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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Barrio perdido


La obra entera de Patrick Modiano es una continua vuelta a sus orígenes, sus raíces, sus recuerdos. Una especie de indagación sin fin de sus señas de identidad. Y una y otra vez vuelve sobre París ofreciéndonos en cada novela su particular visión de las luces y sombras de la capital en distintas épocas que van desde el tiempo de la ocupación alemana ──otro de los vórtices de su extensa obra── a la actualidad.

La editorial Cabaret Voltaire se atreve ahora con Barrio perdido, una novela de 1984, que aún estaba inédita en español, situada entre dos de sus obras mayores Tan buenos chicos y Domingos de agosto escritas respectivamente en 1982 y 1986.

En ella nos narra la historia de un francés, Jean Dekker, convertido en Ambrose Guise, ciudadano británico y escritor de éxito con novelas de acción y al que la crítica considera como el nuevo Ian Fleming. Con motivo de un encuentro de negocios con su editor japonés, queda con él en París donde no ha vuelto después de veinte años. Una vez en la capital, se lanza a una búsqueda desesperada de su pasado.

El lector asiduo de Modiano no se extrañará de esta persistencia en el tema, ni de su envoltura melancólica, ni del ambiente crepuscular de un París en plena canícula, casi vacío y tomado por hordas de turistas. Es la marca de fábrica que muchos lectores y críticos ponderan y otros rechazan visceralmente.

En este decorado fantasmagórico, por irreal, el protagonista sigue sus propias huellas en busca de viejos amigos que ya han desaparecido, o que ha olvidado, o de las mujeres que tuvo y las que deseó. Una ciudad que se abre a su investigación y se le presenta llena de sombras que habitan su pasado pero no ya su presente. Por mucho que haga nunca podrá volver a su juventud pasada, ni a aquel suceso que descolocó su vida y le obligó a abandonar Francia y crearse una nueva identidad.

Como se ve es Modiano en su propia tinta, esa tinta, que como he apuntado, muchos admiran y otros tantos piensan que le sirve exclusivamente para escribir siempre la misma novela. Pero ¿podemos reprocharle esta constancia en la repetición de contenidos y escenarios? Pienso que sería un error mayúsculo porque si no lo hemos hecho con otros artistas, sobre todo plásticos ─me viene a la memoria la obsesión de Monet por los nenúfares a los que dedicó sus últimos años─, no tiene sentido hacerlo con él. Cada novela tiene su tempo y una perspectiva distinta aunque incida en temas recurrentes y, sobre todo, nadie podrá negarle ser el creador de un universo propio donde ejerce de demiurgo, un universo absolutamente reconocible en cuanto lees las primera líneas de cualquiera de su novelas. Eso es estar más allá de cualquier tipo de estilo literario, es ser dueño de un territorio propio en el que proyecta su memoria de las cosas y de su existencia. Y cada vez que comienza la proyección nos regala una visión diferente de él.




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