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El secreto de la invención

Daniel Tubau

Dove si grida non è vera scienza

danieltubau@gmail.com


Leonardo da Vinci

“Donde se grita no hay verdadero conocimiento” es una frase que se atribuye a Leonardo Da Vinci, pero quizá él la tomó de algún autor clásico o de la tradición popular. La traducción no es tan evidente como puede parecer a primera vista, porque “scienza” no se debe traducir como “ciencia”, sino más bien como conocimiento o saber. En la Edad Media y el Renacimiento, no sólo en italiano, sino también en español, “ciencia” se empleaba a menudo y a veces casi exclusivamente como sinónimo de conocimiento, e incluso de arte, aunque también en el sentido que hoy le damos a ciencia, como en el delicioso libro de Galileo Galilei Discorsi e dimostrazioni matematiche, intorno à due nuove scienze, conocido popularmente como Diálogo sobre dos nuevas ciencias.

Hoy en día se ha perdido en gran parte esa amplitud del término “ciencia”, que sólo se conserva en algunos refranes y frases hechas: “No tienes ni ciencia ni paciencia”. También he leído en algún lugar que “grida” no debe traducirse como “gritar”, sino como “discutir”, lo que no me parece tan seguro. En el propio Tratado de pintura, Leonardo emplea en varias ocasiones la palabra “grida” en contextos que claramente indican grito, pero claro, es frecuente que una discusión acabe, como dicen los argentinos, “a los gritos”.

Sea como sea y fuera cual fuese la intención de Leonardo, quedémonos con la frase en su traducción “Donde se grita no hay verdadera ciencia”. En este caso, la interpretación es bastante obvia, pero me permitiré analizarla con algo de atención, para señalar algún aspecto que quizá pase inadvertido a primera vista.

¿Qué quiere decir la frase? En primer lugar, que cuando en una discusión empezamos a gritar entonces esa discusión ya no tiene nada de razonable y que hemos abandonado el camino del conocimiento y la ciencia, entendiendo ciencia en aquel sentido amplio, como la capacidad de buscar las causas y explicaciones de las cosas. Es curioso porque aquí ya descubrimos que no existen, o al menos yo no los conozco, libros que se titulen “La ciencia de la discusión”, sino que se suelen llamar El arte de la discusión, El arte de callar (en una discusión) o El arte de tener siempre razón, a pesar de que Platón definió la Dialéctica como “la ciencia de la discusión”. Antes de continuar con el asunto, me detengo, consulto lo que se ha dado en llamar “San Google” y busco “La ciencia de la discusión”. El resultado es que no he encontrado ningún libro que se titule “La ciencia de la discusión” (descarto las obras sobre la Dialéctica de Hegel y otras dialécticas).

Permíteme, lector, antes de continuar, un breve excurso.

Hoy en día, cuando durante una conversación, que no tiene por qué convertirse en una discusión, intentamos recordar el nombre de un actor que aparecía en El diablo dijo no, de Lubitsch, o la capital de un país que no suele aparecer en las noticias, como Tayikistán, o el nombre del escritor chino que escribió Los mandarines, ya no pasamos media hora intentando traer a nuestra memoria el dato, sino que consultamos Google en nuestro móvil y resolvemos al instante la duda. La posibilidad de consultar Google para encontrar una respuesta a cualquier pregunta tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Uno de los mayores inconvenientes es que ya no resulta tan sencillo mentir como antes, porque enseguida se pueden detectar nuestros errores. Es posible que pronto se invente una aplicación para el móvil que nos avise con un pitido cada vez que nuestros interlocutores digan una mentira o mencionen un dato erróneo. Me temo que las conversaciones serán una sucesión interminable de pitidos, porque casi todos los datos a los que recurrimos en una conversación son erróneos.

Sí, ya sé que tú, querida lectora o lector, piensas que eso no te sucede a ti, pero me temo que sí te sucede, aunque nunca has puesto a prueba tal hecho, por ejemplo grabando una conversación acalorada en la que has participado y después comprobando las diversas afirmaciones que hiciste (las comprobables, claro, la mayoría ni siquiera son comprobables).

