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Errata

Evaristo Aguirre

Menos lobos


De entrada, tenía buena pinta el libro tal y como lo explicaba el autor de la reseña del suplemento cultural: un escritor noruego que ha tomado su vida como asunto literario y la está contando con una notable crudeza y, al parecer, buen pulso. Y sus paisanos andan respondiendo muy bien a la propuesta. Y el primer tomo, de seis, se traduce ahora al español.

Lo compras. Y lo haces a pesar de haberle echado un ojo a la solapa del libro, uno de los textos de este género más tontos que has leído nunca: “proyecto literario sin igual”; “una gran proeza literaria”; “fascinante experimento literario”; “ambiciosísima gesta literaria”.

Y todo esto en ese breve espacio al que normalmente acudes para que te informen sobre el autor, en especial si es un desconocido por estos lares y tampoco es un tipo con una obra extensísima; un espacio en el que no es raro encontrarse con pequeñas joyitas, a veces un tanto irónicas incluso, que sospechas salidas del puño del propio autor, algunas, o de un editor muy comprometido con ese producto, o de alguien que sabe que no hay que empeñarse en vendar (mal) en cada centímetro cuadrado de la cubierta de un libro.

No sé a ustedes, pero a mí cuando hay tanto ditirambo me huele mal, de entrada. De pequeño, ante alguna exageración, me decían una expresión que me gusta: “Menos lobos, Caperucita”.

Y claro, el libro de Karl Ove Knausgård (noruego de 1968), La muerte del padre (traducido por Kirsti Baggethum y Asunción Lorenzo), publicado por Anagrama, no es todo eso que decía la solapa. No es una gran proeza, ni es un proyecto sin igual; no es fascinante, aunque tiene interés, y es igual de ambiciosa que cualquier otra propuesta narrativa pensada y elaborada con honradez y sin intención de dar gato por liebre, como es el caso.

En este primer libro de los seis que Knausgård ha escrito dentro de este proyecto, el asunto es la relación con un padre peculiar (sí, ya sé que todos los padres son peculiares, pero hay algunos, como este, que rizan un poco más el rizo), sin ocultar en ningún momento, antes al contrario, remarcándolo, que el hijo (y autor y narrador) es también un personaje con muchos rincones del alma bastante oscuros.

Una adolescencia ochentera allí por el norte (no tan diferente de las de por aquí, meridionales), una familia poco cohesionada, una pulsión literaria y un padre de cuya sombra no es fácil escapar. Si algo destacable tiene esta obra es que sabes que todo es verdad, no en el sentido de que los hechos, las conversaciones o las personas respondan fielmente a la realidad, sino que es verdad porque Karl Ove lo cuenta con una franqueza y una impudicia (en el buen sentido) que te conmueven. Quizá se le va la mano, por excesivas y largas, en las descripciones de cuestiones menores, cotidianas y accesorias, creo yo, al asunto central; quizá se ha dejado en el tintero algunos otros episodios que nos hubieran ayudado a entender mejor las disfunciones de la relación con el padre.


La primera de las dos partes que componen La muerte del padre se me ha hecho pesada, a pesar de que por edad y por aficiones y por alguna cosilla más, me estaba resultando fácil identificarme con el protagonista y con sus cuitas; o puede que precisamente por eso, no sé. Es malo cuando leyendo llegas a pensar ¿y a mí qué me importa esto que me dices? Pero en la segunda parte, cuando Knausgård se enfrenta, ya treintañero a esa muerte del título, aunque esas prolijas descripciones no se rinden, el texto adquiere una fuerza de la que carecía y se hace sólido y gana en interés.

No sé si voy a leer las siguientes entregas…

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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