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Los viajes

de Sara Gutiérrez

De Nairobi a Naivasha

OTROS DESTINOS


No eran las tres de la mañana y ya estábamos en danza. Preocupada por la posibilidad de que un overbooking insensible pudiera descolgarnos del grupo al que debíamos unirnos 30 horas más tarde en Nairobi, reservé un servicio de taxi al aeropuerto para las 4:00. Era 1 de agosto y volábamos vía Londres, en plenos juegos olímpicos: no me parece tan infundado mi temor. En cualquier caso, cuando llegamos a Barajas, el único rastro de vida que había era el de los cuerpos, pocos, que se retorcían entre asientos y maletas buscando un descanso imposible. Al empleado de Iberia que nos atendió, a escasas dos horas de nuestro vuelo (previsto para las 7:00), le resultó imposible sacarnos las tarjetas de embarque del Londres-Nairobi y, tras lamentar que Iberia hubiera regalado muchas de sus conexiones con África, nos recomendó preguntar en el mostrador de British (operadora del segundo trayecto) porque se temía que hubiera overbooking. Sorprendida de no lograr tampoco nuestras tarjetas de embarque, la empleada de la British nos recomendó volar hasta Londres y ver allí qué pasaba. Ahorro el revuelo de mis pensamientos hasta que, sin tensión añadida, vi las tarjetas en la mano de un dicharachero empleado de Heathrow.

El vuelo Londres-Nairobi resultó excelente. Quizás en gran medida porque me había liado con el cambio horario y aterrizamos antes de lo que esperaba. Hasta la comida me pareció buena (probablemente al deshacérseme el nudo del estómago se me había abierto un buen boquete).

En Nairobi nos recogió un propio que camino del Hotel nos puso en comunicación con el guía con el que debíamos encontrarnos a la mañana siguiente y al que, sin saberlo, bautizó Tulida. La cosa del bautismo fue así: nos habían dicho en la agencia que nuestro guía se llamaba Óscar Herranz, pero el chófer se dirigía a él como Tulida, así que pensamos que sería otro; luego Óscar, delante del resto del grupo, nos aclaró que los locales solían llamar a todos los guías “Tour leader”; ya nadie en el camión volvió a llamar a Óscar por su nombre de pila, ni tan siquiera Tour líder, se le quedó Tulida (y, a día de hoy, así sigue). 

Volviendo al coche que nos llevaba al Hotel… En el trayecto (de noche, por pistas de tierra y carreteras en obras, con coches y camiones viniéndonos de frente o por la derecha…), comprendimos que por poco que nos gustaran los viajes organizados por estas tierras era mucho mejor dejarse llevar.

En el Hotel tuvimos nuestro primer encuentro visual con los mosquitos, que no pudieron con nuestro arsenal de Relec (en espray y pulsera) y espirales, amén de la mosquitera.

Al amanecer, sin nada que llevarnos a la boca (por la noche tampoco habíamos podido cenar más que unos restos del catering aéreo —reservados con acierto para acompañar la toma de Malarone— porque nos recomendaron que no saliéramos al centro, al parecer más que peligroso en cuanto se pone el sol), salimos al patio a encontrarnos con dos de nuestros compañeros de viaje (mejor asesorados que nosotras, habían volado una semana antes y habían visitado el parque de Amboseli) y a esperar al chófer, el mismo de la noche anterior, que nos llevaría de nuevo al aeropuerto.


Por donde la pasada noche no circulaban (a nuestros ojos) más que luces de vehículos, corrían bien de mañana chicos y grandes, unos por deporte (deporte, deporte) otros por obligación (niñ@s uniformados, jóvenes trajeados, muchachas acicaladas, señoras cargadas, hombres abrigados…), amén de las caravanas de coches, furgonetas, camiones, motos y bicicletas.  


Nos hartamos de dar vueltas por el aeropuerto, todos los aparcamientos estaban llenos. Cuando, por fin, nos tiramos casi en marcha, saludamos sin entusiasmo a quienes ya nos esperaban, cambiamos dólares a moneda local (por indicación de Tulida 50 por persona, demasiado ajustado, 75 nos habrían evitado algún que otro apuro) y nos lanzamos a la cafetería, a pagar alegremente el equivalente a 3 euros por un café. Ya repuestas saludamos como corresponde al resto de integrantes del grupo. Había, por supuesto, vascos y catalanes, y, curiosamente, un montón de valencianos, que, más curiosamente, resultaron ser colegas entre ellos y tener conocidos comunes. En total 17, sí también había una tocaya mía vallisoletana (pero emparejada con un valenciano, aunque no maestro como los otros), y una par de sevillanos, y dos granadinos afincados en Madrid (de viaje de novios, pero de novios modernos, nada empalagosos).

