Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Dans la maison


No es la película más redonda de François Ozon pero sí un incisivo resumen de algunas de sus más queridas obsesiones y una mirada nostálgica a sus propios orígenes como realizador que escandalizó a un sector de la sociedad francesa de finales de los ochenta.

De nuevo el autor de Sitcom o El refugio hurga en las tripas de la “familia” francesa del nuevo siglo a la vez que privilegia la mirada de personajes aparentemente marginales en un relato que aunque aquí denota su origen teatral aunque  muestra que ya de posee de sobra los recursos fílmicos suficientes para combinar la literatura y el cine, el diálogo  y la imagen con indudable  maestría.

Un juego de cajas chinas en el  que, como siempre en el director parisino, no elude los aspectos más oscuros de un relato que juega con la mezcla entre la realidad y la ficción, la literatura y la vida a la vez que otra parodia sobre la sociedad francesa y la enorme distancia entre lo que realmente  es y la imagen que quiere proyectar de sí misma.

No obstante, Ozon parece, con todo, demasiado refinado para que su relato dentro del relato, para que su historia de una familia contada a través de los ojos y la pluma afilada de un adolescente acabe de convencernos del todo,  optando finalmente por el humor caustico y por despojar a su historia de esa gravedad de la que se va empañando. Así, Kristin Scott Thomas se me antoja algo perdida en su papel de galerista frívola y desencantada al igual que el encanto de Dans la maison se desvanece un poco cuando el realizador hace aparecer a sus personajes a destiempo restando misterio y vitriolo a su cuento negro sobre un alumno aventajado y un profesor amargado. Inesperadamente, Ozon pasa de puntillas sobre algunos de los agujeros más negros de su propia sátira y aunque los señala sustituye el encanto y la ambigüedad por un exceso de palabrería. 

El problema es que el creador  de La piscina —para bien o para mal— no es  Woody Allen y, aunque no descuida los aspectos formales de su puesta en escena, tiende a una simplicidad paródica que no veníamos en las imágenes cautivadoras de Bajo la arena o Mi refugio optando por un huis clos mucho más avanzado que la deliciosa afectación de  Ocho mujeres o Gotas de agua sobre piedras calientes pero, finalmente, por debajo de lo que podemos esperar de un retratista despiadado del ser humano y de las relaciones de pareja que aquí parece algo domesticado por el éxito.

Hogar, dulce hogar




Archivo histórico