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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

José García


Jordi Corominas levanta su historia de historias (con otras historias dentro) y las ¿encierra? en el paisaje urbano del barrio de Gracia barcelonés. Pero así como las historias que narra son muchas, hay un único personaje que vale para todas ellas, un hombre gris, común, a pie de acera, con un nombre también común, José García. Todos somos Josés Garcías y nos movemos al ritmo que marcan nuestras ciudades, parece querernos recordar Corominas en este exitoso intento de acoplar arquitecturas literarias, trampantojos culturales y modernidad en la forma, sin perder nunca los referentes literarios y/ o cinematográficos que lo trufan, convirtiendo su lectura en uno de los mejores manjares que nos ha proporcionado últimamente la editorial Barataria.

José García devuelve al lector el gusto perdido por lo anecdótico, lo cotidiano, reconciliando la literatura con la sencillez y la ausencia de artificio, encontrando ese equilibrio muchas veces perdido en aras a la verosimilitud o la simple oquedad de unas palabras dispuestas las unas detrás de las otras en forma de experimento meta-literario. No es el caso, ya digo. Corominas maneja su prosa con una soltura envidiable. Es eso que suelen llaman un narrador nato. Para mí es algo más entrañable: un excelente cuenta cuentos que me ha llevado por la geografía urbana de Gracia (con escapada a Venecia y Roma) pegado como una sombra a su poliédrico personaje, un auténtico fractal en el que se van integrando las distintas facetas de un mismo y a la vez múltiple personaje.

Como en la mayor parte de la joven literatura europea, la ciudad, en este caso, como ya he dicho, Barcelona, no es un mero decorado donde se mueve nuestro protagonista, sino una parte integrante del mismo relato. Es lo mismo que hizo con el París dieciochesco el francés Jean-Baptiste del Amo en esa joya literaria que es Una educación libertina (Cabaret Voltaire). Aquí, el laberinto aleatorio de las calles de Gracia se convierte en el espacio anónimo donde cada José García elige su propio recorrido, subjetivamente, y fuera de los itinerarios que parecen estar diseñados para cada habitante.

“La ciudades no las modelan los arquitectos, sino el tiempo”, asegura el autor. Habría que añadir que también las personas que las habitan y se mueven por su calles.

Una final de fútbol con el Barça de protagonista que deja la ciudad desierta es el escenario donde Corominas aplica su ojo para desvelarnos el contenido de la nada, “en aquello que nadie repara por ser invisible-invisible”. Hace una inmersión en ese mundo de cotidianeidad donde nos cruzamos con gente a la que no vemos y que tampoco nos ve. Y sigue a esos fantasmas convirtiéndolos en seres de carne y hueso, cada uno con sus historias particulares, cogiéndolos en una esquina y soltándolos en otra cuando ya nos ha contado lo que le interesaba sobre ellos.




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