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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Dans la maison d’Ozon


En Dans la maison (En la casa, flamante triunfadora en el último Festival de San Sebastián), encontramos motivos siempre cercanos al universo ozoniano que han llegado por derecho propio a público y crítica.
Los temas fundamentales de la obra de François Ozon han sido muchos, pero merece atención especial la disección de las relaciones de pareja (homo o hetero, joven o madura, que representa a la sociedad francesa de ayer y de hoy), que él enfoca desde un punto de vista crítico e iconoclasta, cercano a la lectura queer, con su crítica a la institucionalización de los lazos afectivos como relaciones de poder, contrato y sometimiento, de cierta raigambre heterosexista aunque se reproduzcan también en las relaciones de parejas formadas por lesbianas o gays, y con algún eco asimismo del pesimismo marxista de Fassbinder sobre la explotación humana y socioeconómica que se reproduce en la esfera íntima homo o hetero.

Y así, al igual que en el cine bien diferente por su fondo y su forma del realizador alemán, en Ozon la degradación y la dependencia afectivas están presentes, aunque con un tono más ligero, más frívolo y, si se quiere, más tierno, aunque su ternura se base en un cierto toque naif y kitsch, en ocasiones irreverente y distanciado. Tal sucede, por ejemplo, en la amarga 5x2 donde analiza el deterioro, reencuentro y ruptura de un matrimonio a través de saltos espacio-temporales, que dan lugar a un agrio, mordaz y sombrío rompecabezas que, cuando finalmente encaja, desconcierta al espectador y lo deja con un nudo en la garganta en un irónico happy end.

Otro de sus temas, ligado al anterior, es la familia, un tipo de familia que se está redefiniendo en los nuevos tiempos, pero que al redefinirse, también se rompe, al menos en su núcleo central-patriarcal. Sitcom su primer largometraje de ficción, tras una larga, interesante y todavía inexplorada trayectoria en el corto y el mediometraje, nace con vocación provocadora dentro de un registro de comedia negra, burlesca y con pinceladas de sátira de costumbres sobre la burguesía francesa actual. En un escenario casi único, el interior asfixiante y poblado de fantasmas de una villa familiar (un escenario que se repetirá de modo bien diferente en Huit femmes o incluso en Potiche, con la familia como núcleo empresarial), varios personajes que rozan lo freaky interactúan en disparatadas situaciones, cuyo primer desencadenante es la revelación de la homosexualidad del tímido y reservado hijo del clan ante sus padres, los amigos de sus padres, su hermana y el novio de ésta. Focalizando el relato sobre todo en el personaje de la madre, desbordada por unos acontecimientos que escapan a su limitada comprensión y aún más a su control, y del padre, que intenta inútilmente mantenerse al margen de los mismos, el realizador hace una disección cáustica y grotesca de los roles dentro del núcleo familiar de una burguesía francesa todavía conservadora. El interior de la casa constituye un peculiar microcosmos sobre el que se operan algunos cambios semejantes a los que se están produciendo en la realidad francesa y causan una convulsión en la familia nuclear tradicional a pesar de los visos de modernidad y el estoico aperturismo mental que intentan mostrar. La irrupción de realidades como la inmigración y la homosexualidad –o las dos cosas a la vez– acaban llevándolos a un desorden surrealista y caótico marcado por un humor negro que finalmente resulta algo redundante.

Los elementos tragicómicos y los detalles surrealistas o hiperrealistas —un tanto tentados aquí de acercarse a lo deliberadamente macabro—, que reaparecen en toda su obra, son subrayados en Sitcom con una evidencia algo burda en su simbolismo, sin la maestría y contención narrativa que irá desarrollando en sus trabajos posteriores. Alguno de estos rasgos estaba ya presente en uno de sus cortos más ácidos, Víctor, donde un estrafalario, hermético e inquietante joven asesina a sus padres, continúa su vida en el interior de una lujosa mansión campestre y establece allí una extraña relación con la impertérrita servidumbre.
Otro de los puntos temáticos claves en la obra de Ozon esla muerte. El propio autor considera que Sous le sable y Le temps qui reste son dos partes de una trilogía inconclusa sobre la muerte y su toma de conciencia o sobre el duelo propio y el dolor de los demás y ambos son los filmes más graves y más respetados por un amplio sector de la crítica especializada. No sabemos si Mi refugio entra en este apartado pues su historia es más que la del duelo la de la gestación de una vida y la recuperación de dos seres humanos mutilados. La muerte, no obstante, aparece en su cine muy ligada a la vida y a sus manifestaciones, particularmente a los sentimientos y a la sexualidad como observamos en su desconcertante corto La petite mort, donde un joven se hace fotografiar por su novio en el momento del orgasmo —la petite mort en francés— y después, ante la mirada escandalizada de su hermana, hace una foto de su padre moribundo en el hospital. Formas de vida formas de muerte, Eros y Tanatos, Edipo y Narciso, Kristeva, Freud y Barthes pasados por una insolente mirada fílmica en la que éstos adquieren un sentido algo nuevo.

Su corto Les pouceux es una largo plano secuencia de dos chicos en una cama y el hecho de la felación del uno al otro adquiere distintas connotaciones en la mentalidad de cada uno de ellos (uno desinhibido y otro tímido y sin experiencia en el tema), observados sin exhibicionismo pero también sin atisbos de pudor.