Tras este pequeño excurso acerca de Google y las nuevas posibilidades que nos ofrece el mundo digital, regreso a la interpretación de la frase “Donde se grita no hay verdadera ciencia”.


(Ilustración de Daniel Tubau)

Pues bien, no sólo sucede que cuando nos deslizamos por el camino de los gritos empezamos a dejar de razonar, sino que, y esto creo que es más interesante e importante, lo que sucede es que gritamos más cuando nos ocupamos de aquellos asuntos en los que no hay verdadera ciencia. No es que perdamos la ciencia por gritar, sino más bien que gritamos porque no hay ciencia en el terreno en el que nos decidimos a discutir. Gritamos cuando hablamos de política, de fútbol o de otro deporte, de economía… Casi me parece escuchar a un lector despistado que me pregunta: ¿cómo que la economía no es una ciencia?, ¿acaso no se estudia en las universidades? Sí, se estudia en las universidades, pero eso no significa nada, en especial desde que también hay universidades en las que se estudian cosas como la homeopatía o la astrología. La economía, como reconocen los propios economistas y muchos filósofos de la ciencia, entre ellos Karl Popper, está muy lejos de ser una ciencia, al menos lo que se llama una ciencia dura, al estilo de las matemáticas, la astronomía, la geometría y recientemente algunas partes de la biología y la medicina (que hasta hace poco era una ciencia fundamentalmente empírica).

La prueba más importante de que la economía no es una ciencia es la reciente crisis económica que nos ha convertido de la noche a la mañana a los españoles en los mayores expertos en el tema… pero que no evita las discusiones encendidas y acaloradas. Se discute de economía con el mismo ardor que se discute de fútbol y aunque todo el mundo parece saber la solución a nuestros problemas, de manera increíble los políticos se niegan a aplicar esas soluciones y prefieren hundirse en las encuestas y precipitarse en el descrédito y el odio de sus electores.

Se discute y se grita, en consecuencia, cuando se habla de economía, de política, de religión y de fútbol, pero no se grita cuando el asunto es saber si 2+2 suman 4 o  si suman 17, o si la Tierra orbita en torno al Sol y la Luna en torno a la Tierra.  Por eso, una de las maneras de saber si en una conversación se está hablando de asuntos que no han podido ser sometidos al pensamiento científico es observar si se grita. Incluso los científicos gritan en ocasiones, y cuando lo hacen es también porque discuten acerca de algo que no ha habido manera de incluir en el razonar científico sereno.

Los filósofos también discuten a menudo, pero obsérvese que dejan de hacerlo acerca de ciertos temas a medida que estos entran en el camino seguro de la ciencia y la discusión razonada y razonable. A Giordano Bruno los católicos de Roma le quemaron vivo por proponer que había otros mundos habitados además de la Tierra (y quizá también porque proponía una nueva religión hermética); a Galileo le condenaron al silencio y se libró por poco de las llamas porque opinaba que la Luna no era un cuerpo perfecto y que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés; en silencio permaneció también Copérnico durante años, y su libro se publicó con un prólogo de Ossiander en el que explicaba que su sistema heliocéntrico era sólo un “como sí”, es decir que sólo pretendía salvar (explicar) los fenómenos observables, pero que no afirmaba que la realidad fuera como esos fenómenos parecían sugerir.

