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Errata

Evaristo Aguirre

Fanatismos


Es desolador ver saqueos y muertes porque unas personas se han sentido heridas en sus creencias religiosas, o a manifestaciones algo más que airadas en defensa de la soberanía de unos islotes deshabitados. Es desesperanzador pensar que la crítica, la burla o la simple discrepancia obtienen violencia como respuesta y consiguen que la gente se enroque aún más en sus ideas, por llamarlas de alguna forma, y todo eso derive en un fanatismo para el que parece que no hay marcha atrás.

Habíamos llegado a pensar que las cosas ya no eran así, que la libertad de culto y la libertad de expresión tenían un vínculo, una conexión; bueno, también habíamos llegado a pensar que la tendencia sería que todos viviéramos cada vez mejor y no que obtenidos ciertos derechos el siguiente paso fuera mandarlo todo al carajo y regresar al principio del siglo XIX… Lo que te puedes llegar a equivocar, oye.

Y claro, cuando el fanatismo te suena a algo lejano, incluso ajeno, no juzgas como tal, o no con excesiva severidad al menos, algunos acontecimientos del pasado, que ves más con ojos de relativismo histórico. Como las cruzadas, por ejemplo.

Entre todo lo que hubo alrededor de las Cruzadas, hay un episodio de tintes legendarios, que en cuanto a fanatismo y ceguera y resultados desastrosos se lleva la palma. A lo mejor podría dar lugar a alguna enseñanza… no, seguro que no.

A principios del siglo XIII, fruto, al parecer, de las visiones de un adolescente en Centroeuropa, numerosos grupos de niños se encaminaron hacia el sur del continente para embarcarse rumbo a Tierra Santa para defender los llamados Santos Lugares y para intentar convertir al cristianismo a otros niños, estos musulmanes. Hay algo de verdad y algo de leyenda en todo esto, pero al parecer aquellos niños, analfabetos, no sabían muy bien de qué iba todo aquello y solo estaban movidos por una fe religiosa ciega e impuesta desde el nacimiento mediante una no-educación en la que la iglesia y la religión cristiana eran el centro de la vida de cientos de miles de europeos, sobre todo campesinos.

Con esta historia, el escritor francés Marcel Schwob (1867-1905) escribió una pequeña historia en la que siete voces narran desde sus puntos de vista el episodio. Dos Papas, un clérigo, un musulmán, una de las niñas… De una sutileza impecable, las mini crónicas de cada uno llevan al lector por los rincones de esta peculiar aventura y le muestran, quizá sin quererlo (sin quererlo lo narradores; el autor lo quiere, claro que lo quiere), el absurdo de la iniciativa, el despropósito de esa panda de niños andando hacia un destino fatal sin pensar.

Puede que determinado por lo que tenemos alrededor, he visto en este texto una alerta contra el fanatismo.


La cruzada de los niños, publicada originalmente en 1896, ha sido rescatada por Reino de Cordelia, con la traducción y el prólogo de Luis Alberto de Cuenca.

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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