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Asesinato en maitines

por Jorge Dioni López

Capítulo cinco: apelación ginestésica


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5.1

La subinspectora Verdú y el comisario Tarrés se levantan cuando María Jesús Sanabria entra en el despacho habilitado para los interrogatorios. El policía le indica que, según el procedimiento, esa declaración se efectúa en la comisaría y que, aunque el escenario haya cambiado por las especiales circunstancias del caso, tiene los mismos derechos y deberes.

 -Puede negarse a contestar a cualquier pregunta y, como ya le dije, puede esperar a que venga su abogado.
 -Sólo lo he necesitado una vez en mi vida y fue Jaime Losada.

  Tarrés indica a Verdú que inicie el interrogatorio para que se disipen todos los chistes macabros que le sugiere la frase de Sanabria. Cuando el humor negro se va, deja algo parecido a una intuición.  

-¿Cómo se llama? -dice la subinspectora con un tono plano de encuesta de telemarketing.
-María Jesús Pérez Sanabria
-¿Qué cargo ocupa?
-Hasta esta mañana, Secretaria de Políticas Sociales y Adjunta a la Presidencia; ahora soy la Presidenta en funciones.
-¿Qué relación tenía con Jaime Losada?
-Nos conocimos porque trabajaba con su mujer en un centro médico de Oviedo; ambas somos médicos. Cuando volvió a la política, me pidió que entrara en su equipo. Fui consejera cuando él estuvo en el Principado de Asturias y lo seguí cuando se vino a Madrid. He sido secretaria de estado de cuatro o cinco cosas y Ministra de Educación de 2002 a 2004.
-¿No tenían ninguna relación más?
-No.

Sanabria se estira la punta de la nariz con el índice y el pulgar hasta que los dedos se resbalan.

-Sé que se dice que nos acostábamos pero es un rumor que comenzó en Asturias. Jaime era un tipo que, en política, nunca se ha negado a nada y, además, con buenos resultados. Resuelve los marrones de otros y eso siempre despierta muchas envidias. En los ochenta, tuvo que dejar la política unos años porque decían que era homosexual y también se dice que se acuesta con Carmela del Campo, su secretaria.
-Usted lo apreciaba.
-En Administraciones Públicas se comió la congelación del sueldo de los funcionarios, fue a Educación después de que Mendiburu hubiera alborotado a todo el mundo y salvó los pactos con los nacionalistas, se tragó los primeros atentados después de la tregua en Interior y dio la cara en todos los problemas que tuvimos en los últimos dos años como vicepresidente. Y le daba igual una huelga general que la guerra.
-Veo que su aprecio es vehemente.
-Quizá soy la única losadista. Por eso lo eligió Castilla. Fuensanta tiene su camarilla, lo mismo que Castalia, Mendiburu u Otero-Sariegos. Jaime apenas tenía equipo y, en cada ministerio, se iba adaptando a la gente que hubiera. Castilla pensó que era la persona adecuada para no crear agravios que pudieran provocar escisiones y también, que acogería a todo el mundo. Por eso tenemos aquí a Benavides, Ariza o Quintero.
-¿Quiere decir que no tiene enemigos?
-Enemigos, no; hay gente que quiere su puesto, como Mendiburu o Fuensanta y, sobre todo, mucha que estaba convencida de que nos iba a llevar al desastre y que quizá están cabreados porque la realidad no ha estado a la altura de sus expectativas.
-¿Hay alguien que quisiera matarlo?
-Individualmente, no; si fuera al estilo del Orient Express, quizá. Puedo pensar en Jaime como César, entre los puñales de toda la gente del partido, pero no me imagino a nadie pegándole un tiro. ¿Es la única opción que manejan?

Tarrés toca por debajo de la mesa a Verdú para intervenir por primera vez en la charla.

-Entenderá que no podamos ser más precisos -deja caer el comisario.
-Lo entiendo pero también reclamo el mismo respeto. ¿No van a considerar ninguna línea de investigación más?
-Si lo que me está preguntando es si voy a montarme en la noria que han puesto en marcha hace una hora, la respuesta es no. Y usted, que ha tenido responsabilidades en cuestiones de seguridad, sabrá que hay cosas que sabemos sin necesidad de preguntar a nadie.
-Supongo que sabe que esta investigación tiene trascendencia política y no puede ser tratada como una más.
-No es una más, sino una menos de las que me quedan hasta la jubilación.

Sanabria vuelve a apretujarse la nariz hasta que el movimiento se transforma en picor y éste se concreta en un estornudo. Tarrés se levanta y, después de indicar a Verdú que continúe con las preguntas, se levanta y comienza a hacer sitio en una de las estanterías. La subinspectora pasa una hoja de su cuaderno.
-¿Podría hacerme un relato de lo que ha hecho esta mañana?
-¿Desde el desayuno?
-Sí -interviene Tarrés de espaldas- sin omitir si toma galletas, cereales o pan migado.
-Zumo de naranja y café con leche con muesli.
-¿Qué tipo de muesli, integral, de frutas deshidratadas o de frutos secos?
Tarrés, que sigue despejando la estantería, se da la vuelta para esperar la respuesta.
-Integral, creo que es integral, pero quizá tiene almendras y nueces.
-Gracias. Puede continuar.
-Después llamé a mi escolta, que ya estaba en el portal, y fui con él al garaje donde tengo el coche. Paramos en un kiosko que hay cerca de mi casa y compré la prensa, País, Mundo, ABC, La Vanguardia, Expansión y Marca, por si Jaime no podía comprarlo.

Verdú levanta la mano izquierda mientras escribe los nombres de los diarios con la derecha.

-¿El señor Losada compraba el Marca todos los días?
-Siempre que podía porque su agenda era muy apretada. A veces lo compraba yo y otras, Carmela. Cuando no podíamos, se lo pedía a algún escolta o lo leía en un bar por aquí cerca.
-¿Y por qué pensó usted que hoy no podría?
-No lo pensé; no pasaba nada si teníamos dos pero era el único periódico que leía entero.
-Pero usted no lo compraba todos los días.
-No, todos, todos, no.
-Pero hoy, sí.
-Sí, ya le he dicho que sí.
-Entonces, hubo algo que le indicó que hoy era un buen día para comprar el Marca.
-Nada en especial.
-¿Quizá algo que le dijo el señor Losada o un mensaje o un correo o, quizá, otra persona?
-Intuición femenina.

La subinspectora Verdú siente ganas de mandar a la mierda a María Jesús Sanabria porque, de todas las explicaciones posibles para tapar lo que quiere tapar, la apelación ginestésica es la más imbécil. Se limita a dibujar otro asterisco.

-Y después de tener esa intuición, ¿qué hizo?
-Vine a la sede leyendo la prensa durante el trayecto. Lo hago todos los lunes porque siempre está bien venir informada a la reunión.
-¿Y una vez aquí?
-Entramos por el garaje. El escolta se fue a la zona reservada para ellos y yo subí a mi despacho en la cuarta para preparar la reunión.
-¿Tenía que intervenir?
-No, es algo abierto. El Presidente hace un breve orden del día sobre el que los asistentes dan su punto de vista y que sirve tanto para fijar acciones concretas como para propuestas de más calado.

Sanabria se da cuenta de que acaba de soltar una respuesta demasiado periodística pero la realidad es demasiado real para decirla de golpe.

-¿Qué hizo en concreto?
-¿Cómo?
-Si hizo algún tipo de documento.
-No exactamente.
-¿Qué quiere decir exactamente?