Juntamos los equipajes y ¡al camión!  


Subimos en cadena las bolsas y mochilas porque los maleteros estaban en la parte superior, en dos filas de arcones enfrentados a lo largo de unos tres cuartos de camión: bajo los asientos para los bultos grandes y tras los respaldos para las chaquetas, las cámaras, los prismáticos y esas cosas, además de enchufes eléctricos en cada uno funcionando durante la marcha. El cuarto restante delantero, acristalado, con ventana en el techo y suelo corrido acolchado, conocido como chill out, se convirtió en el hogar de los más dormilones, visitado con frecuencia por amantes del parchís (jugado en ipad, eso sí), y fotógrafos ávidos de instantáneas lo más aéreas posible.

Acomodándonos y recibiendo las primeras instrucciones atravesamos Nairobi camino del Lago Naivasha.  Aún no habíamos hecho nuestra primera parada turística, en el mirador del Gran Valle del Rift, y ya habíamos aprendido un montón de cosas:



— Que los bancos ofrecen hipotecas a diestro y siniestro. ¿A quién? El sueldo medio es, al parecer, de 30 $/mes.

— Que los principales inversores en el país (como corroboran los rasgos de quienes dirigen las obras públicas a pie de carretera) son los chinos.

— Que la seguridad en el trabajo no es prioridad.

— Que los letreros de los locales comerciales poco tienen que ver con su actividad: las grandes compañías (principalmente de telecomunicaciones) usan sus muros como vallas publicitarias.

— Que para los turistas el tamaño sí importa. Al menos en lo que a objetivos se refiere. ¡Ah, perdón! Esta enseñanza no nos la ofreció el camino sino el mirador.

Fue también en el mirador donde aprendimos (y tomamos el café, zumo, galletas y fruta dispuestos para nosotros por el cocinero y su ayudante que no abandonarían la cabina del camión más que para ejercer su labor, empujar el camión en los embarramientos –que alguno hubo- o ceder el asiento a la novia mareada), donde aprendimos decía:

— Que por estos lares lavarse las manos antes de comer es cuestión prioritaria (¿dónde no?) y que el uso colectivo del agua para tal fin es posible si se hace de manera racional cogiendo rápido un puñado de agua y sacándola de un mínimo de 3 cubos: primero para activar el jabón, segundo para el primer aclarado, tercero para el aclarado definitivo.


— Que el roedor-like que nos embelesó mientras contemplábamos el valle (hambrientos de animales estábamos) se llama damán y es el pariente, evolutivamente hablando, más cercano del elefante (¡alucinante!). Sí, ya sé que dicen que puede que nosotros estamos más cerca de la mosca de la fruta que de los primates, pero también me cuesta creerlo.


DAMÁN

Y la carretera que quedaba hasta Naivasha no iba a ser menos instructiva, ella nos contó:


— Que los accidentes de tráfico están a la orden del día.

— Que son muchos los hombres que se pasan el día tirados en las cunetas meditando, escuchando la radio, de conversación con otros ociosos...

— Que, excepto en los lugares habilitados para ello, en Kenia esta prohibido fumar incluso en la calle.


      

— Que los rebaños son tan enormes como escuálidas sus vacas.

— Que muchos niños están escolarizados, pero que muchos otros son pastores.

— Que la pasión por las motos es incontestable.

— Que el camión iba a resultar cómodo, espacioso, con buena visibilidad…

Y todo lo visto y oído no era nada comparado con lo que estaba por venir. Un adelanto chiquitín: la variedad de pájaros que vuelan los cielos keniatas y tanzanos es asombrosa, para mí más impresionante (seguramente por inesperada) que algunos de los cinco grandes que todos vamos buscando (sin querer ofender al búfalo, por ejemplo).


ESTORNINO SOBERBIO (no es cosa mía, se llama así)

La primera foto la hizo Eva Orúe; el resto, quien esto firma.

OTROS DESTINOS

KENIA, TANZANIA Y ZANZÍBAR EN DIVERTINAJES

Preparación del viaje

De Nairobi a Naivasha

A orillas del Lago Naivasha

En el Parque del Lago Nakuru

Safari en Masai Mara

A orillas del Lago Victoria

Acampada en el Serengueti

A Arusha, por el Ngorongoro

Reposo en Zanzíbar




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