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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Un elefante se balanceaba


Pablo Trapero parece dispuesto a enseñarnos las tripas y el lado más oscuro de la sociedad latinoamericana en general, y de la Argentina en particular.

Elefante blanco, dejando a un lado su sui géneris componente religioso (los protagonistas son dos curas obreros), es una amarga y dinámica historia sobre la ocupación de un viejo hospital por parte de jóvenes y no tan jóvenes que buscan un medio de subsistencia en el corazón más herido del país. Aunque el filme se abre en la selva colombiana, los escenarios son las calles de una ciudad sitiada por las desigualdades, la lucha contra la injusticia, la especulación y el narcotráfico.

Ricardo Darín y Jeremy Renier, dos actores de talla demostrada, bordan sus personajes de dos sacerdotes sensibles y honestos que junto con una joven asistenta social (Martina Guzmán, actriz fetiche del director) buscan hacer de ese elefante blanco, de ese bloque convertido en refugio, un lugar habitable en contra de las autoridades, la jerarquía eclesiástica y los constructores todo ello en un clima en el que al igual que en Carancho se plasma la tensión y no se escatiman las dosis de violencia y crueldad.

Elefante blanco muestra la absoluta madurez narrativa del director de Crónicas, una de las voces más contundentes y comprometidas del continente y también un hábil montador y director de actores y actrices. No falta humor negro ni sensualidad en el filme, pero ante todo estamos ante una tragedia sobre aquella zona de Argentina que no suele salir mucho en las noticias, y que Trapero muestra nuevamente sin escatimar detalles y sin atenuar su denuncia sino apoyándola en una puesta en escena ágil, un uso hábil de los caracteres humanos que va presentando y un tono que, tras la desesperanza y la crispación, llama a la lucha y a la denuncia social.

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