La subinspectora vuelve a escribir un asterisco.

-¿Encendió el ordenador para escribir?, ¿tomó notas en algún cuaderno?, ¿subrayó algún periódico?
-Pensé cosas.
-¿Qué cosas?
-Tienen poco sentido fuera de contexto.
-Pero me puede hacer un esbozo. Estoy al tanto de la política nacional.
-Con nosotros o con ellos.
-Creo que me reservaré la respuesta pero le diré que procuro evitar esa división tan clara.
-Es imposible. Nosotros la propusimos hace diez años y el PSOE ha acabado aceptándola. Votaron a Zapatero en lugar de a Bono. Hoy no hay transversales, sino paralelas.

Tarrés se aleja un poco para contemplar la estantería que ha conseguido despejar y choca con el respaldo de la silla de Sanabria. El comisario se disculpa antes de hacer un gesto a Verdú para que siga preguntando.

-Preparó la reunión en su despacho de la cuarta planta; ¿y después?
-Bajé a la segunda y fui al despacho de Jaime pero no estaba. Me quedé un ratito hablando con Carmela, su secretaria, sobre el fin de semana.
-¿Le preguntó por el señor Losada?
-No exactamente. Ella me dijo que había venido muy pronto y que había pedido más desayuno que de costumbre pero nada más.

Verdú dibuja el tercer asterisco.

-¿Y después?
-Ella se fue a la sala de Reuniones. Yo no quería entrar en la Polivalente, que es donde todo el mundo desayuna antes de entrar, y me quedé en los pasillos. Dos minutos después, la vi llegar muy nerviosa. Me dijo que a Jaime le había dado algo y que fuera a verlo porque soy médico. Cuando llegamos, Marcos Arrate, el sociólogo, estaba dentro. Carmela y él se pusieron a discutir y yo examiné a Jaime.

Sanabria se pinza la nariz en Arrate pero, cuando llega a Jaime, baja la cabeza y abre los dedos hasta colocarlos uno en cada ojo.

-Y estaba muerto; estaba muerto.

Verdú, que ha escrito su cuarto asterisco, deja que la mujer se deshaga y rehaga para retomar lo que ha quedado en el aire.

-¿No entra nunca en la sala de desayunos o sólo hoy?
-No suelo entrar porque el ambiente está muy cargado. Hoy, además, había oído que algún compañero quería dimitir y que otros buscaban la convocatoria de un Congreso Extraordinario. Prefiero no decirle nombres.
-Es decir, que no iba a ser una reunión más.
-Mire, esto es Madrid y esta es la sede de un partido político. En cada meada hay un golpe de estado.
-Hay algo más que quiera añadir. Alguna cosa rara, algún comportamiento extraño.
-Lo raro sería que la gente se comportase con normalidad.

Verdú hace un gesto a Tarrés para indicarle que ya ha acabado. El comisario ayuda a levantarse a Sanabria y, cuando ésta enfila la puerta, le pide el teléfono móvil.

-Es para hacer comprobaciones de rutina. Póngalo en silencio, por favor.

La mujer lo mira imaginándose hombres calvos con cascos escuchando sus conversaciones. Tarrés sonríe.

-Sólo es rutina. Para todas esas cosas que está pensando, necesitamos el permiso del juez.

Sanabria abre un bolsillo diminuto en un lateral del bolso y extrae un aparato mínimo.

-Es un regalo de Jaime.
-A mí tampoco me llegan nunca los puntos.

Cuando la mujer está con el pomo en la mano para abrir la puerta. Tarrés levanta la mano.

-Una cosa más –indica el comisario. No sé si debiera decirlo pero encuentro a faltar un ambiente de tristeza.

Sanabria recuerda su conversación con Salvanella.  

-No lo hemos asimilado. Toda la gente del partido lo está tratando como si fuera una cuestión política más y no se dan cuenta de que hay una persona que ha muerto; alguien con una familia y amigos.

Tarrés cree que la persona del verbo está mal escogida y que debería ser la primera del plural pero se lo guarda y, tras despedir a Sanabria, acompaña el regreso de la puerta al marco.

-Miente -dice el comisario.
-Y mucho.

5.2

Marcos Arrate entra en la sala y, pese a que el Comisario Tarrés le invita a sentarse, rodea la mesa hasta situarse detrás de la subinspectora Verdú.

-Creo que ambos nos necesitamos.
-Le ruego que se siente, señor Arrate -dice el comisario. Mire, las circunstancias tan especiales de este caso nos obligan a tomarle declaración aquí pero no quiere decir que sus derechos estén limitados. Puede negarse a responder a cualquier pregunta y también puede solicitar la presencia de un abogado.

Marcos Arrate mueve pendularmente la cintura como si hiciera girar un lentísimo hula-hop detrás de Verdú. Tarrés piensa que, afortunadamente, el orgullo mantiene a la subinspectora dándole la espalda al sociólogo porque, si se diera la vuelta, la entrepierna bamboleante de éste quedaría a la altura del rostro de la policía provocando, seguro, algún tipo de conflicto.

-Ambos nos necesitamos.

Arrate acentúa el tracatrá. Tarrés se desplaza para interponerse entre la bragueta masculina y la espalda femenina. Después, con un leve golpe en el hombro, detiene el movimiento y acompaña al sociólogo a su silla, aunque éste evita bajar su punto de gravedad rodeándola y situándose junto a la estantería donde Tarrés ha colocado el móvil de Sanabria con un posit indentificativo.

-¿Tenemos que dejar el teléfono?, ¿no necesita una orden judicial?
-Le acabo de decir, señor Arrate, que este procedimiento es voluntario y que, si lo desea, puede negarse y salir por donde ha entrado hasta que reciba una citación.

El sociólogo se dirige a la puerta pero, después de acariciar el pomo y recuperar el penduleo frente a la madera, regresa al centro de la habitación aunque sin decidirse a tomar asiento pese a la nueva indicación de Tarrés.

-Nos necesitamos señores.

Tarrés se sitúa frente a Arrate y cogiéndolo por los hombros, lo sienta.

-Aquí nadie necesita a nadie. Nosotros lo hemos llamado y usted ha venido pero yo no tengo nada que ofrecerle ni espero nada de usted.
-No quisiera parecer desagradable pero los policías que han querido buscarnos problemas se los han encontrado.
-¿Me está amenazando?
-He dicho que no quería ser desagradable.
-Pero lo ha sido. Márchese.
-Creo que la situación ha tomado un cariz que no conviene a nadie. Deberíamos reconducirla.
-El problema es que usted se ha metido en una calle de una dirección y no puede dar marcha atrás. Le ruego que abandone la sala y espero que no sea tan complicado levantarlo como ha sido sentarlo.

Arrate coloca el mentón entre las palmas de las manos e hincha los orificios nasales.

-Lo único que necesito para dar marcha atrás es que alguien vigile el tráfico.
-¿Me está pidiendo que sea Manolo, guardia urbano?

El sociólogo se da cuenta de que su metáfora le ha metido en una rotonda atascada en la que sólo puede apagar el coche y esperar a que se despeje. Decide bajar las armas.

-No, claro que no. Estoy a su disposición.

Tarrés se sitúa junto a la puerta, justo en el lugar donde Arrate necesitaría el cuello de la niña del exorcista para mirarle a los ojos, y hace un gesto a Verdú para que comience a preguntar.

