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Errata

Evaristo Aguirre

Todo lo que no es tradición es plagio

La frase es, creo, de Eugenio d’Ors: “Todo lo que no es tradición es plagio”. Aceptémosla como una defensa de esa línea que viene desde quién sabe dónde y desde quién sabe cuándo de la que los creadores han ido tomando elementos que luego ellos moldean a su gusto y a su manera. Por encima de la imposición de la originalidad como valor único, parece que el tiempo perdona mejor a esas obras que tienen una referencia en la generación anterior, o en la otra, que nos huelen a algo conocido, pero que además nos dan algo nuevo, acorde con los tiempos en los que han nacido, que nos dan pistas (a veces incluso explicaciones) sobre el mundo en el que vivimos.


Si empiezas leer sobre una nueva novela en Twiter; si la alaban y recomiendan personas a las que percibes como modernas; si está publicada en una de las editoriales más cool, empiezas a leerla esperando emociones algo anocilladas (dicho esto con todo el respeto, pues ya saben que aquí somos muy partidarios de esa corriente generacional literaria). La novela se titula Los huerfanitos; el autor, Santiago Lorenzo (Portugalete, Vizcaya, 1964); la editorial, Blackie Books.

Un empresario teatral, dueño de una sala en la Gran Vía de Madrid, que conoció tiempos esplendorosos en los años setenta y ochenta, se muere dejando a sus tres hijos como herencia esa sala, y una situación financiera digna de un rescate liderado por un economista alemán ultraortodoxo. A los tres tipos, el teatro no les importa un pimiento; es más, entre la ojeriza a su padre y los malos recuerdos de una estrafalaria infancia, no han querido saber nada de todo eso durante años. Pero su única alternativa es reflotar aquel desastre.

Santiago Lorenzo escribió y dirigió una película, Mamá es boba (1997), y publicó una novela, Los millones (2011), antes de estos Huerfanitos, en los que se palpa el esperpento valleinclanesco, el humor de la conocida como la otra generación del 27, y la mala leche retratando al prójimo de la escritura de Rafael Azcona, todo ello al servicio de una historia extraña, que se desarrolla en un ambiente tan raro como es el del teatro. He leído pocas novelas recientes que hablen de teatro; me acuerdo de la de Marcos Ordóñez, Comedia con fantasmas, o de Los dos luises, de Luis Magrinyà. Y será porque el teatro está, en general, muy pegado a la tradición o será porque el mejor humor está ya inventado o será porque el autor ha mamado todo eso citado más arriba y le ha salido en cada golpe de tecla al hilo de la historia que nos quería contar, el caso es que Lorenzo ha construido una excepcional novela, con unos personajes entre absurdos e idiotas en quienes, si lo piensas un poco, resulta fácil verte reflejado. No es una novela para partirse de risa (bueno, a mí me pasó un par de veces por culpa de unos trapecistas gays), pero es un gran libro de humor.     

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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