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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Perder la cabeza


Adiós a la reina, de Benoît Jacquot, apoyado en un inteligente guión de Gilles Taurand, nos sitúa en la corte de Versalles poco antes de la Revolución francesa. Pero más que una reconstrucción histórica (que lo es), más que el retrato de un periodo sobradamente conocido, estamos ante una historia de amor imposible entre dos mujeres: la Reina María Antonieta (Diane Kruger) en los días de la toma de la Bastilla y Sidonie Laborde (prodigioso trabajo de Léa Seydoux), lectora y favorita de la reina francesa.

Bien diferente en su argumento a Villa Amalia, su anterior trabajo, esta obra nos coloca de nuevo ante un poderoso retrato femenino, realizado por un director sensible que se acerca con acierto al amor entre mujeres, al amor interclasista y a la imposibilidad de parar el curso de la historia.

Una vez más, Jacquot muestra a una mujer valiente, asediada por las circunstancias, en un entorno hipócrita y asfixiante, lujosamente retratado, y fotografiado con encomiable sobriedad y con gran atención a los contrastes de luz. Es, sí, una historia de celos y traiciones, de revueltas y desencanto, pero también el retrato complejo de una mujer compleja al lado de una reina que la abruma con sus caprichos.

Amores inconfesables, nobles asustados, la revolución francesa, son algunos de los ingredientes de un filme, que a pesar de su ampuloso marco histórico, no se decanta por el exceso a lo Sofía Coppola sino por la modestia y la sencillez. De ahí la atemporalidad del relato y la falta de prejuicios de Jacquot a la hora de retratar, con un gusto detallista por el significado de pequeños objetos y gestos de las actrices —que incluye a la ozoniana Virginie Ledoyen—, una historia de pasión reprimida y amor fuera de lo común.

Una muestra




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