-Me podría decir su nombre por favor -comienza la subinspectora.
-Marcos Arrate Lagos.
-¿Qué cargo ocupa dentro del partido?
-Asesor externo.
-¿Qué relación tenía con Jaime Losada?
-Asesor externo.
-Me refiero a personal. Si eran amigos y quedaban para comer o sólo se veían en el trabajo.
-Esta labor es muy absorbente. En las campañas electorales, podemos estar juntos 20 horas al día. En otros momentos, igual no nos vemos en dos semanas. 
-¿Cómo se conocieron?
-Entré a trabajar para el partido en 1989 y una de mis primeras recomendaciones fue la recuperación de Jaime Losada para el partido en Asturias.
-¿Qué le pasó al señor Losada?
-Había insinuaciones sobre su sexualidad.
-¿Quiere decir que ya no hay?
-Los enemigos y los pelotas siempre alimentan los rumores.
-¿El señor Losada tenía enemigos?
-Con ese nombre, no. El que está arriba siempre despierta envidias pero, para que alguien quede descolocado, hay que moverse y Losada era Don Tancredo. Castilla, Fuensanta, Mendiburu u Otero tienen amigos y enemigos; hay gente que se sacrificaría por ellos y otros, que se inmolarían para matarlos. Políticamente, claro.
-¿No hay nadie que quisiera verlo muerto?
-¿Para qué? Losada despertaba desconfianza porque hay mucha gente a la que le gustan los liderazgos fuertes pero no tenía sentido hacerlo a menos de medio año de las elecciones. Si los resultados no eran buenos, no le quedaría más remedio que decir adiós. No habría una tercera oportunidad. Pero, por su pregunta, interpreto que piensan que el culpable está aquí.

Arrate deja caer la cabeza sobre las palmas y la nariz humea como si fuera la General de Buster Keaton.

-Entiendo que, a pesar de las evidentes pruebas en esa dirección, no van a considerar la posibilidad de que nuestro Presidente haya sido asesinado por el grupo terrorista que lleva cuarenta años golpeando la democracia española.
-ETA, coño -grita Tarrés-, diga ETA.

El comisario se acerca marcando el sonido de la suela antes de continuar.

-Esto no es un capítulo de Colombo en el que un sagaz detective averigua la verdad después de charlar con todos los sospechosos. Aunque seamos el único equipo que está aquí, no somos los únicos que están investigando la muerte del señor Losada.

El comisario vuelve a alejarse dejando que los talones caigan sobre el suelo.

-Señor Arrate -prosigue Verdú-, nos acaba de decir que el señor Losada no tenía enemigos. ¿Y amigos?
-Sanabria y su secretaria Carmela eran las personas más cercanas. También tenía relación con Navas Santillana o Salvanella pero a otro nivel menos personal; el contacto con Sanabria era muy, muy familiar, ya me entiende
-No, no le entiendo, ¿quiere decir que Jaime Losada y María Jesús Sanabria se acostaban?
-Yo no digo nada pero incluso le ha dejado herencia.
-¿Tiene usted constancia de esta relación o es un rumor?
-Ya le he dicho que no he dicho nada.
-Entiendo

Después de marcar con una cruz la respuesta, Verdú levanta la cabeza y ve a Tarrés conteniendo tanto la risa como las ganas de lanzar el móvil de Sanabria a la cabeza del sociólogo.

-Señor Arrate, ¿puede hacernos un relato detallado de lo que ha hecho durante el día?
-Me desperté a las seis y treinta y tres minutos y me levanté a y treinta y siete, que es cuando dan la información deportiva. Entré en el cuarto de baño, me afeité, me duché y bajé a desayunar. Hice café para mi mujer y preparé zumo de naranja y cereales para los niños. A las siete los desperté a todos y a menos veinticinco salíamos por el garaje. Dejé al mayor en los Trinitarios de Alcobendas y a los dos pequeños, en los Corazonistas de San Sebastián de los Reyes, donde también llevé a mi mujer, que trabaja en un canal de televisión. Después me vine para aquí. Llegué a las ocho y diez y me metí en mi despacho que está en la planta cuarta. Leí la prensa, me metí en internet, hice algunas llamadas de teléfono y a las nueve y media bajé a la segunda planta. Estuve un rato con la gente que desayunaba, me tomé un café y a menos cuarto entré en la sala de Reuniones para repartir un pequeño texto que había escrito. Reconozco que me quedé paralizado cuando vi el cuerpo de Losada pero, antes de que pudiera tocarlo, entraron Sanabria y Carmela. Discutí con ambas y, cuando Chus dijo que lo habían matado, salimos los tres y comenzamos a preparar cómo afrontaríamos la situación creada.

Verdú trazó un círculo encima de las notas que había tomado.

-¿No tiene escolta?
-No, yo no, tuve durante un tiempo en los noventa pero un experto me recomendó prescindir de él porque, como mi rostro no es conocido, la protección podía resultar contraproducente. Cada semana hay un día en el que recibo la visita de este experto para hacer una revisión y también recibo información del ministerio, de la Guardia Civil y de ustedes.
-No tenemos más preguntas.
-¿Tengo que dejar el teléfono?
-Sí no tiene inconveniente, sí. Y, por favor, póngalo en silencio.

Arrate saca una tableta de chocolate de la solapa de la chaqueta pero, cuando la desenvuelve, en lugar de cacao hay una pantalla líquida. El sociólogo extrae una barrita de uno de los laterales y da pequeños saltitos con ella.

-Se lo dejo pero, cuando quieran hacer cualquier cosa, llámenme. Este aparato es muy delicado.

Tarrés abre la puerta y, cuando Arrate desaparece tras ella, la devuelve al marco.

-Es un hijo de puta -dice el comisario- pero creo que está limpio.
-O es muy listo.
-Es menos listo de lo que él se cree pero más que todos los demás juntos. Los maneja a todos como quiere.
-No lo hizo pero quizá lo ordenó o lo planeó o indujo a alguien a hacerlo.
-Si este tipo hubiera preparado algo, no nos habríamos dado cuenta al cuarto de hora.
-A no ser, que lo tuviera previsto.
-Cógele el aparato y a ver si se lo escoñas sin que se dé cuenta.

5.3

Tarrés decide parar diez minutos. Por el despacho de las declaraciones han pasado, además de Sanabria y Arrate, Vicente Castalia, Alfonso Ariza, Federico Sanjuán, Navas Santillana y otros cinco asistentes a la reunión. Ninguno ha aportado nada. Todos llegaron media hora antes de la reunión y, salvo Santillana, entraron por la puerta principal saludando a los periodistas. La dirigente optó por la ruta Gu-Ti-Min y subió por el ascensor del garaje hasta la tercera planta para después bajar por la escalera. Todos sin excepción se habían dirigido a la sala Polivalente para desayunar y allí se habían encontrado con la noticia. Nadie sospechaba de nadie, excepto Ariza y Castalia que, entre balbuceos y ceceos, insinuaban una conjura múltiple en la que entraba y salía gente como en una casa de citas sin pianista.

 -Qué piensas -dice Tarrés.
 -Creo que la mujer tiene algo que ver pero no me cuadra el tiro en la nuca.
 -La tradición de las mujeres y el veneno.
 -No, porque ahora las tradiciones son de temporada. Lo que me choca es que ella es médico y podía haberle metido algo indetectable en el café en lugar de algo tan aparatoso. Tiene acceso a todo tipo de cosas y sabe la dosis precisa para no despertar sospechas.
-Salvo si quería que lo encontrásemos así.

