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Viajar al óleo

Armando Cerra

Un río, un cuadro y un vino

El río Garona nace en Aragón. De las nieves del Aneto se deslizan torrentes de agua hasta la cascada de Aigualluts y de pronto desaparecen. Se sumergen en las entrañas kársticas del Pirineo y cuatro kilómetros después surgen a la superficie en el valle catalán de Arán. Desde ahí, el río elige seguir camino de Francia, donde se convertirá en mujer, la Garonne, y durante centenares de kilómetros atraviesa gran parte del sur galo, regando ciudades como Toulouse, Agen o Marmande, para finalmente llegar al océano, donde el arroyo pirenaico se ha transformado en un estuario que alcanza los 10 kilómetros de anchura en su fusión con el Atlántico.


"Cascada de Aigualluts", de Mónica Grimal

Pero aguas arriba, el Garona ha atravesado Burdeos. Donde agua y vino se unen y se dan la mano. El vino de sus afamadas viñas y el río que transporta los caldos hasta el puerto que los conducirá a cualquier rincón del planeta. Precisamente ese puerto es el que pintó Manet en el año 1871.


"El Puerto de Burdeos", de Manet

Edouard Manet se refugió una temporada en la zona de Burdeos, huyendo de un París acosado por los prusianos que estaban en guerra contra la Francia de Napoleón III. Curiosamente, alejado de la capital y de sus amigos, los pintores impresionistas, realizó uno de sus óleos más impresionista, porque Manet nunca fue seguidor a ultranza de ese estilo, aunque sí simpatizante de sus formas y sus artífices.


Estando en uno de los cafés de la orilla izquierda del Garona, en el Quai de Chartrons, en plena curva del meandro que aún hoy hace el río, disponía de una bella vista del puerto de Burdeos. Así que allí plantaría su caballete, sacaría sus pinceles y se afanó en dejarnos una instantánea del lugar, inmortalizando a los estibadores transportando barricas de bordeaux y a los marineros recibiendo el preciado líquido en sus embarcaciones.

Pero sobre todo pintó un denso mar de mástiles que impiden ver el Burdeos más monumental y antiguo, cuya belleza y estado de conservación le hace merecedor de ser Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO. Únicamente se reconocen a lo lejos, casi abocetadas, las dos torres góticas de la Catedral, pero el apiñamiento de los veleros nos impide ver el Palacio de la Bolsa, las antiguas aduanas o el largo puente de Saint Pierre, que con sus 500 metros de ancho salva las dimensiones del río para unir ambas orillas de la ciudad.

Sin duda, Manet gozaría mientras contemplaba la ciudad a lo lejos, y a los barcos frente a él. Y por supuesto, lo haría al mismo tiempo que cataba algún que otro vino de la zona. Aun siendo Manet un auténtico dandy de su época, tal vez no le sirvieran en aquella tasca portuaria ninguno con las carísimas etiquetas actuales, sino un vino a granel, popular y más económico, de los que hoy también se pueden disfrutar sin esnobismo en Burdeos.

Visita la web del autor:
www.maletadevuelta.blogspot.com




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