Pues bien, no sólo sucede que cuando nos deslizamos por el camino de los gritos empezamos a dejar de razonar, sino que, y esto creo que es más interesante e importante, lo que sucede es que gritamos más cuando nos ocupamos de aquellos asuntos en los que no hay verdadera ciencia. No es que perdamos la ciencia por gritar, sino más bien que gritamos porque no hay ciencia en el terreno en el que nos decidimos a discutir. Gritamos cuando hablamos de política, de fútbol o de otro deporte, de economía… Casi me parece escuchar a un lector despistado que me pregunta: ¿cómo que la economía no es una ciencia?, ¿acaso no se estudia en las universidades? Sí, se estudia en las universidades, pero eso no significa nada, en especial desde que también hay universidades en las que se estudian cosas como la homeopatía o la astrología. La economía, como reconocen los propios economistas y muchos filósofos de la ciencia, entre ellos Karl Popper, está muy lejos de ser una ciencia, al menos lo que se llama una ciencia dura, al estilo de las matemáticas, la astronomía, la geometría y recientemente algunas partes de la biología y la medicina (que hasta hace poco era una ciencia fundamentalmente empírica).

La prueba más importante de que la economía no es una ciencia es la reciente crisis económica que nos ha convertido de la noche a la mañana a los españoles en los mayores expertos en el tema… pero que no evita las discusiones encendidas y acaloradas. Se discute de economía con el mismo ardor que se discute de fútbol y aunque todo el mundo parece saber la solución a nuestros problemas, de manera increíble los políticos se niegan a aplicar esas soluciones y prefieren hundirse en las encuestas y precipitarse en el descrédito y el odio de sus electores.

Se discute y se grita, en consecuencia, cuando se habla de economía, de política, de religión y de fútbol, pero no se grita cuando el asunto es saber si 2+2 suman 4 o  si suman 17, o si la Tierra orbita en torno al Sol y la Luna en torno a la Tierra.  Por eso, una de las maneras de saber si en una conversación se está hablando de asuntos que no han podido ser sometidos al pensamiento científico es observar si se grita. Incluso los científicos gritan en ocasiones, y cuando lo hacen es también porque discuten acerca de algo que no ha habido manera de incluir en el razonar científico sereno.

Los filósofos también discuten a menudo, pero obsérvese que dejan de hacerlo acerca de ciertos temas a medida que estos entran en el camino seguro de la ciencia y la discusión razonada y razonable. A Giordano Bruno los católicos de Roma le quemaron vivo por proponer que había otros mundos habitados además de la Tierra (y quizá también porque proponía una nueva religión hermética); a Galileo le condenaron al silencio y se libró por poco de las llamas porque opinaba que la Luna no era un cuerpo perfecto y que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés; en silencio permaneció también Copérnico durante años, y su libro se publicó con un prólogo de Ossiander en el que explicaba que su sistema heliocéntrico era sólo un “como sí”, es decir que sólo pretendía salvar (explicar) los fenómenos observables, pero que no afirmaba que la realidad fuera como esos fenómenos parecían sugerir.


Giordano Bruno quemado por la Iglesia

Hoy en día a nadie se le ocurriría asesinar a alguien por opinar acerca de la situación de la Tierra en el espacio o por sugerir la existencia de vida en otros planetas, pero todavía se sigue asesinando en nombre de la religión, aunque ahora no son los católicos quienes lo hacen con más ardor. Lo malo es que probablemente se seguirá haciendo durante mucho tiempo, porque es casi imposible que se pueda demostrar que no existe un dios; sería mucho más fácil demostrar que sí existe, pero parece que ese dios o esos dioses prefieren seguir en el anonimato o no mostrarse de manera clara e indiscutible, a pesar de que si lo hicieran podrían evitar millones de muertes y asesinatos, pero parece que ese asunto no les inquieta en su olímpica e infinita sabiduría.


Dios en una de sus escasas apariciones

Como es obvio, no se puede pedir que sólo discutamos de asuntos científicos para así evitar tener que gritar, porque la vida está llena de cosas maravillosas y deliciosas que no tienen nada que ver con la ciencia y que incluso nunca serán ciencia. Pero sí podríamos moderar los gritos al darnos cuenta de que cuando discutimos de política, de economía, de fútbol o de religión, tan sólo estamos intercambiando opiniones bastante subjetivas y casi siempre indemostrables. Ni nosotros somos tan listos ni estamos cargados de razón ni nuestros oponentes son tan estúpidos, injustos, sinvergüenzas, ingenuos o irracionales.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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