 Tarrés se sienta en la silla de los interrogados.

 -Verdú, me vas a matar por lo que te voy a decir.

 La subinspectora cierra el cuaderno y lo deja sobre la mesa.

 -El muerto no es Losada.

 La policía hincha los orificios nasales y se los aprieta con los puños cerrados.

 -Es un tipo llamado Jorge Zapatero Huertas. Alguien lo disfrazó de Losada, lo llevó a la sala, le metió un disparo y tuvo cuidado de que cayera recto. Seguro que has visto algún tiro en la nuca y la gente nunca cae en vertical.
 -¿No confía en mí, jefe?
 -No es eso; quería tener dos visiones. La del que sabe lo que sabemos y la del que sabe lo que sabíamos.
 -Tengo ganas de mandarte a la mierda y salir de la habitación.
 -Concreta la primera parte de tu plan y, si quieres, amplíalo llamándome cabrón machista, por ejemplo.
 -Vete a la mierda. La primera intención es la que cuenta.

 Verdú se levanta y se dirige a la estantería donde están todos los móviles excepto los de Castalia y Ariza que han solicitado una petición judicial. El de Santillana, que esconde dentro de la forma de estuche escolar un ordenador en miniatura con pantalla desplegable, es tan grande como los otros ocho juntos.

 -¿Por qué, jefe?
 -Yo tampoco lo entiendo pero seguro que, en la cabeza del que lo hizo, todo era muy razonable.
 -¿Se equivocó?
 -Quizá pero tampoco quiero descartar la posibilidad de que quisieran matar a un doble.
 -Pero nos acabaríamos enterando.
 -Los fenómenos lumínicos pueden ser ovnis o apariciones de la Virgen pero el que da la primera versión es el que pone la tienda.
 -Me parece todo absurdo.
 -Ya, rocambolesco, pero es porque lo piensas desde aquí. Hay que situarse allí.

 Tarrés se levanta de la silla y coge el cuaderno de Verdú.

 -En cambio, lo que no me cuadra a mí es lo de Losada. El que mató a Zapatero tuvo que contar con su participación o, al menos, su permiso porque él estaba allí esta mañana.
 -Sólo tenemos el testimonio de la secretaria y aún no hemos hablado con ella.
 -Si la secretaria no miente, es que Losada estaba aquí y era el Losada fetén. Un impostor hubiera podido engañar a todo el mundo, excepto a ella. Ten en cuenta que la gente engaña a sus esposas con las secretarias y no al revés.
 -No conocía esta faceta machista.
 -Ni yo que fueras tan reduccionista.

 Tarrés deja el cuaderno de Verdú sobre la mesa y se miran frunciendo, sucesivamente, el ceño, la nariz y los morros   

 -Si la secretaria no mintió a Sanabria -dice el comisario-, Losada estuvo aquí y nadie pudo montar la escenita sin que él se enterase porque era quien se movía por la sala de Reuniones.
 -Además de ella, la secretaria.
 -Y ella.

 Tarrés repite la última frase hasta que se le deshace en la boca.

 -¿Y Sanabria?
 -No lo sé, jefe, es la típica explicación del que oculta cosas. No puede dar ninguna explicación ni detalles. ¿Por qué compró el Marca? No lo sé. ¿Qué estuvo escribiendo? Tampoco lo sabe.
 -Son las dos personas más cercanas, las cómplices perfectas. Pero me sigue sin cuadrar porqué Losada permitió esa representación con su imitador.
 -Quizá lo planeó para escaparse con alguna de ellas o lo vio y tuvo miedo de que la siguiente vez acertaran con el genuino.
 -Me sirven para una película pero no en la vida real.

 El teléfono vibra en el bolsillo del Comisario.

 -Sí; soy Tarrés. Pregunté por Jorge Zapatero Huertas. Ah, vaya, ¿y eso? El nombre artístico. ¿Y sabemos dónde trabajaba? Gracias.

 El Comisario deposita el teléfono encima del cuaderno de la policía.

 -Jorge Zapatero Huertas es Jordi Sabaté, miembro de un grupo cómico que actúa en un programa humorístico de TV3. Concretamente, imitaba a Losada, a Castalia, con el que acabamos de hablar, a Ibarretxe, a un conseller del que no recuerdo el nombre y al Rey. Un imitador profesional.
 -Sabaté, joder, el Sabaté.
 -¿Lo conocías?
 -Ganó un concurso de monólogos hace dos años y comenzó saliendo en el programa de Buenafuente. Hacía de un personaje que creaba crispación y mal rollo, Jordi Desolé.
 -Ahora sí que está desolé. Y yo, más. ¿Qué coño hacía un imitador oficial aquí y quién coño querría matar a un cómico?
 -Quizá se equivocaron; piense en esa posibilidad.
 -No me cuadra. Si alguien es tan bueno como para entrar aquí sin que ningún control lo detecte, no puede cometer la cagada de matar a uno que no es.
 -Creo, jefe, que usted está pensando aquí en lugar de allí. Alguien entró, mató al que no era y se fue porque no tenía tiempo de buscar al bueno.
 -Vale. Pongamos que alguien entró y nadie se dio cuenta; después, creyó encontrarse con Losada en la sala de Reuniones y, mientras lo mataba, se preocupó de que la caída fuera en vertical. Después, se marchó también sin dejar rastro. Pero volvamos al medio, ¿qué coño hacía un imitador oficial de Losada solo en la sala de Reuniones? Y, también al principio, ¿qué pasa con Losada?, ¿dónde está?
 -Quizá huyo por miedo.
 -¿Y no ha llamado a nadie? Es una explicación que me vale para uno que escapa de un ajuste de cuentas pero no para un político.
 -Quizá estaba metido en algo que no sabemos.
 -Coño, Verdú, que de los políticos se acaba sabiendo todo. Mira, de este tenemos dos versiones sobre su sexualidad y seguro que las dos son mentira. Es gente muy expuesta, Losada no es alguien que pueda ir por la calle sin llamar la atención con ponerse un sombrero; aquí hay tipos dedicados a contar los minutos que ese tío sale en la tele.

 Tarrés aprieta los puños y, después de abrirlos, se lleva las palmas a la cara.

 -Me cago en mi sombra. Llama a Requejo.

 El Comisario le quita el aparato de las manos.

 -Hola, sí, ya sé que es un poco pronto para sacarles algo pero, joder, hay una cosa que no puede esperar, ¿está por ahí el escolta de Losada? Si crees que te mienten, que puede ser, pídele los datos para comprobarlo. Vale, perfecto, lo sabía. Pues entérate de quién es y le mandas el nombre a Verdú para comenzar a buscarlo. Lo sabía. 

 Tarrés repite las dos últimas palabras después de colgar.

 -Lo sabía, Losada se ha llevado a su escolta. Hay gente que no sabe cagar sin mapa.
 -Tenemos que hablar con la secretaria y juntarla con Sanabria.
 -Pensé que sabrías mimetizarte mejor con el ambiente. Si esto hubiera ocurrido en una empresa de un polígono industrial, ya tendríamos a las dos en el zeta camino del juzgado pero estamos en un sitio delicado y vamos a hacer las cosas delicadamente. No tenemos prisa ni nadie que nos la meta porque hemos conseguido a tiempo la información que se esperaba de nosotros, que no ha sido ETA.

 El Comisario se acerca a Verdú y la coge por el hombro.

