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El secreto de la invención

Daniel Tubau

Cuando el mundo espiritual nos habla

danieltubau@gmail.com

La semana pasada hablé de los peligros de fiarnos de la primera impresión al conocer a una persona (La primera impresión es la que cuenta), porque esa primer impresión se forma de manera intuitiva y casi siempre prejuiciosa a partir de experiencias que hemos tenido anteriormente con otras personas que, por alguna razón más o menos caprichosa, nos recuerdan a la que ahora tenemos delante.

La experiencia es importante, por supuesto, y conviene aprender de ella, pero en un breve encuentro con un desconocido, la situación lo que nos exige es dar una respuesta rápida, formarnos cuanto antes una opinión, porque enseguida esa opinión va a ser requerida por otras personas (“¿Qué te ha parecido el nuevo empleado?”), o porque conviene formar un plan de acción en nuestra relación con él: ¿Debo invitarle a tomar unas cañas?, ¿conviene que le cuente ciertos asuntos de la empresa o es mejor ser discreto?, ¿esta persona me causará problemas en el futuro o acabaremos acostándonos juntos?”.


A pesar de que nos gusta alabar la espontaneidad en el comportamiento, todos somos extremadamente calculadores en nuestras relaciones con los demás, en especial aquellos que dicen creer en el azar, el destino o la magia, que son el colmo del materialismo: no sólo someten a cálculo las cosas de la vida material cotidiana, sino que incluso el mundo espiritual lo convierten en un mecanismo, en el que los engranajes del destino se ocupan de que cualquier pequeño detalle tenga una razón de ser, lo que llega al extremo en la célebre frase que Paulo Coelho tomó (modificando su sentido) del Demian de Herman Hesse: “Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño”.

Creer que un dios oculto, un azar dirigido, “el Universo”, o un destino impersonal enlaza todos los acontecimientos de nuestra vida significa, como he dicho, llevar al mundo de lo no material el materialismo y las relaciones de causa y efecto. Me he referido a esta curiosa paradoja en varios lugares:

“Se podría decir que el creyente de una religión quiere cam­biar la realidad mediante el rezo del rosario, o en la confesión ante su sacerdote, quien también le receta unos rituales para librarse del pecado, como quien pesa los ingredientes de un caldero mágico: por ejemplo, rezar tres avemarías y un padre­nuestro.” La verdadera historia de las sociedades secretas


Paulo Coelho

También en “El espiritualismo material” (en Recuerdos de la era analógica) se ofrecen varios ejemplos de la obsesión materialista de los espiritualistas pertenecientes a todo tipo de religiones. Quizá baste con mencionar uno de los más llamativos, de gran importancia para el cristianismo (recuérdese a la Virgen María) y el islam:

“El himen: una pequeña membrana preocupaba a los espiri­tualistas, mientras que para los materialistas no tenía ninguna im­portancia. En efecto, los espiritualistas opinaban que la mujer era otra persona si perdía ese pedazo de materia. Incluso consideraban que si la mujer perdía la virginidad tras un rito material como es el matrimonio el resultado era distinto a perderla si no se hallaba ese rito material de por medio. Una cosa u otra podía implicar ir al cielo o al infierno, que también (al menos el Infierno) eran lugares materiales, con castigos materiales y sufrimiento físico.”


Materialismo espiritual (Mudra)

Si ya tenemos un buen depósito de prejuicios (acumulados tras una experiencia generalmente mal procesada) relacionados con el aspecto de una persona, su ciudad de origen, su edad, su manera de vestir, su declarada preferencia política, la cosa se desliza de manera imparable hacia la subjetividad extrema y acrítica cuando a todo ello se suma el mundo espiritual y cosas tales como el signo del zodiaco, su numero en el eneagrama o cualquier otra fantasía de este tipo. Entonces descubrimos que nos juzgan ya no por lo que aparentamos, sino por invisibles hilos que nos manejan.


Acuario

Por eso a mí, cuando me preguntan el signo del zodiaco, me gusta decir cualquier signo al azar, por ejemplo, Acuario, y entonces me divierte contemplar cómo la mente mecánicamente espiritual de mi interlocutor intenta descifrar la relación entre el signo de Acuario y mi personalidad. Y la verdad es que siempre lo consigue, le diga el signo que le diga. Otras veces prefiero explicar que soy Ofiocus, un signo que todavía no es conocido por la mayoría de las personas, pues pocos saben que el cielo clásico de los astrólogos hace siglos que no se corresponde con el cielo observable y que hay que añadir al menos una nueva casa zodiacal, la serpiente (Ophiocus). La presencia de Ofiocus provoca un corrimiento de todos los signos, por lo que a muchas personas no les corresponde el signo que siempre han creído ser, así que tendrán que cambiar sus ideas preconcebidas o adaptarlas al nuevo signo, lo que no es muy difícil, como ya he dicho.


Ofiocus

Recuerdo que en una ocasión, cuando aprendía claqué, mi novia se incorporó a las clases y la profesora le preguntó su signo zodiacal. Nada más escucharlo, trazó un retrato robot de la nueva alumna, recordando que la novia de su hermano era del mismo signo. Había algo negativo en ese retrato y pronto se nos hizo evidente que nuestra profesora había encontrado en su memoria un ejemplo que se ajustase a lo que sintió desde el momento en el que vio a mi novia y que enseguida se le presentó la persona adecuada: la novia de su hermano. Como es obvio, debía conocer a muchas más personas de ese signo, pero el materialismo espiritualista existe fundamentalmente para confirmar los prejuicios.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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