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Errata

Evaristo Aguirre

Horacio Vázquez Rial (1947-2012)

Ay, una muerte, otra vez, trae hasta aquí a un escritor y algunas de sus obras. Hace unos días, se murió en Madrid Horacio Vázquez Rial, argentino de nacimiento, autor de bastantes novelas, de algún ensayo polémico y de numerosos artículos de prensa. Le conocí hace unos años, era un tipo con el que se podía hablar mucho y de todo, y cariñoso (me he planteado usar otro adjetivo porque este me parecía un poco blandengue, pero no, era cariñoso y así hay que decirlo). Al parecer (no lo sé de primera mano), en los últimos tiempos una radicalización ideológica hacia la derecha (venía desde la extrema izquierda, pero ese camino no es nada raro) había calado un poco en su carácter, pero solo, me han contado, en su faceta pública, pues entre amigos seguía siendo alguien entrañable (sí, qué pasa, estoy usan palabras blanditas).


Me gustó mucho su novela Frontera sur (1994), una historia de emigración a América, con épica y con respiración; una visión de aquellas regiones y de quienes las tomaron y las hicieron suyas (o al menos eso intentaron) en los primeros años del siglo XX, cuando ya no se trataba de colonizar, ni de conquistar, por supuesto, si no de ocupar (¿debería haberlo escrito con “k”?) y de sobrevivir y, de paso, de intentar crear algo nuevo.

Pero he venido aquí a hablar de otro libro, de Soldado de porcelana (1997). Pertenece esta novela a un género que, de primeras, no me gusta, el de la ficción elaborada con personajes históricos reales a quienes el autor pone a andar, a hablar. Siempre he pensado que si sabes mucho de un personaje de estos es preferible escribir una biografía, un ensayo, en donde cada frase, cada acción, cada hecho estén comprobados y sea seguro que hayan ocurrido, que hayan sido así como se cuenta.  Pues esta es la excepción a mis prevenciones.

Vázquez Rial noveló la vida de un tal Gustavo Durán, un hombre extraño, que hizo muchas y muy diversas cosas, uno de esos protagonistas de la historia de España del siglo XX a los que no se cita más que de manera tangencial, apantallados por otros, mediocres pero que han tenido en su mano la pluma con la que se escriben las crónicas históricas. Durán iba para compositor, estuvo relacionado con la Residencia de Estudiantes y con ese ambiente intelectual de la segunda república, a veces un tanto mitificado. Y cuando llegó la guerra, se embarró hasta las cejas en su defensa de esa maltratada república. Y hablo de embarrarse asumiendo todos los matices, claros u oscuros, del barro.

Son como novecientas páginas, pero qué novecientas páginas. Si estuviera a la puerta de un cine de barrio, voceando para que la gente entrara a la sala en una aburrida tarde de domingo, diría “acción, heroísmo, traiciones, amores secretos, grandes ideales y mayores decepciones… pasen y disfruten”.

Gustavo Durán tuvo una amistad turbulenta con el pintor canario Néstor de la Torre. Al poco tiempo de leer Soldado de porcelana, visité el museo de este pintor en Gran Canaria. Iba recorriendo las salas, contemplando unos cuadros que me dejaban más bien frío, cuando al fondo de una sala vi un retrato y me dije: “¡Gustavo Durán!”. Había convivido con él de manera tan estrecha durante los días de lectura de la novela que le reconocí de lejos, al instante, como si se tratara de un viejo conocido, gracias a Horacio.

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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