 -Lo más importante no es conseguir la información, sino saber qué hacer con ella. Tener razón a destiempo es peor que equivocarse.
 -Pero ya tenemos una línea clara en la que están Losada, Sanabria y la secretaria. Y, a destiempo, sabemos que el muerto no es quien piensa todo el mundo.
 -Lo que nos viene muy bien -responde Tarrés olvidándose de la puya. La gente ve lo que quiere ver. A mi mujer le gustan las cosas de ovnis y fantasmas y sé que todo depende de la sugestión. Un efecto lumínico puede no ser nada si lo veo yo, un ovni si lo ve mi mujer o la Virgen si el que está delante está lleno de estampitas. Prefiero que todo el mundo siga pensando que el muerto es Losada porque hablarán con más facilidad de él y, además, siempre hay que saber algo más que el resto para sorprender o negociar.

 El Comisario se sienta en el sillón de los interrogatorios y abre el cuaderno de Verdú por el lugar donde la policía ha apuntado la lista de los comparecientes.

 -Vamos a dejar para el final a la secretaria y justo antes al catalán, que seguro que nos puede decir algo del imitador. También hablaremos con la encargada de intendencia para ver qué se desayunó y algún día vendrá el cazafantasmas. Los demás me dan igual salvo Quintero. No quiero que entre.
 -¿Por qué?
 -Porque es un hijo de puta y no quiero que vaya por ahí contando que la policía lo interrogó o lo humilló. Que alguien vaya y le diga que, en deferencia a su reducida movilidad, renunciamos a hablar con él. 
 -¿Es discapacitado?
-No, es un puto gordo de mierda.

5.4

Los siguientes interrogatorios duran apenas 40 minutos, una media de cinco por persona. Poco más aparte de quién es, qué relación tenía con Losada, qué hizo esta mañana y si vio algo raro. María José Izquierdo, ex jefa de Seguridad, indica que Losada llegó más pronto que de costumbre y que recuerda haber oído a la jefa de servicios generales comentar que había pedido algo diferente.

 -¿No recuerda qué?
 -No, lo siento.
 -Y ¿por qué sabe que era algo diferente?
 -Porque Elena lo comentó después de cagarse en su puta madre, en la del señor Losada, quiero decir. 

Tránsito Simancas, alcaldesa de Valladolid, recuerda haber visto a Losada hablando con alguien en un pasillo pero sin poder especificar quién era ni siquiera de qué zona del edificio se trataba porque estaba buscando, desesperadamente, un sitio para fumar. Mar Mendiburu dice que prefería declarar con citación y por videoconferencia, a lo que Tarrés apostilla que la avisarán antes de teletransportarse.
Cuando la Presidenta de la Comunidad de Madrid abandona el despacho, Verdú se encuentra con el corpachón de Bermejo.
 
-Dile al Comisario que tengo aquí al investigador.
 
La policía entra de nuevo en la sala. Tarrés sale al encuentro del ex guardia.

 -Creo que Rocambole  -dice Bermejo- ha salido del pozo.
 -Para meterse en otro fregado. El espectáculo debe continuar. 
 -Bueno, pero hay fregados de primera y de regional. Bueno, mejor dicho, autonómicos.
 -Los actores son malos, el argumento es un poco sobado y los diálogos, confusos pero todo lo que sucede aquí es importante.
 -¿Ocultaba algo Losada?
 -Ya te dije que yo no pasilleo.
 -Prefiero no hacerte perder el tiempo interrogándote.
 -Yo nunca consideraba pérdidas de tiempo a los interrogatorios. Arrancar las malas hierbas siempre es importante.
 -Tenemos una idea diferente; yo leía a Perry Mason y tú, a Millán Astray Te llamaré para preguntarte sólo eso.
 -Losada ocultaba cosas, como todo el mundo, pero yo no las conozco. Si te refieres a follar, supongo que nada de nada. Ni era invertido, ni se acostaba con nadie de aquí, aunque alguna le tuviera ganas.
 -¿Quién?
 -Tú eres el policía.

 Bermejo hace un gesto a un joven con vaqueros, camiseta morada con una bruja violinista y cazadora de pana, Cañizares.

 -Y, cuando interrogaba, no leía a Millán Astray, sino a Marx. Y sigo leyéndolo, aunque piense que menosprecia el papel de la violencia.
 -Lenin, no.
 -Pero era demasiado farragoso. Todo el que escribe más de un libro por década tiene que repetirse y acaba no diciendo nada.
  -¿Y los que escriben un libro por mes, como el gordo?
 -¿Escribir o transcribir?

 Cañizares llega a la altura de Bermejo y Tarrés. El comisario le indica que pase a la sala y despide al jefe de seguridad.

 -Creo que no te llamaré.

 Cuando el comisario entra, el chico de la bruja violinista esta pegado a la pared mirando cómo la subinspectora Verdú escribe en su cuaderno. Tarrés se le acerca.

 -Buenos días, soy el comisario Tarrés y ella es la subinspectora Verdú. Le vamos a hacer algunas preguntas sobre la muerte de Jaime Losada. Puede negarse a contestar a cualquier pregunta o solicitar la presencia de un abogado. Esta comparecencia es voluntaria.
-Bueno, el concepto voluntario no existe para Bermejo.
 -Es un poco vehemente pero se ha jugado el cuello para ocultarte. Si tuviera que escoger un suegro, no lo dudaría.
 -Mejor, el celibato, que aquí está muy reconocido.
 -Mucho cura y mucho fraile, mucho niño sin padre.

 Tarrés se acerca al oído del investigador.

 -Cuando hables con Verdú, no le mires una verruguilla que tiene en la oreja derecha.
-No lo haré. ¿Se enfada mucho?
-Mucho.
-Joder.
-¿Tanto como para avisar?
-Y más. Por favor, siéntese.

Tarrés coge levemente por el brazo a Cañizares pero, antes de sentarlo, se lo vuelve a llevar junto a la puerta de entrada para susurrar fuera del alcance de Verdú.

-Tu voz me suena. Y también tu cara.

Cañizares comienza a disolverse.

- Estuve en Telemadrid  hace como un año y participo desde hace cuatro en un programa de radio los fines de semana de madrugada.
-¿La Rosa?
-Sí, la Rosa.

Cañizares vuelve a solidificarse.
 
-¿Cómo te llamas?
 -Nacho Cañizares.
 -Ya, Cañizares, de la tertulia de las cinco ces y las voces sin rostro. El de las psicofonías.
-Sí, ¿le interesa?.
-A mí, nada pero a mi mujer le encanta.

El comisario comienza a reírse.

-Me gusta ver cómo la gente encaja las críticas.
-¿Y lo he hecho bien?
-Lo has hecho como sabes. Te ha hecho ilusión que me gustara el programa y, cuando te he dicho que era mentira, te has desinflado un poco y me ha dado la sensación de que estabas a punto de pasar a la resignación con una guarnición de me da igual.
-No me da igual pero estoy acostumbrado.
-Recupera la ilusión, chaval, me gusta tu programa porque me interesa saber en qué puede llegar a creer la gente. Sobre si hablan los muertos, soy bastante escéptico pero no de los que insultan e incluso se puede decir que tengo cierto respeto. Eso sí, a mí mujer la acojonas todos los fines de semana. Ha tenido que empezar a oírlo por internet.
-Nunca he dicho que sean los muertos.
-Ya lo sé, puertas dimensionales. Ahí me jode un poco más porque la física es muy importante y no me gusta que se vulgarice para justificar todo lo que no sabemos. Tú dices puerta dimensional para epatar a los oyentes pero es que otro dice que la ley de la relatividad quiere decir que todo es relativo y otro, que la teoría del caos que todo es un caos y que, por eso, no merece la pena hacer nada. 
-Huella sonora.
-Prefiero que sean los muertos. Y el de aquí, ¿has intentado que hable?
-Dejé un aparato. Igual Bermejo me mata pero creo que lo mejor es decirlo ahora y no que se sepa dentro de unas semanas.

