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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Stephen Sondheim, el renovador de Broadway


Stephen Sondheim (1930) es para el espectador medio español un perfecto desconocido; quizás ahora con el estreno del Barbero Diabólico, vehiculado por el siempre excelente Tim Burton, algunos más disfrutarán de la grandeza de un genio musical indiscutible que ha dado al teatro musical y al cine obras memorables.


Entre algunas de sus obras más famosas como compositor está A funny thing happened on the way to the forum, presentada en España  con el acertado y concentrado  título de Golfus de Roma, una estupenda revisitación hecha por Burt Shavelove de dos textos —Miles Gloriosus y Curculio— del siempre vivo, ácido, y divertido escritor latino Plauto.

Recuerdo haberla visto y disfrutado en su primer y mutilado estreno en España en el desaparecido teatro Maravillas con decorados de Mingote en la década de los sesenta, y poco antes de que las huestes de la Fox se aprovecharan de los decorados de La caída del Imperio Romano en los estudios Bronston de Madrid para filmar, bajo la dirección del entonces rompedor Richard Lester, su versión cinematográfica con un reparto que incluía los mejores cómicos americanos del momento: Zero Mostel, Buster Keaton, Phil  Silvers y Michael Crawford.

La enloquecida versión de Lester, aun arreglada por el estudio, que cortó metraje a diestro y siniestro, sigue teniendo la enorme gracia del enredo original, y su partitura con números musicales como Hoy de comedia va, Amable, bella y adorable o la que da titulo a la obra evidencian el genio de un artista que ya  había alcanzado su madurez artística y empezaba a desmarcarse de los caminos trillados del musical clásico americano.

Sondheim, a lo largo de su carrera, se ha hecho acreedor de siete  premios teatrales Tony, varios Grammy e incluso un Pulitzer por uno de sus títulos más  emblemáticos, Sunday in the Park with George. Y hasta con un oscar a la mejor canción, Sooner or later, escrita para Madonna quien la cantaba en los títulos de crédito de Dick Tracy.

Una trayectoria semejante ha logrado situarle  al lado de los grandes del musical americano como Oscar Hammerstein, Cole Porter, George Gershwin o Leonard Bernstein, con el que colaboró como letrista en West Side Story. Pero su obra poco o nada tiene que ver con la de sus ilustres compañeros. Desde el principio, su estilo musical complejo, nada pegadizo y sus tramas innovadoras que parecen a veces un cruce entre dos universos aparentemente opuestos como los de Bergman y Groucho Marx, implantaron en el mismo corazón de Broadway una auténtica revolución  temática y estilística no siempre del agrado del gran público, acostumbrado a salir tarareando del teatro sus melodías favoritas.


No es muy de extrañar, pues, que cuando otro de los creadores de universos más oscuros del cine actual, Tim Burton, mostró su interés por llevar a la pantalla una de sus obras más personales, Seewney Todd: el barbero diabólico de Fleet street, treinta años más tarde de su estreno en 1979 en Broadway, Sondheim se pusiera inmediatamente manos a la obra para cambiar ciertas letras de la obra original con el fin de adaptarlas al tiempo cinematográfico, así como que partes integras de la partitura fueran reconvertidas por su autor con el fin de que no perdieran su integridad en su volcado al nuevo formato. O que diera su aprobación para cortar drásticamente su melodía principal, La balada de Sweeny Tood, que abre y cierra la película.


La colaboración de estos dos genios ha dado como resultado un musical atípico, estilísticamente perfecto como casi todas las obras de Burton, oscuro, rozando casi el gore, fiel puesta en imágenes de ese universo musical sondheiano  a medio camino entre el misterio y la simplicidad.




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