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El secreto de la invención

Daniel Tubau

El asco como categoría moral

danieltubau@gmail.com

Los expertos no se ponen de acuerdo en si nuestro cerebro funciona, desde el punto de vista psicológico, racional y emocional, mediante dos hemisferios o mediante diversos módulos.

La teoría psicológica del hemisferio derecho enfrentado al izquierdo ha sido muy matizada por los científicos en los últimos lustros, tras el entusiasmo inicial, que provocó un montón de teorías simplistas que lo explicaban todo, reduciendo nuestra vida mental a un contraste o balance entre esos dos hemisferios, uno creativo y otro racional, uno emotivo y otro intelectivo.


Representación popular de los dos hemisferios

En actualidad los neurólogos, los neurobiólogos evolucionistas y los neuropsicólogos están haciendo interesantísimos descubrimientos acerca de cómo funciona nuestro cerebro cuando pensamos y cuando sentimos, y estoy seguro de que en los próximos años nos esperan fascinantes descubrimientos.

A la espera de aclaraciones acerca de hemisferios o módulos cerebrales, podemos admitir que existe una cierta diferencia entre emoción y razón, pero también una indudable conexión entre ambas cosas, como mostró hace años el portugués Antonio Damasio en su fascinante libro El error de Descartes, o como propone Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, al distinguir entre Sistema 1 (más instintivo) y Sistema 2 (más analítico), pero aclarando que son dos maneras de pensar que no tienen por qué corresponderse con partes concretas del cerebro.

Así que, en mi opinión, esa dicotomía entre razón y emoción es falsa. Ya he dicho en más de una ocasión que quienes hablan constantemente del “corazón” como guía de la conducta acaban mostrándose extraordinariamente intelectualistas, y que una de las más interesantes paradojas del pensamiento mágico y espiritual es su exagerado materialismo (Cuando el mundo espiritual nos habla).

Del mismo modo, muchos de los que recomiendan guiarse por la razón desencarnada, a fin de cuentas se dejan llevar por sus emociones tanto como los otros. Emociones que a menudo son muy mediocres, como las que hacen que alguien sea insensible a la muerte y el sufrimiento ajeno, o que incluso disfrute con ello. Los ejemplos son evidentes: Hitler, Lenin, Mao, Stalin… todos ellos muy científicos y razonadores en la construcción de sus crímenes. Excepto quizá en el caso extremo de los psicópatas, la razón fría y calculadora es un tipo de emoción. En la mayoría de las situaciones,  ni la razón trabaja sin emoción ni la emoción trabaja sin razones.

Una vez establecido esto, vale la pena llamar la atención acerca del hecho de que demasiado a menudo superponemos nuestras emociones a cualquier posible razonamiento. Hace tiempo leí que en una universidad de Estados Unidos habían comprobado que los votantes convencidos de una ideología eran literalmente incapaces de escuchar cualquier razonamiento de sus rivales. Las pruebas se hicieron con personas que preferían a John Kerry (candidato demócrata a la presidencia del gobierno) y otros que preferían a George W. Bush (presidente en dos elecciones sucesivas). No es que a los votantes de Kerry les desagradasen las opiniones de Bush, sino que, antes incluso de oírlas y ver su rostro, en su cerebro se activaba una zona que tiene relación con sentimientos de rechazo, como el odio, el asco y el miedo. Lo mismo sucedía entre los votantes de Bush cuando veían a Kerry. Sin embargo, cuando una persona veía a su candidato, se activaba un área cerebral relacionada con el razonamiento: ahora sí estaba dispuesto a reflexionar acerca de lo que escuchara. Lo expliqué con más detalle en La ciencia confirma el pensamiento no alternante, así que aquí sólo citaré una conclusión evidente:

Si a alguien la mera visión de un político le causa irritación, sarpullidos, alergia o ira incontenible, sus opiniones acerca de cualquier cosa que diga ese político no resultarán muy fiables.


Kerry y Bush. Lo más probable, querido lector, es que, sin poder evitarlo, sientas un desagrado instintivo nada más ver a uno de los dos.