Tarrés se da la vuelta y, cuando su cara regresa frente a Cañizares, es todo dientes.

-Este acceso de inteligencia no es muy normal.

El Comisario vuelve a acompañar a Cañizares a la silla que está enfrente de Verdú. Cuando el investigador se sienta, le recuerda la verruguilla de Verdú.

-Este es Nacho Cañizares -dice el comisario. Es el investigador al que llamaron. Me estaba contando que dejó un aparato de grabación en la sala de Reuniones.
-¿Estuvo usted en la escena del crimen?
-Sí pero no toqué nada.
-Bueno, dejó una grabadora.
-Sí pero en una silla y no la tuve que mover.
-Verdú, coño -interviene Tarrés. Hay una grabadora y sólo se te ocurre preguntar por el procedimiento.
-¿Qué quiere que pregunte, jefe?, ¿si habló el muerto?
-Por supuesto -grita Tarrés- este chico es experto en psicofonías.
-Bueno -explica Cañizares- logré una pero no es lo que es.
-Vamos a ver si lo concretamos -responde el comisario deteniendo la intervención de Verdú con un gesto.
-Tengo la voz de Losada.

Cañizares esperaba dejarlo helado pero apenas ha conseguido bajar un grado la temperatura de Tarrés.

-Bien, ¿por qué no es exactamente una psicofonía?
-¿No le sorprende?
-Explícate y después hablaré yo. Aunque estemos en la sede de un partido no tenemos que comportarnos como los políticos. Podemos hablar ordenadamente.

Cañizares quiere abrazarlo o echarse a reír pero se queda en un movimiento de brazos algo espasmódico.

-Si ha oído el programa, sabe cómo suenan las psicofonías. Siempre están en una longitud de onda más baja a la que un humano podría llegar, tanto para el oído como para las cuerdas vocales. Hay que limpiarlas y por eso tienen ese sonido metálico. Además, siempre hay pequeños golpes antes y después que se llaman raps.
-Y la que tiene es diferente.
 -Como si nos grabara a nosotros. No he tenido que limpiarla. Es como el caso del Palacio de Linares, no sé si se acuerda. Esa de ‘mamá, mamá, no tengo mamá’.
-Mi mujer me tuvo dos meses durmiendo con la luz encendida.
-Todos los que nos dedicamos a esto supimos enseguida que eran falsas porque eran demasiado claras.
-Y, en su mundo -dice Tarrés-, lo que es evidente siempre es un engaño.
-Casi siempre.
-Haría carrera en la política.
-Prefiero los muertos.

Tarrés se apoya en la estantería de los móviles y le indica con la mano a Verdú que siga con el interrogatorio pero, cuando la policía va a hacer la primera pregunta, recuerda algo.

-Y ¿qué dice?
-Quién
-Coño, Losada.
-Joder, cagoenmimadre la cartera..
 -Muy astur.
 
El Comisario vuelve a ceder la palabra a la subinspectora que reconstruye los pasos de Cañizares dentro de la sede sin escribir ningún asterisco. Cuando acaba, el investigador se levanta y Tarrés lo acompaña la puerta. 

-No tiene ninguna verruga cerca de la oreja derecha.
-Te dije que no te fijaras.
-Ya pero se me iban los ojos.
-Siempre hay una parte positiva. Si estuviste centrado en la oreja derecha, no se te cayeron los ojos mirándole las tetas, que es lo que le pasa a todo el mundo. Cuando la vuelvas a ver, no te olvides de la verruga e igual tienes suerte porque le encantan todas esas cosas, aunque ella es más de ovnis.
-Prefiero los muertos.
-Yo también, justo antes de que se queden fríos.

5.5

Elena Palacios pide permiso para entrar pero Tarrés le indica que espere un momento antes de sentarse frente a Verdú.

-Jefe, ¿qué coño le ha dicho al chaval este? No paraba de mirarme como si fuera marciana.
 -No lo creo porque él sabe cómo son. Alargados, con la cabeza estirada, los ojos rasgados y las manos llenas de dedos con los que tocan el guitarrón mexicano sin darse importancia.
 
Verdú lo mira como si también buscara una verruguilla en el cerebro del comisario.

 -Era una broma de hace mucho tiempo; de cuando cada fin de semana había dos o tres casos de tipos que habían visto un ovni.
 -Y ¿qué pasó?, ¿se fueron los marcianos?
 -No, cambió la perspectiva. A principios de siglo, toda cosa rara en el cielo era la Virgen; después, los ovnis y hoy, prototipos militares. Siempre hay alguien que esconde algo pero ha ido bajando; de la eternidad a la OTAN, pasando por Ganímedes.
 -El chaval no ha aclarado nada, salvo lo de la grabación. Le he dicho a Villalobos que lo retenga porque ha estado en la escena del crimen.
 -Lo de la grabación confirma que Losada está vivo y, además, que no sabe moverse solo porque se ha quedado por aquí.
 -Si le damos credibilidad a la grabación.
 -Encaja bastante bien en el relato que tenemos. Losada recibe a un imitador, que puede ser el tipo al que vio la alcaldesa de Valladolid, y lo invita a desayunar, que puede ser el servicio raro que dice la de seguridad que pidió.
-Después -continúa Verdú-, entra en la sala de Reuniones y alguien, confundiéndolo con Losada lo mata y éste, cuando descubre el cadáver, se oculta con la posible complicidad de Sanabria.
-No te das por vencida en lo de la equivocación –responde Tarrés. Ya te he dicho que el miedo provoca que la gente haga muchas estupideces pero no me encaja que lleve escondido toda la mañana.
-Quizá no puede salir.

Tarrés se levanta y pasea tocando la pared y las estanterías.

-¿Quieres decir que está secuestrado?
-No exactamente. Tenemos claro que acompañaron la caída del muerto y eso sólo lo pudieron hacer si el muerto estaba inconsciente.
-Con un golpe.
-O con el desayuno, jefe. Quizá tomaron algo que los dejó groggy y Losada pudo escapar porque tenía la ayuda de su secretaria y la de Sanabria, que es médico, no lo olvide. Al otro lo dejaron y se convirtió en el pastel que encontraron después.
-Fiambre, mejor que pastel -precisa Tarrés. Pero esto del desayuno tiene más sentido que el juego de los losadas.
-Recuerde que la secretaria y Sanabria descubrieron el cadáver. Quizá volvieron a por el otro groggy y se encontraron con un muerto.
-Buen trabajo, Verdú

El Comisario sale de la habitación y, tras pedirle a Elena Palacios que entre, hace un gesto al agente Villalobos para que deje marchar a Cañizares. Al fondo, intuye la silueta planetaria de Quintero. Cuando vuelve a entrar en la habitación, Palacios está esperándolo con los ojos, aunque tiene que volverse cada vez que Verdú le pregunta algo.

-¿Cómo se llama?
-Elena Eloísa Palacios Mantero.
 -¿Cuál es su cargo dentro del partido?
 -Soy la encargada de servicios generales; la intendencia, vamos.
 
