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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Castellón, con C de Cartel (José Tomás, Esplá, Tejeda)

La semana pasada fui a Castellón, como podía haber ido a Badajoz. Lo que me llevó a la ciudad valenciana fue el deseo de juzgar por mí misma si todo eso que cuentan de José Tomás tiene algo de cierto, y si lo tiene, disfrutarlo.


Cuando supe que José Tomás iniciaba temporada en Castellón compartiendo cartel con Luis Francisco Esplá, tardé en llamar a la plaza para reservar entradas lo que google en encontrar la web del coso, nada. Y ahora puedo decirlo: realmente, el respeto que inspira José Tomás es de una profundidad que sobrecoge. Su toreo no es una cuestión plástica ni de valor, va más allá, es el temple de un hombre en posesión de una verdad. Y verle plantado ante el toro, sin florituras ni aspavientos, hace que tod@s nos esforcemos, en el silencio de la faena, en sentir lo que él siente, porque lo intuimos grande, gratificante; como él, queremos sentir la certeza de una verdad, la que sea, pero verdad.

José Tomás, ante el toro, es la expresión máxima del arte, por eso sobran los adornos, y el público se enfada en cuanto suenan las primeras notas de la banda (tan celebradas, por ejemplo, con Esplá). «¡Silencio, que está toreando José Tomás!», grita un aficionado, y la banda enmudece. Y tod@s lo agradecemos. Estamos concentrad@s, estamos viv@s.


Todo en movimiento, el diestro parado.


Que al primer toro le faltara fuerza, incluso que al entrar a matarle la espada se quedara fuera desgarrándole la piel del costado, se quedan en anécdotas, porque es imposible olvidar cómo miraba ese toro a José Tomás antes de entrar a su trapo parado. Parecía hipnotizado. Y el respetable también.

A José Tomás, como a tantos, le mata matar, y aún así, y con un Presidente que negó a Esplá una merecida oreja en el primero de la tarde, el de Galapagar salió a hombros. En cualquier caso, da la impresión de que lo que le importa a José Tomás no son los trofeos, ni los halagos, lo que le importa es el sentimiento, la faena, el toreo.


En una tarde de las que hace afición, Esplá, como decía, estuvo brillante en el primer toro y despistadísimo en el segundo. Tan acelerado y desorientado andaba que al despedirse saludó al reloj cuando buscaba al Presidente, sentado al otro extremo de la plaza, después de haber pinchado al animal en más de media docena de ocasiones, con la montera puesta.

El gran descubrimiento, para mí, fue Matías Tejeda. Un torero joven, alto, guapo, elegante y entregado que consiguió atraer la atención y apoyo del público a pesar de salir al ruedo inmediatamente después del Protagonista. Fue él quien inauguró el marcador con una merecida oreja, pero su mal hacer con la espada en el segundo impidió que acompañara a José Tomás por la Puerta Grande.

La ciudad

En Castellón estaban en fiestas, de ahí la corrida de toros. La corrida de toros, y la animación de las calles, y el ruido continuo de petardos, y las gayatas de las plazas... Puede que no sea el mejor de los ambientes, pero por lo menos no daba la impresión de desierto abandonado que me había provocado la última vez que estuve allí, hace unos cuantos años.


Poco hay que ver en Castellón, y todo se anda enseguida. Máxime si las autoridades no tienen en cuenta que son precisamente los días de las fiestas los que más visitantes habrá en la ciudad y cierran, precisamente por ser fiesta, algunos de sus escasos y principales atractivos. Como habréis deducido ya, no pude entrar en el Museo de Arte Contemporáneo, estaba cerrado por ser las fiestas patronales. Si me iba a gustar el interior tanto como el exterior, no me perdí nada. Pero me hubiera gustado verlo.



Algo parecido sucede con los alrededores. Se nos ocurrió ir a comer a El Grao, por aquello de aprovechar el solecillo y la proximidad del mar. ¡En buena hora! Para conseguir un taxi que nos llevara desde el centro de la ciudad, tuvimos que entrar a un hotel a pedir que nos lo pidieran. Por las calles no circulaba ni uno. Y tardó un cuarto de hora en venir a recogernos. Todo para sentarnos en una de las cuatro terrazas que servían comidas en el puerto. Menos mal que el arroz marinero estaba sabroso. Su recuerdo nos hizo más llevadera la vuelta. Esperamos durante casi media hora un autobús que nunca aparecía y al que cada vez esperaba más gente. Ni que decir tiene que el teléfono de los taxis no lo cogía nadie. Al final, como sardinas en lata, llegamos a la capital en un autobús tapizado de carteles oficiales plagados de faltas de ortografía.

Fotos de Eva Orúe.

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