Fundamental en su obra es el papel social desempeñado por las mujeres, algo que en cierto modo lo emparenta con algunos trabajos de Fassbinder, del que adaptó su primera obra de teatro inédita, escrita por el controvertido maestro germano a los diecinueve años, Gotas de agua sobre piedras calientes. Ellas y su rol personal y psicológico en el entorno en el que se desenvuelven le sirven para dar unas pinceladas, levemente críticas, acerca de una nueva y no tan nueva realidad francesa. Las protagonistas, de diferentes edades, del cine de Ozon son observadas con una mezcla de respeto, profundización psicológica poco convencional e irreverente ambivalencia.Algunos de sus filmes más importantes y densos como la misteriosa Swiming Pool, donde se reflexiona sobre la soledad, la feminidad, la creación literaria y la confusión entre realidad y ficción, o Sous le sable, sensible y contenido retrato de una mujer sola ante el fantasma de la desaparición y posible fallecimiento de su marido en el mar, son importantes y complejos retratos femeninos, no casualmente interpretados por la misma estrella del cine galo: la siempre intensa y enigmática Charlotte Rampling. Para Ozon, por ejemplo, el tema de este film es un tema triste, amargo, que parte de un recuerdo infantil del director acerca de la historia una mujer que vio desaparecer a su marido en la playa, pero, no obstante, en la película aparecen momentos de verdadero optimismo, así como unas imágenes basadas principalmente en colores cálidos y alegres, algo que reaparecerá con resultados aún más espectaculares en Le temps qui reste.

En algunas obras de Ozon observamos una mirada a la vez tierna y dolorida hacia la infancia, particularmente en Le temps qui reste donde la agonía del corazón y el deterioro físico, la angustia y el posterior renacer espiritual y la apertura al próximo de Romain, el joven protagonista, se asocian a la aparición ante sus ojos y ante los del espectador del niño que fue, de su misteriosa y algo fantasmal presencia significativamente situada, ya desde la primera imagen, en el escenario de la playa donde aparece por primera y última vez en la/su historia. El mismo escenario concluirá el filme de un modo elegíaco y a la vez redentor. Primero Romain, niño pelirrojo en el prólogo con las imágenes de la playa radiante, luego reapareciendo con idéntico aspecto en el espejo de casa de sus padres, donde trata de encontrar en su propio rostro los primeros signos de una muerte inminente, y finalmente en sucesivos recuerdos, como las doloridas secuencias en casa de su abuela (Jeanne Moreau) hasta el epílogo, un final previsible, pero extraordinariamente bien rodado, en el que realidad y fantasía se confunden en un lapsus ad mortem, una secuencia de ecos viscontinianos (Muerte en Venecia) con la agonía, el éxtasis visual, el gran giñol y la música. Antes, en un momento conmovedor el personaje llora al recordar cómo siendo todavía un chaval y, después de una travesura en una iglesia en la que orina con otro chico en la pila bautismal, tras contemplar con risas contenidas a una anciana santiguándose con la bendecida agua, experimenta el primer sentimiento de vergüenza y culpabilidad al besar cautelosamente a su amigo. Ozon nos habla de sí mismo y de su educación religiosa que choca con su íntimo despertar. El descubrimiento de su diferencia sexual, presentado con tanta desinhibición en otros trabajos del cineasta, muestra aquí que la homofobia y la dificultad de autoaceptación han marcado la vida del personaje principal de Le temps qui reste de un modo u otro. En la reclusión espiritual y el apartamiento de Romain del mundo y los suyos podemos ver algo del intento de huir del mundillo del éxito —es un fotógrafo solicitado y de moda—semejante a la búsqueda de sí misma, lejos de la rutina, de la atormentada Sarah Morton, autora de best-sellers de misterio, de Swiming Pool (una Charlotte Rampling en estado de gracia, protagonista absoluta de la cinta, maestra de ceremonias y a la vez víctima de los fantasmas de su propia representación literaria y crisis personal y creativa, lo que la convierte en uno de los grandes personajes femeninos del cine ozoniano). El final ha sido tomado por algunos comentaristas como “tomadura de pelo”, pero nuevamente Ozon sabe integrar la ironía y lo fantasmal con increíble sutileza.

Son asimismo motivo de interés primordial en Ozon la adolescencia y la juventud, una juventud renovada y en ocasiones revoltosa (al principio y antes de comenzar el reconocimiento crítico de su obra, fue etiquetado como “enfant terrible” o, incluso de forma despectiva y con ribetes de machismo, como “niño bonito del cine francés”). Estamos en realidad ante un retratista incómodode una nueva generación de mujeres y hombres francesas /es con actitudes diferentes, al menos en apariencia, ante cuestiones como el sexo, la enfermedad, la cultura y sus modas o las relaciones familiares. El despertar de la sexualidad en diferentes formas aparece desde las primeras imágenes de los trabajos breves de François Ozon, particularmente con la aparición recurrente del deseo y las relaciones homosexuales masculinas, aunque en sus obras se resista a localizar u otorgar una identidad gay totalmente precisa, y mucho menos monolítica, a sus personajes. La bisexualidad aparece dentro del homo y heterosexualidad al igual que la alegría se cruza en el camino de la tristeza o el dolor surge medio de una fiesta.

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