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El secreto de la invención

Daniel Tubau

Los siete velos del conocimiento

danieltubau@gmail.com

La semana pasada hablé de la cortina acusmática, tras la que los discípulos menos apreciados por Pitágoras tenían que escuchar sus demostraciones geométricas, sin poder ver los trazos ni las figuras. También conté el moderno uso de esa cortina, en este caso para impedir que los directores de orquesta vieran a los candidatos y así no fueran dominados por sus prejuicios (casi siempre machistas). Era un buen ejemplo de cómo en ocasiones se juzga e incluso se percibe mejor reduciendo la información. Hoy quiero examinar un caso en el que se nos ofrece más información y eso nos hace saber menos, a pesar de que tengamos la poderosa sensación de que cada vez sabemos más.

Me refiero a esas situaciones en las que un desconocido nos ofrece datos que, en principio, nos permiten empezar a conocerle un poco mejor. Datos como la edad, la nacionalidad, la ciudad en la que ha nacido, su estado civil o su situación sentimental.


En apariencia cada uno de estos datos nos permite ir trazando un retrato cada vez más preciso de un desconocido, pero eso está muy lejos de resultar tan evidente como parece a primera vista. En el capítulo “¿Quién es Silvia?”, de mi libro Nada es lo que es, me referí a esas secciones que a veces aparecen en periódicos y revistas en las que vemos la fotografía de un desconocido y su opinión acerca de algo. Junto a la fotografía, se añaden dos o tres datos supuestamente informativos, como su nombre, su edad y su profesión.


¿Para qué sirven esos datos? Se supone que para que dispongamos de mejor información para juzgar la opinión que se nos da a continuación: no es lo mismo que un diseñador nos diga que detesta Las Meninas de Velázquez a que nos lo diga un albañil; no es lo mismo que un médico opine acerca de la última obra del arquitecto Rafael Moneo a que lo haga una peluquera. O eso es lo que nos parece a primera vista, porque en cuanto nos dan dos o tres datos nuestra máquina de prejuzgar se pone en marcha y es imparable:

Vemos a un obrero y le aplicamos las características que creemos que tiene los obreros. Obsérvese que he dicho “creemos” y no “sabemos”, porque la mayoría de las veces tampoco sabemos realmente cómo es ese grupo observado, así que comparamos a un individuo desconocido con una construcción mental también basada en prejuicios. (Nada es lo que es)


Aquel diseñador que nos dijo que detestaba Las Meninas, se convierte, en virtud de este único acto, en el representante de todos los diseñadores, y empezamos a dudar si no deberíamos también nosotros detestar el cuadro de Velázquez (si es que queremos estar a la última). Pero a lo mejor resulta que ese diseñador pertenece al pequeñísimo porcentaje de loas personas que, además de ser diseñadores, detestan Las Meninas. Quizá el resto de diseñadores aman Las Meninas. Pero la selección de la opinión y el dato de la profesión nos hacen establecer nexos imaginarios acerca de la relevancia de una opinión. Lo mismo sucede con el albañil, es obvio que nuestro primer impulso es pensar: “Claro, el pobre no entiende el arte”, cosa que no se nos ocurre pensar con el diseñador. Pero el problema de estos datos desinformadores no consiste sólo en que enseguida ponemos en marcha las ideas comunes acerca de diseñadores, albañiles, médicos y peluqueras, sino en que, además, muchos de esos prejuicios son personales e intransferibles. Es decir, no es que estén extendidos en la sociedad, sino que están en el cerebro de cada uno de nosotros.

Cuando alguien nos dice su edad enseguida asociamos ese dato a otros que nos permiten, en apariencia, conocer a esa persona, pero esa es una sensación engañosa, porque con lo que comparamos esa información que nos han dado no es con una fiable base de datos que contiene toda la información relevante acerca de las personas de esa edad, sino tan sólo con la modesta base de datos de nuestra experiencia personal. Comparamos a esa persona con aquellas otras que conocemos que coinciden en edad, o en profesión, o en tipo de trabajo. Lo más probable es que esa comparación ni siquiera se establezca con todas las personas que conocemos coincidentes, sino tan sólo con dos o tres que, por alguna razón subjetiva, caprichosa o puramente azarosa, hemos asociado con la persona que tenemos delante.


Magritte los veía así

En mi trato con desconocidos, prefiero no poner en marcha su fabulosa máquina de prejuicios, así que evito, en la medida de lo posible, revelar esos seis o siete datos que todo el mundo parece considerar como indispensables para hacer un retrato robot: edad, nacionalidad (o ciudad de origen), preferencias sexuales, estado civil o sentimental, tendencia política. Siete datos que sirven para hacer una ficha rápida de la persona que tenemos delante. Siete datos que son como siete velos que, más que mostrarnos a un desconocido, lo que hacen es ocultarlo. Decir la edad o las preferencias sexuales es un velo o una cortina que quizá no oculta, pero que sí tiñe lo que vemos con el color de nuestras experiencias pasadas y nuestros prejuicios presentes. Creemos conocer, obtenemos la satisfacción de ver cómo nuestras intuiciones van dando en el blanco, pero hemos hecho el viejo truco de disparar primero la flecha y después pintar la diana: las futuras satisfacciones o decepciones estarán inevitablemente ligadas a esa primera impresión que fabricamos a través de los datos de una ficha policial. Me atrevo a pensar que es mejor ver las cosas y las personas que tenemos delante en vez de intentar reducirlas a cómodas, confortables y tranquilizadoras fichas policiales. No sólo es mejor, también es mucho más interesante.


Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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