Simon Blackburn analiza en Ruling Pasions de qué manera una cuestión de gusto como puede ser el asco se convierte fácilmente en una categoría moral e ideológica: un enólogo puede sentir un cierto desprecio hacia quienes no son capaces de apreciar la diferencia entre un vino delicioso y un vino vulgar y no es raro que considere de manera instintiva que no se trata sólo de una cuestión de gusto, sino también de una cierta deficiencia personal, como si esa persona fuera incompleta en algún sentido que va más allá de la mera cultura acerca del vino.


Luis García Severiano, enólogo

Cuando en las calles de París se enfrentaban a puñetazos los wagnerianos y los antiwagnerianos, como muestra Villiers de l’Isle Adam en El asesino de cisnes, no se trataba sólo de dirimir cuestiones puramente musicales, sino también ideológicas y morales. Odiar o amar a Wagner significaba muchas más cosas que lo meramente musical, algo que podría estar más o menos justificado hoy en día (por la actitud de los herederos de Wagner y por el uso que se hizo de su música durante el nazismo), pero que en el París del siglo XIX no tenía demasiado sentido. En la música, en la pintura, en la gastronomía, en el cine y en muchos otros terrenos es frecuente añadir a las cuestiones de gusto connotaciones que unen, por ejemplo, el sentimiento de asco con la opinión política, como hemos visto en el caso de los votantes de Bush y Kerry.

El tema es complejo e interesante, pero empezaré con algo sencillo. Las clases privilegiadas de la sociedad tradicionalmente han sentido algo casi idéntico al asco cuando se relacionaban con los pobres o simplemente con los trabajadores. Los aristócratas sentían asco al relacionarse con burgueses; los gentiles al tratar con los judíos, los payos al relacionarse con los gitanos. No se trata tan sólo de opiniones acerca de personas diferentes, sino de una especie de rechazo instintivo que se acerca al disgusto que podemos sentir hacia una comida que nos da asco o hacia un lugar sucio y pringoso. Voy a poner un ejemplo llamativo, inmortalizado por Edgar Morin y Jean Rouch en 1961, en su película Crónica de un verano, que creó o popularizó el género del cinema verité, no en vano su segundo título era: “Una experiencia de cinema verité” (“cine verdad”).


En el cinema verité se persigue mostrar la realidad de una manera diferente a como lo hacen las diversas corrientes realistas: no se intenta mostrar la realidad tal cual es, como lo haría, por ejemplo una cámara oculta, sino que se hace evidente la presencia de la cámara. Los protagonistas saben que están siendo grabados, por lo que sus reacciones no pueden ser por completo espontáneas. Sin embargo, esas reacciones son también una realidad: la de personas que saben que están siendo grabadas (el lector ya habrá caído en la cuenta de que la actualización del cinema verité son programas televisivos como Gran Hermano o Supervivientes).


En este fragmento de Crónica de un verano asistimos a una conversación más espontánea que otras de la película, porque las personas que están allí se disponen a hablar acerca de la situación política en África, pero antes de comenzar tienen una charla distendida y quizá hasta olvidan que allí está la cámara. La protagonista de este fragmento es una mujer francesa, que no es aristócrata, sino burguesa; que no es conservadora, sino muy progresista; que no es racista… o al menos eso asegura ella.

[La conversación a la que me refiero comienza en el minuto 9.05 y dura hasta el minuto 10.30]

Es evidente que la mujer que no siente atracción sexual y que tampoco se casaría con un negro no se consideraba racista y que tampoco admitiría calificar como “asco” lo que sentía al pensar en tener relaciones sexuales con un negro. Sin embargo, visto hoy en día, se me ocurren pocas maneras de describir su actitud que no incluyan las palabras “racismo” o “asco”.

La anterior es una primera aproximación a un asunto que quiero tratar en las próximas semanas: la manera en la que interiorizamos nuestro rechazo hacia aquello con lo que no estamos familiarizados en forma de reacciones viscerales como el asco o el miedo. Y, además, la facilidad para asociar esas reacciones viscerales con opiniones que creemos objetivas y desprejuiciadas.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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