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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Mi padre es mujer de la limpieza


No voy a reprocharle a Saphia Azzeddine su, al parecer irrevocable, decisión de meter los dedos y hurgar en las heridas de la carne de la sociedad actual en cada una de sus novelas. Y menos cuando me atrapa y divierte.

Ya lo hizo en la primera, Confesiones a Alá, con la historia de la pastora marroquí convertida en prostituta de lujo y redimida como tercera esposa de un iman.

En la segunda, que es de la que me ocupo, Mi padre es mujer de la limpieza (Demipage), traslada el escenario a la periferia de París, un barrio donde conviven marroquíes, negros de diversa procedencia, judíos y blancos pobres. A esta última categoría —desclasados entre los desclasados— pertenece el adolescente Paul, al que todos llaman Polo. No lo tiene fácil en la vida: su padre un obrero sin cualificar que sobrevive gracias al trabajo en una empresa que limpia oficinas y otros establecimientos; su madre, empotrada en una silla de ruedas , vegeta en la casa enganchada a los realitys, y su hermana mayor no sueña más que con ganar concursos de misses locales y regionales.

A Polo le gustaría tener una familia “normal” como la de sus amigos árabes o judíos, donde encontrarse a gusto y pertenecer a una comunidad, porque eso, piensa, le haría la vida más fácil. Pero tiene que contentarse con lo que tiene.

Eso sí, aunque se avergüence del trabajo de su padre, ha puesto en él todo su cariño y muchas noches se pasa por donde está trabajando a echarle una mano.

En este decorado sombrío solo la educación puede salvar a Polo y él se esfuerza devorando libros y diccionarios para poder alcanzar un nivel cultural que le permita salir del confinamiento del barrio.

En breve, es la historia de una emancipación personal que termina en una pirueta un tanto cruel marca de la autora.

Narrada sin aspavientos, con grandes dosis de sarcasmo e irreverencia para todas las religiones, el humor de Azzeddine suaviza las aristas del conflicto, haciendo hincapié en que la cultura es lo único que puede sacarnos del agujero de la marginación. A través de los ojos de este adolescente gris y melancólico, repasamos la forma de vida de la periferia parisina, los problemas de la inmigración y la integración de diversas culturas en un mismo ámbito. Su devenir personal, sus tribulaciones cotidianas, el primer amor, la primera decepción, su despertar al sexo a través de una mujer madura, sirven como puntos de referencia para apuntalar este cuento triste narrado con extremo humor y conmovedora compresión hacia su protagonista y su entorno.




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