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Los viajes

de Sara Gutiérrez

En el Parque del Lago Nakuru

  OTROS DESTINOS

Arrancamos el día con una imagen bien distinta de las que pueblan el imaginario occidental de África: cuando, a eso de las siete de la mañana, partíamos hacia el Parque Nacional del Lago Nakuru, en una pista adyacente a nuestro hotel-campamento, entrenaban un caballo y su jinete.



Naivasha apenas se desperezaba, barriendo delanteras de peluquerías y bares, y colocando mercancías en las vitrinas de sus comercios cuando atravesamos sus calles. De todo cuanto vi, me llamó sobremanera la atención el pequeño hospital flanqueado por un hotel (una estructura, hospital+hotel, que vería después en otras ciudades keniatas) y me llamó la atención por dos cosas: por las precarias características del hospital (no creo que el interior aventajara a la fachada) y por la materialización de una idea estupenda que es facilitar alojamiento a los acompañantes de los enfermos y, llegado el caso, a los profesionales (yo misma viví gustosa en el hotel de un recinto hospitalario cuando trabajaba en el MICOF de Moscú). En las calles de Naivasha estaban la idea y su intendión de materializarla, otra cosa es el volumen de recursos disponible para ello.

En las afueras de la ciudad, pequeños y grandes caminaban o pedaleaban hacia escuelas y granjas. A medida que avanzábamos, en la carretera, de buen trazo y asfalto, coches, furgonetas y camiones se iban sumando a una apacible caravana. De haber ido en nuestro coche, posiblemente me habría parado en algún puesto de cebollas o café; pero instalada en el camión, me conformé con, pelos al viento, observar y fotografiar.


Tras una entretenida espera a la entrada de Nakuru, donde paramos para hacer acopio de picoteo y bebidas, nos abrimos camino entre el bullicio de la que es la tercera ciudad en importancia del país.


A las puertas del Parque nos esperaba un camión idéntico al nuestro pero con matrícula de Kenia, el nuestro la llevaba de Tanzania, porque día sí y día no ponían dificultades a los vehículos de matrícula tanzana. Un enfrentamiento burocrático que volveríamos a vivirlo en la frontera entre los dos países, mientras por todas partes ambos se proclaman con alegría parte de East Africa, junto con Uganda.

Tres cuartos de hora de gestiones más tarde, pasamos en nuestro camión tanzano.

La proximidad a la ciudad obligó a vallar el Parque (62 km2), que fse convirtió en los años 60 en área de crianza de rinocerontes. De hecho, fue el único lugar donde los vimos, a última hora de la tarde.


Si nuestra mentalidad vaquera, forjada ante la tele las tardes de sábado de esos mismos años 60, nos hubiera instado a poner muescas en la cámara por cada uno de los Big Five que viéramos, habríamos salido de Nakuru con tres (no está mal, ¿eh?, 3 de 5 en un solo día):

1. A los rinocerontes ya os los he presentado, pero os pondré una foto más, esta de familia.


2. Tampoco volveríamos a ver búfalos, que en Nakuru se contaban por decenas (tal vez cientos).


3. Intuimos una leona. Después de verlas, solas y en pareja, en Masai Mara y en Serengueti, aquella sigilosa leona velada por la hierba a duras penas se mantiene en el álbum de fotos.  


Pero si de poner muescas se tratara, la más grande se la habría puesto yo a las jirafas… ¡qué tías! Ya me gustaban, ya. Más desde que una preciosa dibujada por mi madre me salvara las notas en no recuerdo qué curso de primaria. Pero nunca ninguna me había mirado así: parada, silenciosa, rigurosa, pestañeando.

En Nakuru, las jirafas nos dejaron sin respiración.

De una en una, cruzaron el camino por el que ya habíamos pasado, parándose en medio para contemplarnos (con la misma atención con que nosotras las contemplábamos a ellas) y satisfecha su reposada curiosidad con su elegante y lento contoneo (su secretillo para lograrlo: al avanzar, mueven a la vez las patas del mismo lado).

Máquinas de fotos, cámaras de vídeo, prismáticos, gafas, ojos hipermétropes… con todo el arsenal óptico y desde todos los ángulos que me fue posible, admiré a ese animal que, según cuentan por allí algunos guías, inspiró en parte el Parque Jurásico de Spielberg. El movimiento, el color (animado por el de sus pájaros residentes), el estampado (nada que ver las manchas de unas con las de otras), las larguísimas pestañas… seguiría allí, contemplándolas, si no hubiera tenido un programa que cumplir.

En entregas anteriores, comenté que lo que más me había sorprendido de la fauna africana había sido la variedad de aves. Bien, pues en ese sentido, el Lago Nakuru es uno de los escenarios más ricos que visitamos, no en vano habilitar una reserva de aves fue el motor que puso en marcha la constitución del parque.

A sus orillas, entre otros, lucen palmito los flamencos, pescan con la cuchara que tienen por pico las espátulas y secan sus plumas los marabúes.


Siendo en número los amos del lugar los impalas, no faltaron cebras ni babuinos que salieran a nuestro encuentro.

 


Hablando de babuinos, antes de entrar en el Parque nos advirtieron de que eran unos arrampladores de mucho cuidado y, cuando paramos a comer, tuve la ocasión de comprobarlo: en un santiamén, le birlaron un plátano a medio pelar a uno de los escolares con los que habíamos venido coincidiendo en todas las paradas del safari, y de los que nos habíamos hecho amigos en el Mirador.



Se me ocurrió dejarle mis prismáticos a una niña para darme cuenta al segundo de que difícilmente conseguiría graduarle mi antigualla para que viera nada; pero antes de que la chiquilla pudiera frustrarse por el intento fallido de alargar la vista, mis compañeros salieron al rescate con modernísimos binoculares que hicieron las delicias de chicos y grandes, las maestras también se sumaron a la fiesta que terminó con fotos varias e intercambio de e-mails.


Nuestros compañeros Kananguianos inmortalizándose en la Catarata del Parque Nakuru

Hoy no solo hay fotos (más de Eva Orúe que mías), hay hasta un vídeo (también nuestro).

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