminarlos, lo que sea para que el hombre blanco pueda transitar por la calle sin escalofríos ni asco.” Un día, Lovecraft conoció a un judío muy inteligente y cambió de opinión. Eso le permitió librarse de muchos otros prejuicios, de muchas de las estadísticas de un solo caso, o de ningún caso, que habían alimentado su vida, pues, a pesar de que estaba casado con una mujer medio judía:

Comparaba su concepto acerca de los "judíos" con los judíos que menos le gustaban. O con personas que no le gustaban y que, a lo mejor, ni siquiera eran judíos, porque cuando uno tiene un buen prejuicio, los hechos ya no tienen ninguna importancia. (Citado en Nada es lo que es.)

Lovecraft tuvo el valor de enfrentarse a sus propios prejuicios y comprendió con gran claridad que muchas de sus ideas no tenían nada que ver con la observación de la realidad:

En el transcurso de los años, mi progreso en conocimientos y discernimiento fue incompleto y desproporcionado, aceptando las ilusiones y prejuicios tradicionales de mi entorno (social, política y económicamente conservador). Así que puedo entender mejor la ceguera inerte y la desafiante ignorancia de los reaccionarios por haber sido uno de ellos.

Como es obvio, muy pocos son capaces, como Lovecraft, de darse cuenta de que han aceptado de manera acrítica los prejuicios de su entorno, y prefieren considerar que lo que hacen es observar la realidad para alcanzar sensatas conclusiones basadas en estadísticas fiables. Ni siquiera se les ocurre pensar que sus estadísticas se basan en un solo caso… o en ninguno.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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