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Viajar al óleo

Armando Cerra

El ingenioso ilustrador don Gustave Doré

No es la primera vez (ni será la última) que para llevar la contraria al título de esta sección, no la protagoniza un óleo. Al autor de la obra aquí representada tal vez le hubiera gustado aparecer con uno de sus lienzos, ya que una de las penas que tenía antes de morir era que no se valorasen más sus obras pictóricas. Sin embargo, el destino le reservaba convertirse en uno de los más grandes ilustradores de la historia del arte y de la literatura: Gustave Doré.

Y eso que la tarea no era fácil, ya que su talento para el dibujo compitió con El Paraíso Perdido de Milton, La Divina Comedia de Dante, las Fábulas de La Fontaine, con la Biblia, la poesía de Coleridge, el excesivo Balzac, un Poe sobrenatural y otros autores de semejante talla.

¡Menuda biblioteca ilustrada! Y por si faltaba algún título, las 370 ilustraciones que enriquecen el Quijote. Todos, quiénes lo han leído y quiénes no, tenemos una imagen mental del personaje manchego, y casi siempre esa imagen se corresponde con lo que dibujó Doré.

Y es que el ilustrador de Estrasburgo se empapó de la obra y trató a sus personajes como el mismísimo Cervantes, a veces con cariño, otras con crueldad, con luces y sombras, con realismo y con fantasía. Viendo sus grabados, podría parecer que tanto se sumergió en el universo quijotesco que ni siquiera necesitó venir a España para conocer los escenarios de la tragicomedia.

Esta idea se reafirma observando los molinos que vencen al impulsivo caballero y derriban al sufrido Rocinante ante los ojos de un Sancho pasmado. Más parecen a los molinos de viento del norte de Europa que a los de nuestro sur.


Grabado: Los molinos de Doré

Sin embargo, Doré sí que visitó tierras hispanas, y en dos ocasiones. La primera, fugaz, en 1855 siendo un veinteañero. Y la segunda en 1862 acompañando al barón Davillier para ilustrar su libro Viaje por España. Casualmente al año siguiente se publicó su Quijote. Quizás no fuera a Campo de Criptana o a otras localidades manchegas para comprobar cómo son los gigantes de viento con los que luchó el Caballero de la Triste Figura. O quizás sí.


Foto de Mónica Grimal: Los molinos de Campo de Criptana

El caso es que esos molinos no son los de la Mancha, son los de Cervantes, los de Doré, los de don Quijote, con brazos que parecen aspas, de un tamaño colosal y amenazador, fruto de la imaginación del escritor de Alcalá de Henarés, del talento del ilustrador alsaciano y de la visión deformada de un personaje que, puesto que no sabemos el pueblo donde nació, es universal.

Tan universal que sus aventuras se leen traducidas en numerosas lenguas, desde el albanés al yidis. Y sus desventuras han inspirado a otros muchos literatos, a pintores, fotógrafos o músicos de cualquier origen y estilo, entre ellos un trovador catalán contemporáneo que en otra de sus canciones decía: prefiero los caminos a las fronteras. Como el Quijote que toma caminos al azar y por ellos lleva su locura y su amargura atravesando fronteras, por muy absurdas que estas sean. ¿Alguna no lo es?

Visita la web del autor:
www.maletadevuelta.blogspot.com




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