Se vuelve a Tarrés que, con un dedo y una mueca, le indica que mire al frente pero Palacios no le hace caso.

 -Si alguien quiere organizar una comida, yo me encargo del catering; si se estropea un ordenador, llamo al servicio técnico. Son muchas cosas.
 -¿Es usted la primera en llegar?
 -No, la primera es Carmela del Campo, la secretaria de Losada. Está aquí sobre las siete y un poco.

 Vuelve a mirar a Tarrés.

-Después, llegan algunas secretarias más y un tipo de la dirección regional, de la planta baja, que tiene que llevar a su hijo a las siete porque está apuntado a violín.
 -¿Violín a las siete de la mañana?

La intervención de Tarrés permite a la mujer girar un poco la butaca para no seguir forzando el cuello.

-Es que ya tenía toda la tarde llena con natación, inglés, paddle, refuerzo de matemáticas y teatro y a la madre le hacía mucha ilusión lo del violín.
-Le pediré el nombre para avisar a los Servicios Sociales.

Palacios sonríe y da otro empujoncito más a la silla en dirección al comisario.

-Mire -suelta Verdú-, no sé si lo he dicho pero esta declaración es voluntaria. Si no quiere hablar conmigo, puede esperar a que venga su abogado o a que le mandemos una citación, en el caso de que sea necesario.
-No, quiero colaborar.
-Pues colabore conmigo.
-Ya lo hago, aunque usted no lo aprecie.

El comisario decide evitar la confrontación situándose al lado de la subinspectora.

-¿Qué relación tenía con Jaime Losada? 
-Jefe y empleada. Creo que no estoy obligada a revelar cuestiones personales.
-Depende -interviene Tarrés. Nosotros no le vamos a preguntar más. Primero, porque no podemos y, después, porque no nos importa. Mire, lo único que queremos saber de usted es qué pidió Losada para desayunar.
 -Pidió un termo de café, otro de leche y un tercero de manzanilla, además de dos cruasanes y un servicio de pan con tomate y aceite.
 -¿Y que solía pedir?
 -Un café con leche y un cruasán. Y el Marca.
 -¿Ese día no pidió el Marca?
 -No, dijo que ya había oído la radio y que no quería que le llevásemos la prensa.
 -Puede retirarse. Si no tiene inconveniente, nos gustaría que dejara su móvil en esa estantería con los demás.
 -Lo siento. No lo he traído.
 Palacios se sube la falda de tubo nada más levantarse y, sin mirar para atrás, sale del despacho dando un portazo.
 -Losada desayunó con Sabaté -dice Verdú, que andaba con el estómago revuelto.
 -Correcto. ¿Quién nos queda?
 
Verdú le muestra una hoja del cuaderno y comienza a leer los nombres.

 -Pero dijo que le daban todos igual salvo el catalán y la secretaria y que no quería hablar con el tal Quintero.
 -¿Y no le dijiste que se fuera? Lo acabo de ver.
 -Se enfadó y pidió hablar con la autoridad correspondiente.
 -Militar, por supuesto.

 Tarrés le da un golpe en el hombro a Verdú.

 -Pues que se quede ahí fuera a ver si le sale una almorrana del tamaño de Gibraltar y la cambiamos por el peñón.
 -¿Quiere que llame al catalán?
 -Sí, claro pero antes ponme con Sanabria.

 Verdú le indica el grupo de móviles.

 -No será fácil.
 -Antes de que existieran esos aparatos, la gente hablaba; lo juro.

 Verdú tiene que llamar a tres teléfonos antes de localizar a la Presidenta. Le pasa el teléfono al comisario.
 -Hola. Ehhh, bueno, hacemos lo que podemos; este es un caso que no se parece a nada de lo que solemos investigar. Hacemos algún avance pero mínimo, aunque siempre se agradece algo de luz. Le quería pedir que llamara a su compañera Palacios para que nos trajera el teléfono de cara a la comprobación que le he comentado. Perfecto. Y también, encargarle una comida para nueve personas. Algo sencillo. Cosas que comiencen por crujiente y que tengan dos salsas como mínimo y acompañamiento de terrinas de foie. Gracias.

 Tarrés cuelga y le devuelve el móvil a Verdú.

-Comunica a los nuestros que, en media hora comemos aquí. Localiza también a Bermejo y, en un minuto, vuelve a llamar a Sanabria para que diga a todo el mundo que se puede ir a comer. 

5.6

Jordi Salvanella entra hablando por el móvil.

 -Ja et truco. Parlem en mig hora.
 -Menys, senyor Salvanella, en cinc minuts, estarà fora.
 -Ah, ¿és català?
 -No, no, aunque me llamo Tarrés. Nací en Barbastro pero estuve destinado en Barcelona desde el 86 al 92. Soy el comisario encargado de la investigación.
 -¿Operativo olímpico?
 -Sí. Supongo que no tengo que darle más detalles.
 -No, no tiene. Fue un buen trabajo.
 -Cuando las cosas se quieren hacer bien, no es difícil.

 El catalán se mete el móvil en el bolsillo pero, cuando ve el rebaño de teléfonos sobre la estantería, lo vuelve a sacar y pregunta si tiene que dejarlo.

 -Sólo si usted quiere. Esto es una comparecencia voluntaria. Si prefiere declarar en presencia de su abogado o ante el juez, no tiene más que decírmelo.
 -La única vez que tuve que declarar ante un juez fue Pascual Estevil. Me fío más de la policía que de la justicia porque ustedes no dependen de la política.
 -Todo depende de la política pero a nosotros no tenemos ningún complejo que tengamos que superar travistiéndonos y obligando a todo el mundo a obedecernos.
 -Pero ustedes también se disfrazan y mandan.
 -Para hacer cumplir la ley, no para interpretarla. Nosotros somos la evolución del guerrero pero ellos son la degradación del chamán.
 -Ve usted la paja en el ojo ajeno.
 -Por supuesto, a mi edad ya tengo la vista cansada y de cerca veo muy mal.

 Tarrés le invita a tomar asiento. Verdú pasa las hojas de su cuaderno hasta que llega a una en blanco.

 -Me puede decir su nombre y cargo.
 -Jordi Salvanella Fresser y, por el momento, soy presidente del PPM en Catalunya.
 -¿Por el momento? -interrumpe Tarrés.
 -No voy a jugar a los enanitos mudos. Esta mañana vine con al idea de presentar la dimisión y había un par de periodistas que lo sabían. Todo lo que ha pasado me ha hecho aplazar la decisión unas semanas.
 -Puedo preguntarle por qué iba a dimitir.
 -No sé si están al tanto de la política pero mi situación dentro del partido ha ido de mal en peor desde que perdimos las elecciones, si es que alguna vez ha sido buena. Yo tengo mis ideas pero creo que la política es pacto y hay periodistas que no lo entienden porque, como vienen de la extrema izquierda o de la extrema derecha, piensan que hay que conquistar el poder como si fuera el Palacio de Invierno.
 -Usted también estuvo en la extrema izquierda.

 Salvanella sonríe.

