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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

DeLillo en “corto”


Recientemente ─y una vez más─ descabalgado del Nobel, en esta ocasión, por un chino de la China, Don DeLillo, creador de un corpus literario considerado como una especie de Biblia Atea de nuestros tiempos, anda también por nuestras pantallas con la inquietante Cosmópolis, adaptación hecha por él mismo de su novela del mismo título, y dirigida por ese paladín de las adaptaciones imposibles llamado David Cronemberg.

A esta coincidencia se añade un tercer factor, la publicación del hasta ahora su único libro de relatos ─suena casi a anatema pensar en “corto” en la producción delilliana─ por la editorial Seix Barral con el título de El ángel Esmeralda.

Las nueve piezas que componen este todo fragmentado, escritas y publicadas por separado en el New Yorker  y otras revistas literarias durante su dilatada carrera de escritor, son la muestra evidente de su maestría literaria y su inconfundible y apocalíptico estilo siempre aderezado con unas notas de humor, marca de la casa, que parecía haberse diluido en sus últimas novelas y que aquí volvemos a reencontrar.

Ha sido voluntad del autor ─¿y quién con mejores méritos para hacerlo que él mismo?─ la de realizar la compilación de estos relatos y disponer su orden para lograr que, a pesar de su fragmentación, terminen pareciendo, cuando acabas la última línea del libro, un todo indisoluble. Historias de monjas redentoras en el Bronx que acaban con una aparición… Un turista en el Caribe víctima de overbooking cuya aventura vacacional parece presagiar un fin de los tiempos, un par de astronautas orbitando en torno a nuestro planeta, varados en el espacio a causa del desencadenamiento de la tercera guerra mundial que sueñan con California mientras observan tormentas perfectas, una profesora inglesa aterrorizada durante los terremotos en Grecia de 1981, un corredor que descubre un crimen mientras realiza su ejercicio diario, un grupo de presos acusados de delitos fiscales que se enteran del colapso mundial financiero a través de dos niñas médium, etcétera hasta un total de nueve muestras magistrales del pulso y la caligrafía delilliana.

Textos demoledores por su despego y también por la perfección en su ejecución. Textos de riesgo, también. Y en esto ha sido muy astuto DeLillo, porque todos ellos dan la impresión de haber sido retocados cuidadosa y amorosamente para que no suenen demasiado a él mismo.

Sin embargo sería difícil no encontrar su voz única, a veces insondable pero nunca caprichosa, en el retrato de todos sus personajes y que presentan los rasgos definitorios de su obra: su habilidad para encontrar la grieta por donde colar otra realidad situada bajo lo cotidiano y su cuidado estilístico, casi obsesivo. Realmente hay pocos autores en la actualidad capaces de lograr una maestría tal en el manejo y precisión de su escritura.




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