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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Espejo ¿de lo que somos?


Blancanieves es un singular aunque parcialmente fallido experimento a cargo del hasta la fecha poco glorioso Paco Berger. Estamos ante una buena película aunque algo autocomplaciente y pagada de sí misma, como ya ocurría, de otra manera, en The Artist, filme con el que desgraciadamente —pues poco tienen que ver— va a ser inevitablemente comparada.

Hábil trasposición del cuento de los hermanos Grimm a la España de principios de siglo y, concretamente, al mundo del toreo, los cortijos y los caminos rurales, Blancanieves bebe, en parte, del cine mudo español (y no español) y de fuentes de la cultura popular como el melodrama gótico, la comedia negra, la saga familiar y la sátira de costumbres. Demasiado tentada por el tremendismo y el maniqueísmo del original, y sutilmente trucada en sus efectos visuales, la película de Berger es ante todo un pasatiempo estético ya que poca moraleja o tela que cortar hay en su argumento si no es la historia de una venganza y una autosuperación, de un ajuste de cuentas con el pasado y la definición –histriónica, a ratos deliciosa o delirante– de una serie de personajes de la “España profunda”.

Maravillosa la fotografía en blanco y negro de Kiko de la Rica y la solidez expositiva en algunas secuencias —frente a otras que acaban resultando algo monótonas—, la habilidad del montaje y la construcción de la historia, así como estupenda es la actuación de Maribel Verdú —superando el indudable esfuerzo de Macarena García— como esa madrastra malvada hasta la extenuación, arribista y fascinada por el papel cuché y la popularidad que hacen las veces del “Espejito, espejito…”.

Recluida en un cortijo, la pequeña Blancanieves (excepcional Sofía Oria) huye del fantasma de la muerte, pero la alegría que encuentra en el pueblo con su abuela se ve sustituida por la esclavitud y la humillación cuando pasa a formar parte de la servidumbre de ese Manderley resucitado que resulta ser la fortaleza donde la perversa madrastra ha recluido a su padre, un torero lisiado.

Lo mejor de Blancanieves está, pues, en el esfuerzo de las actrices (sin olvidar a Daniel Giménez Cacho), en la cuidadosa fotografía en blanco y negro y en el uso de la elipsis para hacer avanzar con cierta agilidad un relato que va tornándose cada vez más oscuro, con referencias a Buñuel, el cine mudo alemán y a ese sustrato de crueldad que encontramos en muchos de los clásicos infantiles convertido aquí en un festín de morbo y necrofilia.

Negra e irregular, fascinante y algo tramposa a partes iguales la original apuesta de Berger por llevar la célebre historia a un mundo inquietante, poblado de sombras, trajes de luces o de bailarina y donde la alegría viene del flamenco y la fiesta, lo que no deja de dar una imagen algo estereotipada de nuestro país.

En definitiva relato infantil convertido en melodrama para adultos con elementos, de entrada algo chirriantes, como los enanitos toreros, que la habilidad del director salva al  narrar su historia sin complejos, sin temor a rozar el ridículo ni a caer en el tópico y el exceso.

¿Un bocadito?




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