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Errata

Evaristo Aguirre

Adiós, periodistas

Cualquiera que haya trabajado en una redacción en los últimos cinco años, más o menos, quizá más, ha visto salir por la puerta a experimentados y expertos colegas cuyo trabajo había dejado de tener valor para los gestores de turno (que no suelen distinguir muy bien entre una noticia y una berenjena; mejor no pensar en lo que comen, entonces) o ha tenido que asistir, atónito, a un discurso sobre la importancia de los nuevos medios y las redes sociales y tal y tal, y sobre el tiempo que había que dedicarles (sin cobrar más, claro), de boca de un director o redactor jefe que hasta media hora antes tenía problemas para escribir en un procesador de textos sencillo.

Cualquiera que haya trabajado, en cualquier momento, en una redacción ha tenido sentado al lado a un fulano que se inventaba los datos de los reportajes o de las noticias y que siempre decía que no le cogían el teléfono o que le habían contado tal cosa con la condición de que no citara la fuente o ha visto cómo alguien tiraba de un hilo bueno y cuando la madeja crecía, salían un par de tipos de sus cubículos para colgarse una medalla a su costa y, por ejemplo, ir a una televisión a explicar aquella noticia como si fuera suya.

Cualquiera que haya trabajado en una redacción española ha mirado hacia Estados Unidos pensando en el pedazo de periodismo que allí se hacía, en el nivelazo de redactores, jefes y editores. La literatura y el cine nos inculcaron esas ideas, y la literatura y el cine nos las van a quitar de la cabeza.

Pues después de ver la quinta temporada de la serie televisiva The Wire, de David Simon, o de leer la novela La oscuridad de los sueños, de Michael Connelly, cualquiera de los arriba citados se daría cuenta de que en todas las redacciones, de Madrid a Baltimore o de Barcelona a Los Ángeles, se cocina la misma mierda.


Redacción del Baltimore Sun en The Wire

De The Wire, de la excelencia de The Wire no les voy a poder contar nada que no se haya contado, y mejor, por todos lados, solo que es un ejemplo impecable de que las narraciones de género (en este caso, serie de policías) son un magnífico contenedor para meter las cosas de la actualidad, para mezclarlas y para mostrarlas de la forma más cruda y más eficaz y más exacta.

En la quinta temporada de esta serie, la trama gira alrededor de un periódico y cuenta la historia de un trepa, de los jefes ineptos que lo sustentan, de los periodistas con una agenda más abultada que el bolsillo de un tratante de ganado en días de feria a los que hay que despedir en nombre de la viabilidad, de los nuevos tiempos y de su puñetera madre; y de la importancia de la información.


Y en la novela de Michael Connelly La oscuridad de los sueños (publicada por RocaEditorial y traducida por Javier Guerrero) todo empieza con el despido de un redactor senior.

Lo peor de esta novela (y no es culpa del autor, eso creo al menos) es el título de la versión española, pues el original es El espantapájaros: esto de cambiar los títulos me parece un latazo en el cine, pero cuando se trata de literatura no lo aguanto. Como diría Buenafuente, llámenme tiquismiquis, pero estas cosas me predisponen mal ante un libro, aunque a pesar de ello, me he tragado la novela de Connelly con mucho placer, con mucho interés (se trata de la persecución de un asesino, aunque algún giro de la trama me ha chirriado un pelín) y con un punto de amargura cada vez que la acción transcurre en la redacción del Los Angeles Times o tiene que ver con esto del periodismo.

Más allá de la cosa detectivesca y eso, también aquí, como en la mencionada temporada de The Wire, hay una puesta en valor de la importancia de la información. Por mucho que no se compren periódicos en el quiosco y se lean en sus versiones digitales; por mucho que cada vez se quiera pagar menos por las cosas (bueno, por algunas, porque por otros flancos nos sangran a base de bien); por mucho que los gestores de los medios nos intenten adoctrinar con sandeces y obviedades mientras mandan al paro a centenares de periodistas, todos necesitamos información, todos estaríamos perdidos si el periodismo dejara de existir como lo ha hecho durante los últimos dos siglos, año arriba, año abajo.

¿Será sin periodistas? No sé cómo, pero quién sabe. Habremos dicho adiós a los redactores, pero necesitaremos información para que nos cuenten quién y dónde y con quién cena pagando con el dinero de todos; quién es un inútil sobrevalorado a lo largo de toda su carrera que lleva a la ruina a tal o cual empresa; quién abusa del poder; quién quiere manipular los libros de texto, los de historia y hasta el listín telefónico; y también quién ha escrito tal o cual libro; quién abre caminos en la investigación científica o cómo era, de verdad, ese personaje que se murió el día anterior. Lo que hemos buscado y lo que hemos encontrado siempre en los medios de comunicación.

No serán como los que hasta ahora hemos conocido en el Baltimore Sun, El País, Los Angeles Times, La Nueva España, Le Monde, La Jornada, El Espectador o en las novelas y en las películas, pero alguien habrá mirando alrededor suyo y contando después lo que ha visto para que los demás nos enteremos. Diremos adiós a los periodistas, pero no a la información.

Y siguiendo aquello de que un libro lleva a otro libro, Michael Connelly le dedica su novela “A James Crumley por El último buen beso” y da la casualidad de que hace unos meses mi chica me recomendó que leyera este libro que a ella le había encantado. Sabe que no me entusiasma la novela negra, así que solo me habla de cosas muy-muy buenas, y El último buen beso es muy-muy buena (por si andan haciendo acopio de libros para las vacaciones).

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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