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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Normas de cortesía


Esta tardía primera novela de Amor Towles —un director de inversiones de la Gran Manzana nacido en Boston en 1964 y licenciado en Yale— demuestra dos cosas: la primera, su enorme fascinación por la ciudad que habita, Nueva York, y una época, los treinta del pasado siglo, que recrea con primor casi de miniaturista; y la segunda, su sólida cultura literaria que abarca toda la panorámica literaria americana de autores que van de Edith Wharton, Henry James, Scott Fizgerald, a Dorothy Parker o Truman Capote. De todos ellos hay ecos amplificados en las páginas de Normas de cortesía (Salamandra), como los hay también, de aquellas comedias sexuales (sin sexo) de la alta sociedad neoyorkina que bordaron en la pantalla cineastas como Gregory La Cava, George Cukor o Howard Hakws.

Con estos buenos anclajes como punto de referencia, Towles utiliza un flashback glamuroso y pleno de estilo, que a partir de una exposición de fotos en el MoMA, y de la mano de Katey Kontent, la protagonista, nos lleva tres décadas atrás. a una Nochevieja del año 1937, en la que ella y su compañera de habitación, ambas secretarias, conocen en un bar de copas al estiloso y seductor banquero Tinker Gray.

Tiempos en blanco y negro que el autor recrea en vívidos colores para narrar la aventura ascendente de estas mujeres que de la mano del millonario aterrizan en pleno centro de la High Life neoyorkina de la que deben aprender esas famosas “normas de cortesía” que dirigían, y siguen haciéndolo desde principios de siglo pasado, todo el delicado entramado de relaciones sociales, sexuales, parentales, y económicas de los tocados por la fortuna.

Pero, además de esta labor casi de arqueología social de un tiempo convulso que retrata con minuciosidad y elegancia heredada de sus maestros, el gran acierto de Towles radica, sin ninguna duda, en la forma sutil y transversal en que nos va mostrando, el deslumbramiento primero, y más tarde la progresiva decepción de la protagonista ante este universo de papel couché, y el íntimo descubrimiento de que la verdad está en su interior y no en el lujo del escenario que la rodea.

Dialogada con esmero y con personajes creíbles y bien definidos, la aventura social y sentimental de la protagonista se mueve en las aguas turbias y decadentes de una sociedad a la que no pertenece, en la que nunca rebasa su línea de flotación.

Tal vez la segunda parte de la novela adolezca de un exceso de personajes y escenas secundarias, un legítimo material de relleno que a mi particularmente no me molesta, todo lo contario, porque demuestra bien a las claras qué excelente narrador es Towles y con qué mimo recrea los ambientes y los escenarios donde Kate vive su inmersión social adaptándose sin estridencias a sus formulaciones y etiquetas.

Normas de cortesía —con un apéndice  añadido donde se compilan 110 normas de cortesía dictadas por un caballero del siglo XIX para poder moverse en sociedad— se convierte así en una deliciosa y lograda continuación de una larga tradición en la novela americana.




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