 -En Bandera Roja dos años. Yo he evolucionado pero hay gente que viene del maoísmo y lo que hace es poner a los Legionarios de Cristo a hacer la revolución cultural.
 -Es gente a la que tampoco le caía bien Losada.
 -Jaime navegaba. ¿Le gusta el fútbol?
 -Poco. Prefiero los deportes individuales.
 -Pues Losada era como esos entrenadores que no se quieren enfadar con nadie y ponen a todo el mundo, aunque acaben jugando con tres extremos derechos. No creo que tuviera enemigos, aunque sí gente dolida porque no se decidía  a convertir el partido en los camisas negras.
 -Esas comparaciones siempre lo estropean todo.
 -Y otra gente, desesperada porque su política de dejar hacer a todo el mundo nos lleva a otro fracaso.
 -Y, en ese grupo, está usted.
 -Estaba. Se puede decir que estaba.

 Tarrés hace una seña a Verdú después de indicar que sólo tienen una pregunta más.

 -En realidad son dos. Queremos que nos haga un relato de lo que hizo esta mañana hasta que se descubrió el cadáver y si vio algo raro.
 -Llegué un poco tarde porque ayer estuve cenando.
 -¿Con quién?
 -Con Losada y un grupo de gente de Barcelona.
 -¿Losada?
 -Si, cenamos en La Garriga, un restaurante catalán que hay por Avenida de América.
 -Lo conozco. El alioli es de los mejores y la plancha, muy correcta; falla en todo lo que requiera fogones.

Salvanella mira a Tarrés y le obliga a hacer la digestión en dos segundos.

-¿Cenó con Losada? -continúa el comisario. Si no quería jugar a Colombo estamos muy cerca. Creo que voy a ir a por una gabardina.
 -No hará falta porque tengo ningún interés en ocultarlo. Había negociado con Losada una entrevista en un programa de humor de TV3, Mondo Madrit, y quería que se conocieran.
 -¿Negociaba dimitiendo?
 -Me voy porque no me gusta el partido hoy. No tiene nada que ver con Jaime y digamos que iba a compensar una cosa con otra.
-Entre los asistentes -interviene Verdú-, ¿estuvo Jordi Sabaté?
-Sí, es quien imita a Losada en el programa. Ayer estuvieron hablando un rato y era complicado distinguirlos.
-¿Y físicamente?
-Sabaté es más alto y se nota que la barba es postiza.
-¿No se los podría confundir?
-De cerca, imposible.
-¿Y por la espalda?
-No me joda.

Salvanella ha tardado dos segundos en unir las dos ideas.

-No me joda que han matado a Sabaté pensando que era Losada.
-La primera parte es correcta y hasta ahí puedo leer.

Tarrés recupera la conversación situándose al lado de Salvanella con el culo pegado a la mesa.

-Confío en su discreción.
-No soy de Madrid.
-Pero vive y trabaja. Lo único que lo distinguirá del resto es que no lo contará por presumir, sino para sacar ventaja en algo. Será su hecho diferencial.
-No entiendo nada. ¿Quiere decir que Losada está vivo?
-Es posible. No hay más preguntas.

Verdú levanta la mano y golpea el cuaderno con el bolígrafo.

-¿Quedaron ayer Sabaté y Losada en verse aquí hoy por la mañana?
-No, que yo sepa. El equipo tenía que venir esta tarde.
-Después de la dimisión.
-Sí, una cosa tapando a la otra. Mi sucesor podría aprovechar el impulso del programa. Lo iba a vender así.
-Pues ahora hay algo que lo tapa todo. ¿Por qué no dimite?
-Sería de mal gusto.
-Guerra dimitió el día de la Guerra del Golfo.
-Pero no bombardeaban Ferraz. Si el muerto lo tuvieran ellos, no habría dudado. Cuando tienes el foco sobre la nuca, perdón, sobre el cogote, tienes que vigilar lo que haces porque hay mucha gente que confunde la lógica con la proximidad en el diario y cree que lo que pasa el mismo día siempre tiene relación porque nada es casualidad.
-Y todo es azar -sentencia Tarrés.
-No lo sé.
-Gracias por todo. Y no hable mucho, por favor.

Tarrés acompaña al catalán a la puerta y, cuando lo despide, insiste con una señal de silencio. Después, busca con la mirada a Carmela del Campo. Al fondo, Quintero lucha por levantarse con el rozamiento de los sillones de polipiel.

-Buenos días.

La mujer susurra. Después, respira y su voz se hace audible metalizada, como las psicofonías de Cañizares, piensa Tarrés que, antes de que Verdú comience a hablar, se acerca al oído de la subinspectora.

-Creo que deberíamos aflojar con ella. Es muy importante que me dé su teléfono.

Verdú asiente.

-Buenos días, señora Del campo. Tan sólo quiero que explique lo que hizo esta mañana. Si necesita un papel para poner en orden las cosas o más tiempo, sólo tiene que pedirlo.
-Yo no he hecho nada.
-Nadie lo ha dicho.

La subinspectora dibuja un pequeño asterisco.

-Me levanté a las seis y cuarto. Me duché y desayuné después de despertar a mi marido. Después, levanté a los niños y los ayudé a asearse antes de preparar el desayuno. Los dejé en la mesa. Cuando llegué aquí serían las ocho menos algo y me fui al despacho después de hablar un rato con gente de la planta baja. Jaime llegó sobre y diez y me extrañó que no pasara a verme pero lo entendí cuando fui a verlo porque oí que estaba con más gente.
-¿Cuánta gente?
-No soy una cotilla. No me quedé con la oreja pegada. Lo escuché hablar con alguien y ya no entré.
-¿No vio quién era?
-No porque salió por la puerta del hall. El despacho de Jaime tiene dos entradas. La que está en mi despacho y otra que da a una pequeña sala que se usa en las visitas de dirigentes de otros partidos o personalidades extranjeras.
-Pero es muy raro que fuera cualquiera de ambos casos.
-Sí porque la agenda la llevo yo.
-¿Y después de salir?
-No lo volví a ver hasta que entré en la sala de Reuniones para repartir el orden del día. Madre mía.

Tarrés y Verdú esperan a que la mujer deje de llorar. Cuando está a punto de levantar la cabeza, Tarrés hace un gesto a Verdú para que termine las preguntas.

-No tenemos nada más. Nos ha sido de gran utilidad.

Verdú se levanta cuando Carmela lo hace y, antes de que dé el primer paso, Tarrés la coge por el hombro y le indica que es consciente de que, en su caso, la pérdida afecta más al plano personal.

-Era la madrina de su hijo.
-Lo sé. Y lo siento. Haremos todo lo posible. 

El comisario conduce a la mujer frente a la colección de móviles.

-Perdone, ¿nos podría dejar el teléfono para una comprobación? Ahora mismo se lo llevo. Y, por favor, póngalo en silencio.

A la mujer le cuesta reaccionar pero, al ver el bosque de pantallas, entiende que no puede negarse. Cuando Tarrés ve el aparato por el que ha hecho toda la colección tecnológica se suelta del hombro y lo atrapa casi al vuelo.

 -Verdú, ¿puedes acompañar a la señora?

El comisario comienza a teclear hasta que aparece en pantalla jaime-movil-personal, justo entre jaime-movil-partido y jaime-movil-prensa. Pulsa el botoncito en el que hay dibujado un teléfono verde y espera. Después de tres tonos, la llamada se corta. Tarrés sonríe y deja el móvil en la mesa. Cuarenta y tres segundos después, suena la indicación de mensaje. Intuye lo que va a encontrar en la pantalla. La frase está reducida a dos palabras: No y Yo. Después, dos puntos, un guión, el signo del porcentaje, otro guión y, por último, otros dos puntos y el cierre del paréntesis.  

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