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Errata

Evaristo Aguirre

Despertadores a 98 centavos


Una par de veces, O.Henry habla en sus relatos ambientados en Nueva York de los despertadores que cuestan 98 centavos. También escribe que en algunos locales de la ciudad, a finales del siglo XIX, se podía ver el siguiente aviso: “La casa no se hace responsable de la pérdida de abrigos y paraguas”. Son solo un par de pinceladas utilizadas por este excelente autor de relatos americano de cuyo nacimiento se han cumplido 150 años este mes de septiembre pasado, y de quien la editorial Nórdica ha publicado una antología titulada Historias de Nueva York, con la traducción de José Manuel Álvarez Flórez. Y hay otra edición de algunos de sus relatos en Barataria, de 2008: Esto no es un cuento y otros cuentos, traducidos por Pablo Manzano.

O.Henry es el seudónimo de William Sidney Porter (1862-1910), un tipo con una vida agitada, aunque corta, que empezó a escribir en la cárcel, nada más y nada menos que en Sing Sing, y que se ha convertido en un clásico del género de los relatos admirado, por ejemplo, por Jorge Luis Borges, quien alabó una de las principales características del estilo y de la personalidad literaria de O.Henry, los finales con una sorpresa, el elemento narrativo que prácticamente en la última frase dota al relato de todo su sentido.


La ciudad de Nueva York es el escenario predilecto del escritor, la ciudad que iba dejando un siglo tan fundamental como el XIX para iniciar la definitiva andadura en su consolidación como capital global en el XX. Y son los habitantes de esa ciudad –que no siempre son neoyorquinos, pues a menudo apenas entran y salen en ella, o acaban de llegar o no están integrados del todo– los protagonistas de las estupendas historias que O.Henry creó. En las que yo he leído, priman los conflictos sentimentales, las dependientas que aspiran a casarse bien; los jóvenes que no aciertan a declararse; los que se esconden y los que buscan; los que simulan ser lo que no son… Hay siempre un drama contenido, y casi nunca la sangre llega al río, narrativamente hablando, es decir que O.Henry resuelve los asuntos de manera suave, a veces incluso amable, sin excesos pero sin quedarse corto, y siempre con esa sorpresa, que explica o transforma todo y que es un verdadero regalo para el lector.


Por aquellos años, más o menos, un inmigrante danés llegado a la ciudad en 1870, Jacob A. Riis (1849-1914) se dedicaba al periodismo, y quiso denunciar lo que veía en las zonas más pobres de Nueva York, y lo hizo a través de unas de las primeras muestras de reportaje gráfico, en 1890, que publicó en forma de libro. Se titula Cómo vive la otra mitad. Estudios entre las casa de vecindad de Nueva York y lo publicó Alba Editorial en 2004, con la traducción de Isabel Núñez. En relación con los relatos de O.Henry, también se puede hablar de la otra mitad, pues el escritor no va tan lejos, se queda unas calles más acá, donde la gente tiene, a veces, problemas de supervivencia, pero no llegan a esos límites de miseria que retrata Riis en sus textos y, especialmente, en sus fotos.


Casa de huéspedes en Bayard Street, a cinco centavos la cama

Y más adelante en el tiempo y más cerca, otra vez, de la ciudad más reconocible, encontramos a Maeve Brennan (Dublín, 1917-N.Y., 1993) una escritora de origen irlandés pero genuinamente neoyorquina (sí, creo que sobra este pero), novelista y colaboradora de esas revistas tan de allí, como Harper’s Bazaar o The New Yorker.


Tenía yo encima de una mesa un libro suyo titulado, cómo no, Crónicas de Nueva York, publicado por Alfabia, con traducción y prólogo de Isabel Núñez, cuando A. vino a casa, lo vio y me dijo: “Es un poco decepcionante, ¿verdad?”. Le contesté que sí. Llevaba leídos la mitad de los artículos que componen esta antología, con la ciudad y su vida como tema único, pasados por el excéntrico punto de vista de Brennan, y sentía cierto empacho. No había pensado en esa idea de decepción que A. utilizó, pero tenía razón, al comprar el libro y abrirlo me esperaba sentir el pulso urbano de manera directa y encontrarme con algunas historias extraordinarias y contundentes. Pero no era eso y, como digo, me estaba empachando un tanto. El libro se quedó a medias en un rincón y pasada una buena temporada volví a él, pero picando aquí y allá, de vez en cuando, leyendo un artículo, como mucho un par de ellos, dejándolo de nuevo… Y estas crónicas, así tomadas, han ido ganando peso, interés. Lo que no he encontrado es cuánto costaban los despertadores en tiempos de Maeve Brennan.

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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